Pudieron ser otras vidas: reflexiones tras ver ‘Eternity’

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No conocía la película Eternity hasta que una amiga me la recomendó. “Es una comedia, tía, te va a encantar”, y la verdad es que es bonito cuando te recomiendan algo porque te conocen. Así que, haciendo caso de la sugerencia, la vi este fin de semana y… bueno, me acosté con unas ganas enormes de llorar. ¿Una comedia? No sé qué considera mi amiga una comedia, pero aquello no lo es. Y aunque tiene final feliz –o, al menos, considero, un final justo–, me dormí con un nudo en el pecho, con una especie de nostalgia por algo que ni siquiera me ha tocado vivir. 

Joan y Larry llevan casados 65 años cuando él se atraganta con un pretzel y fallece. Aunque su vida se acaba, la trama no ha hecho más que empezar: resulta que, tras la muerte, hay un lugar intermedio en el que elegir cuál será la eternidad donde pasarás el resto de tu post-existencia. Aquí puedes quedarte el tiempo que desees, puedes esperar de hecho a tus seres queridos; pero, con una condición: tendrás que decidirte por una eternidad y, cuando lo hagas, no podrás abandonarla. 

Al poco tiempo de fallecer Larry, Joan, su mujer, aterriza en ese lugar: la pareja vuelve a reencontrarse; pero, hay un contratiempo. En ese intersticio entre la vida y la eternidad también está Luke, el primer marido de Joan, que ha estado esperándola allí desde que murió en la guerra, hace más de 60 años. ¿Con quién pasar esa eternidad, entonces? ¿Con aquel con el que ha vivido, tiene hijos y una historia? ¿O con el primer amor que desapareció casi al momento de nacer? 

Más allá de la calidad de la película o el desarrollo de la misma, me hizo pensar y me invadió un sentimiento que no sé muy bien cómo describir. Pensé en cómo las decisiones condicionan nuestra vida. Pensé en cómo lo que hacemos puede significar tener una u otra. Pensé en las miles de opciones que podríamos escoger, en los miles de rumbos que tomarían nuestras existencias. Pensé en elegir mal. En mirar hacia atrás y percatarse de que no fue lo correcto, de que podrías haber tenido otra vida. Y aunque en realidad nunca podrás saber si aquello hubiera sido mejor o peor, pensé mucho en el remordimiento. 

Últimamente siento que lo que escribo debe resonar y ser algo importante, tratar temas importantes, sonar muy belicoso y candente. Pero, hoy no me apetece. Hoy quiero ser enclenque, ñoña y melancólica. Hoy quiero hablar del amor y de la muerte y del miedo y de la posibilidad de hacer las cosas muy mal y arrepentirse. Dejar atrás algo que era bueno y sentir que nunca jamás lo podrás recuperar. 

En esa eternidad que les espera a Joan, Larry y Luke, hay unos espacios, llamados Archivos, que funcionan como una suerte de museo de recuerdos. Allí, con la compra de una entrada, cada persona puede observar la representación de los momentos que marcaron su vida pero, esta vez, como una tercera persona. De repente, contemplar la escena como si no hubieras formado parte de ella. De alguna manera, verificar que lo que recuerdas sucedió así porque, como dice Berta García Faet, «el recuerdo es imposible.//no todo se olvida porque no todo pasa».

Luke y Joan durante uno de sus recuerdos de los Archivos | Fuente: Pinterest

Volver, volver una y otra vez. Materializar lo que tantas veces se ha reproducido en tu mente. Sacar lo almacenado, el trauma y la felicidad. Pero, también, atender de primera mano a aquel camino que elegiste no transitar. Joan, movida por la pasión del primer amor, –perdón por el spoiler– decide pasar su eternidad con Luke pero, cada día, retorna a los Archivos para reproducir su vida con Larry. 

Volver, volver una y otra vez. Pensar en la muerte, pensar en qué hizo, pensar en dónde está, en a quién besó, en dónde vive, en si se sigue levantando a las 6 los jueves y los domingos, en si sigue fumando. Pensar y volver y pensar y volver. Cuando veía a Joan pagar compulsivamente más entradas para revivir su anterior vida, no podía quitarme de la cabeza el que a mí me pudiera pasar lo mismo. Y recordaba, entonces, el doloroso poema de Idea Vilariño, Ya no

«Ya no será//ya no. […] Ya no estás//en un día futuro//no sabré dónde vives//con quién//ni si te acuerdas.//No me abrazarás nunca//como esa noche//nunca.//No volveré a tocarte.//No te veré morir».  

No volveré a tocarte, no te veré morir. Qué espanto. 

La vida, la muerte y el amor, Eros y Thanatos, pulsión de vida y muerte. Las tres siempre andan relacionadas. No puedo imaginar a alguien al que he querido muriendo, aunque su destino sea ese –igual que el mío–. Pero, todo es peor cuando pienso, no solo en que morirá, sino en que yo no sabré cuándo, porque elegí otra vida para mí. Y, vuelvo, de nuevo a Berta, que dice: 

«me hace pensar en el tiempo/ // y en el amor desgajado en el tiempo;// […] saber que moriremos, que morirá// este nudo;//saber que tú, mi amor, un día,// serás hierba:// sobre el material de la ternura // que se cree infinita// se editan los efectos de esta lucha a muerte,// y no puedo evitar pensar tu cuerpo//como belleza móvil//hacia lo inmóvil// y el ronroneo existencial/ me dice/ que esto es triste».  

La edad de merecer, Berta García Faed

El taquillero de los archivos, en un momento dado, avisa a Joan de que, acudir constantemente a ver su antigua vida puede ser perjudicial para la nueva. Y es cierto: vivir anclado en la posibilidad es un abismo sublime y peligroso. Yo podía ver a Joan a través de mis ojos, podía sentir su pena en mi cuerpo, su pena encarnada en mi pecho como si fuera mía; y me afectó sobremanera pensar que ya no tendría oportunidad de ser realmente feliz. 

Joan en Eternity | Fuente: Pinterest

Quizá tuviera miedo de que fuera a mí a quien le sucediera. 

Quedarme enclaustrada en una vida que no siento como propia. 

Dolerme por esa versión que pude ser y ni siquiera sabía que podía ser pero que me habría hecho más plena y ni siquiera lo sabía. 

Leonor Calvera, en Amor y muerte en la literatura, dice:

«El amor, al par que hace la vida más rica, que amplía los horizontes sentimentales e intelectuales, es también la fragua para adquirir la más aguda sensación de la muerte». 

Todo amor implica morir en pequeñas cantidades. Saber callar, saber mirar, saber elegir. Todo amor implica reconocer que cada elección conlleva a la muerte de otras vidas y no se pueden remedar. Pero, el verdadero conflicto surge cuando ves que, esa que tienes entre las manos, no te pertenece. Ahí se producen varios fallecimientos: el del amor, el de la posibilidad, el de uno mismo. 

¿Cuál es la conclusión de todo esto? La verdad es que ni yo la sé. Hay días en los que los sentimientos me embargan y no consigo darles un sentido claro ni lógico. Solo verborrea, solo hablar. ¿Es esto un ensayo? ¿Ofrezco argumentos válidos y estables? ¿Defiendo una causa relevante? Creo que no. Puede que lo único que quisiera decir es que adoro el Amor, aunque le tengo miedo. Mucho, a veces. Pero, también temo a su ausencia, a su imposibilidad y a su recuerdo. 

Eternity me hizo pensar en todo esto… Por eso lloré al dormir.

«Y me mira y lo miro/me dice yo le digo/y me ama y lo amo/–no se trata de amor/damos la vida».

El amor, Idea Vilariño

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