Una obra que consigue presentar la muerte como tierra fértil: un jardín que recuerda, narra y siente al muerto que lo sembró.
«Mi padre era jardinero. Ahora es jardín». Así es como comienza la brillante novela del escritor búlgaro, Gueorgui Gospodínov. Y yo, como lector e hijo de jardinero, ¿cómo debería responder ante esto?
Gueorgui Gospodínov: una novela-jardín, una novela-memoria
El jardinero y la muerte (Impedimenta, 2025) de Gueorgui Gospodínov — Premio Booker Internacional— no es una novela tradicional ni lineal; no obedece a introducciones, nudos ni desenlaces, ni a los hilos de una trama, porque todo se entreteje bajo la broza. A ratos parece un diario, a veces una elegía y, en ocasiones, una recopilación de frases del cuaderno de su padre y suyas, pertenecientes a distintas épocas, grapadas bajo un lenguaje botánico. Porque, como dice su autor, es una «novela-jardín», en la que los sentimientos que uno siembra son distintos a los que recoge.
Gueorgui Gospodínov te muestra cómo cultivar la muerte. La siembra en una maceta, habla de cómo echa raíces, de hacia dónde se dirige, cómo es verle el tallo y a qué huelen sus flores y frutos cuando sabes que están a punto de brotar. Después te hace olerlos, verlos, probarlos. Un mordisquito al fruto mortal. Y es que tras la cortina metafórica del mundo botánico, se encuentra un relato personal del autor mucho más duro y menos floreciente: la muerte de su padre. Ahí te das cuenta de que donde escribe «semilla» se lee «los primeros síntomas de la enfermedad»; donde habla de «raíces» realmente explica cómo el dolor empieza a moldear física y mentalmente a su padre; el tallo es la herida que crece hasta acercarlo a la muerte y alejarlo de la tierra que él mismo cultivó; y las flores son, en definitiva, el homenaje al proceso de haber fallecido: lo que la familia le deja en la tumba porque ya no hay quien cuide del jardín. Gospodínov habla con un lenguaje quirúrgico de esa relación tan estrecha entre humano y flora, entre vivir y morir y entre florecer y marchitarse, pero con un claro ganador: las plantas. Porque ellas renacen en primavera, viven cíclicamente y, cuando no viven, solo esperan a que alguien las plante, agazapadas bajo la tierra, sin dolor, sin desesperarse, sin sufrir humanamente: «La botánica sabe morir con belleza sin morir en realidad», dice el autor.
Gospodínov narra desde la memoria: entremezcla cómo pensaba acerca de su padre en el pasado lejano (de niño), en el reciente (de adulto), en el presente (durante el duelo) y, lo mejor, desde el futuro: el futuro que no tuvo con él (recuerdos por vivir), lo que Gospodínov llama «la tristeza de los moribundos»: la tristeza que, sobre todo, se alimenta de lo no vivido. Y si, como el propio autor dice, hubiese que marcar un inicio y un final, no estaría claro, pero el centro sí: la muerte de su padre. El evento que marca un nuevo marco de referencia desde el que contar el tiempo: «Empiezas a decir: ah, eso fue antes de que muriera mi padre. O mientras mi padre estaba vivo. O dos años después…». Porque su muerte no solo es el punto central, sino todo lo del medio; de hecho, el medio en sí: la gran mitad que todo lo ocupa. En la segunda página de la novela dice:
Quiero avisar desde ya que al final de este libro el protagonista muere. Ni siquiera al final, más bien por la mitad, pero luego vuelve a estar vivo, en todas las historias de antes de irse y en las de después. Porque, como decía Gaustín, en el pasado el tiempo no fluye en una sola dirección.
Gueorgui Gospodínov — El jardinero y la muerte
Con un subtexto tan terrenal y, a la vez, tan espiritual y una estructura en la que su forma de narrar manda más que el propio tiempo, ¿quién sería capaz de leer otro libro a la vez que este? Un libro en el que el jardín ayuda al propio hijo a narrar esa parte de la muerte de su padre que se le atraganta, porque donde el hijo intenta verbalizar un vaivén de emociones mediante la palabra y el tiempo, el jardín, más sabio, lo hace mediante flores a merced de las estaciones. Quizá el alfabeto del jardín sea más humano que el nuestro.
La temática y la narración de Gospodínov: sobre la verticalidad de la infancia, la horizontalidad de la vejez y la botánica de la muerte
Gueorgui Gospodínov, mediante esa expresión suya tan corporal, tan sensorial, que casi te golpea, explora temas hasta donde sus raíces y hojas le permiten llegar. Como, por ejemplo, la comparación del crecimiento humano con el de las flores a lo largo del tiempo. Y no lo hace de cualquier manera, porque lo que tiene de excepcional su forma de narrar es que es capaz de hacer que el tiempo sea algo moldeable, concreto, casi material.
En un momento dice que la infancia es vertical:
«Creces hacia arriba, eres tan alto como las rosas del jardín, todo el mundo te dice un año tras otro lo mucho que has crecido».
Gueorgui Gospodínov — El jardinero y la muerte
Y a su vez habla de lo horizontal que es la vejez:
«Vamos a descansar un poco, vamos a tumbarnos por la tarde, me echaré un rato en el sofá porque la espalda… La vejez es ir acostumbrándote a una horizontalidad prolongada, tal vez eterna».
Gueorgui Gospodínov — El jardinero y la muerte
Entonces, al leer esos párrafos y, sobre todo, ese «tal vez eterna», pienso: ¿estará sugiriendo que el siguiente nivel de horizontalidad, el eterno, es el que te exige un ataúd? Ese punto en el que te encorvas tanto y te quedas tan cerca de la tierra que reposas en ella para siempre. Es como si el tiempo caminase apoyado en un bastón, hasta que lo pierde.
Otro de los grandes temas que hace florecer el autor es la pérdida de identidad y memoria al perder a un ser querido: sus recuerdos sobre ti y su sabiduría en general.
«¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?», se pregunta Gospodínov en la novela. Mientras tanto, su padre dijo una vez: «Querría vivir un poco más, para que el bebé me recuerde, no pido más». Entonces, el autor afirma: «Ese era su sueño, su idea de la inmortalidad o cómo querías llamarlo: permanecer en la memoria de una niña». A tal extremo puede llevarse este juego de memorias metidas en otras, como muñecas rusas, que Gospodínov confiesa tener debilidad por los años 60 (los que tanto disfrutó su padre) porque «sus nostalgias se han convertido en las mías. Nostalgias de una época que nunca me tocó vivir». Luego, no solo le duele que su padre ya no esté, sino que le pesa saber que hubo una época en la que su padre aún no tenía hijos, y sobre la cual no le preguntó lo suficiente. Y hasta aquí se ve cómo la vida de uno puede habitar en la memoria de otro, hasta que uno de los dos muere y ya no queda espacio para el recuerdo.
Pero la cosa va más allá, incluso en el sentido más práctico de la memoria que menciona Gospodínov: «Una de las últimas cosas que dijo y que recuerdo con más claridad fue de gran sentido práctico: Tened a mano mi carné de identidad para que sepáis dónde está cuando lo necesitéis». Su padre ahí, justo ahí, le estaba cuidando desde el futuro: el pobre ya se veía bajo tierra y, sin embargo, para que su hijo tuviese un presente más llevadero, en el que no tuviese que estar rebuscando por los cajones de casa, le recordó, desde «el más acá», que tuviera a mano su carné de identidad. El mismo padre que le solía contar a su hijo quién era primo de quién en el pueblo para que esa información no se fuera con él, para que el árbol familiar siguiera con vida, a pesar de que «de sus ramas colgasen muchos muertos»; el mismo padre que le contaba sus anécdotas y sueños para que al menos él u otro las pudiese cumplir «a través de otro cuerpo».
En definitiva, la de Gospodínov es una novela que no se lee: se cultiva. Y cuando la terminas, entiendes que quizá todos acabemos siendo eso: el jardín de alguien, la tierra donde otro siembra su memoria para no desaparecer del todo. Yo, como el autor, hijo de jardinero, ya sé cuál será mi jardín: mi padre.
Bibliografía
Gospodinov, G. (2025). El jardinero y la muerte. Impedimenta.

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