Lluvia: una mirada adulta y otra infantil

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Lleva dos semanas seguidas lloviendo sin parar en Madrid y, como estos últimos catorce días, me he desvelado por las gotas de agua que expulsa el cielo y ahora en la terraza huele a tierra mojada, el ambiente está húmedo y no hace calor. Tampoco hay ni se escuchan pájaros –justo acaba de piar uno–.

Una vez me dijo una amiga que si no escuchábamos a los pajaritos cantar es que algo malo va a pasar. Nos advierten. Para ellos, algo malo es algo tan banal y necesario como la lluvia. La lluvia: partículas muy diminutas pequeñísimas de agua que caen del cielo. Depende de cómo caigan y del alboroto que formen, las imagino de una forma u otra.

Si la lluvia es agresiva, torrencial y abundante, la imagino de varias formas. Como pequeños cuchillos que se te clavan en la piel, pero no te hacen daño. Como la acupuntura. Como los chinatos que se te meten en el zapato después de pasar un día entero en el campo. Como las uñas que te clavas en la piel cuando no sabes qué hacer con toda esa rabia que brota de tu estómago. Es una lluvia muy fina, tan fina que es incluso punzante y dañina. A pesar de que es incolora, en mi mente es transparente grisácea, ese color que parece que solo trae malas noticias porque es una lluvia que llega de repente, sin avisar. Como un despido improcedente, una relación que se acaba, la muerte. La anunciación de las malas noticias.

Si la lluvia es agradable, suave y fresca, la imagino de muchas otras formas. Como grandes círculos que estallan como bombas en el pavimento. Como faldas anchas y grandes que amortizan tu caída. Como los círculos que aparecen en tu campo de visión cuando cierras los ojos después de mirar un rato directamente al Sol. Como los pequeños charcos donde se bañan las mariquitas y se ponen guapas. La palabra gota le hace justicia al ser una palabra tan redonda. Una palabra tan redonda que reconforta, como este tipo de lluvia. Es esa lluvia que aparece después de salir del cine y te obliga a compartir un paraguas, agarrar brazos y acariciar hombros porque finges que se te ha olvidado. Esa que te hace quedarte en casa y observar cómo muere cuando llega al suelo mientras horneas algo y discutes sobre qué hacer en el sofá. Esa que aparece después del día más caluroso del mes y camina por tu cara, tu pelo, tus manos y provoca risas, incluso alguna lágrima que se mezcla con la lluvia. Esa que aparece en los cristales de varias formas redondeadas y compiten por ver quién llega primero a fundirse entre sí, a su propia muerte. Su forma es redonda, pero conforme va llegando al comienzo de sí misma se achica hasta ser puntiaguda. Como si la hubiesen pellizcado. Como si la agarrasen de un manantial y con el dedo índice y pulgar la cogiesen desde lo más alto con el cuidado con el que se cogen las cosas y situaciones más sensibles y delicadas, la colocasen estratégicamente por el inmenso cielo y la soltasen y… ¡Cloc! ¿La muerte anunciada o el comienzo de la vida?

Cuando era muy pequeña pequeñísma, que existiese algo que caía por sí solo del cielo, me parecía un evento asombroso. Para nada real. Acostumbrada a todos los cuentos, historietas y dibujos que veía y leía por aquel entonces, llegué a una conclusión: ese agua que caía del cielo no podía ser otra cosa que lágrimas. Pero no cualquier tipo de lágrimas, sino lágrimas de personas que vivían en el cielo. Y como eran lágrimas muy poderosas, no podían ser otras que no fuesen las de Atenea, Afrodita, Artemisa e incluso la virgen María. En épocas de más frío, estas mujeres reales y especiales,estaban más tristes que de costumbre, y los hombres que las acompañaban, Zeus, Poseidón, Hades y Dios, les  provocaban esas gotas de pena. Provocaban ese llanto estruendoso que hacía que una porción de tierra sobre el mar quedase completamente empapada. Yo miraba hacia arriba e intentaba tranquilizarlas como mi abuela me enseñó a tranquilizar a las flores cuando expulsaban savia –porque creía que era su forma de llorar– y con toda la habilidad que podía tener una niña de seis años: con palabras de amor. Tranquilas, todo saldrá bien y cuando veía cómo ese cielo gris se despejaba y daba paso a un azul brillante tan brillante que deslumbraba, sonreía, y automáticamente iba corriendo a mi abuela a decirle que eso lo había hecho yo y me apropiaba de la idea de que había calmado a mujeres muy poderosas, reales y especiales y ahora todo el mundo era feliz gracias a mí. Y era la niña de seis años más importante de la historia, como Amélie Nothomb en Metafísica de los tubos. Supongo que cuando somos pequeñas, nos creemos más importantes, más poderosas, tanto que en cualquier momento el mundo puede ser nuestro como que controlamos algo tan intangible como el clima.

Cuando eres una niña, crees que cuando crezcas y te hagas mayor y leas muchos libros y veas muchas películas y veas muchos cuadros, vas a saberlo y controlarlo todo. Cuando creces, te das cuenta de que acabas de volver a nacer, que cada año es una vida nueva y que con seis años sabías muchas cosas. Y muchas de ellas sin darte cuenta.

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