O de cómo Anabelle Dinda canaliza la rabia de la narrativa robada
Hace unas semanas se coló en mi pantalla Anabelle Dinda tras una larga media hora de scroll infinito. Su cabeza rubia se asomó y yo fui incapaz de seguir deslizando. La joven estadounidense tocaba su guitarra como si le estuvieran desgarrando el alma, casi sin mirar a la cámara. Yo me sentía una intrusa y, al mismo tiempo, sabía que mi algoritmo de vez en cuando acierta y me devuelve incluso lo que no quiero ver. Ahí estaba ella, con sus acordes, inclinándose conforme sentía la melodía. Y yo me quedé ahí, varios minutos, como si me hubieran arrancado una historia de cuajo y Dinda me obligase a mirarla, sin escapatoria. Presentaba al mundo The Hand, su último single. Hoy acumula casi dieciséis millones de reproducciones en TikTok, me imagino que pocas hemos olvidarla, que hemos visto ese vídeo hasta memorizar cada uno de sus versos y nos hemos quedado ahí. A falta de marcapáginas hemos doblado la esquina de la página para regresar todas las veces que sean necesarias.
Dinda ha compuesto una canción que rabiosamente llega a tres minutos. “¿Qué quiere decir su letra?”, era la pregunta más repetida en los comentarios. Como buen poema, tiene deícticos que juegan con el emisor de su mensaje: ¿cuál es el punto de vista: el de un hombre o el de una mujer? Bien, pensemos en su propuesta como un libro de aventuras, cuyo protagonista se cuenta a sí mismo como el espejo en el que le gustaría verse reflejado.
Empieza con un vaquero, que también es un marinero, que juega “con el mundo en la palma de su mano // como si él mismo lo hubiese creado”. Habla sobre el deseo de libertad inalcanzable, sobre una voluntad que afirma su propia existencia y que, porque puede hablar, existe. Se trata de un héroe mítico que viene a nuestra mente con cierta facilidad. Lo encarna, por ejemplo, el hombre que pintó Caspar David Friedrich en El caminante sobre el mar de nubes, pero también podría representarlo el protagonista de Interestellar, o Jack Sparrow, o el profesor Keating de El club de los poetas muertos, incluso Capitán América, Quijote, Ahab, Hamlet y quien quiera ser dueño de su propio relato porque tiene suficiente credibilidad como narrador.
Así crea un mundo que casi no tiene límites, para él, y se convierte en el señor de los símbolos. Ahora, ¿cómo continúa la canción, si esta historia ya nos suena a todo el mundo? ¿Qué ocurre con nosotras?
Miranda Fricker hablaba de injusticia testimonial en Injusticia epistémica (Herder, 2017). En su obra, expone distintos tipos de poder, como el social o el identitario, que pueden manifestarse de forma activa o pasiva. Cualquiera de los dos puede ser ejercido una persona concreta o, por el contrario, ser esencialmente estructurales. Es decir, este poder puede ser sistémico, un leviatán gigantesco cuyos tentáculos se expanden sin límites hacia el horizonte. Si es sistémico, carece de sujeto, lo que nos convierte a todos en un vehículo de transmisión que lo sostiene. Somos cómplices, a veces involuntarios, de un sistema que heredamos, lleno de mitologías, religiones, políticas y visiones del mundo que conforman nuestra mirada. Pero, ¿de dónde viene esa sensación de vacío que tan bien refleja Dinda?
Quizás sea ese déficit de credibilidad que persiste en determinados colectivos, como el de las mujeres. Quizás, tal y como canta Dinda, al hablar incluso mi voz me suena a mí misma estridente, y eso no es justo.
No tratemos de leer entre líneas: esta tiktoker se ha hecho un hueco en nuestro Para ti porque ha sabido jugar bien sus cartas. Pero ha lanzado un mensaje al vacío que hemos recogido con cautela, como si se tratase de un tesoro que quema, que quema tanto que nos sitúa en un lugar más alto desde el que mirar a todos nuestros personajes como si se tratasen de caricaturas absurdas. Puede que lo sean. Pero qué caricaturas…
Esta narrativa robada es un dolor que se expande por el pecho. No será la primera ni la última en contarlo. Almudena Grandes decía en el pregón de la Feria del Libro de Sevilla de 2018 que a ella, como a muchas otras escritoras, no le bastaba con poder firmar como mujer un libro. Su primera novela, Las edades de Lulú, se publicó en 1989, y antes que ella otras autoras se habían convertido en referente para las que vinieron después. No hay que irse tan lejos en el tiempo para recuperar una genealogía femenina de autoras. Ni siquiera esa es la reivindicación, Grandes quería dar un paso más y ahí está la clave de su transgresión: hemos firmado, ahora queremos universalizar nuestra mirada. Vivir para contarnos.
¿Qué arquetipos de mujeres que diseñan su destino nos vienen a la mente? Pocos, ¿verdad? Cada vez más, es cierto. Quisiera invitar a los lectores a pensar en las protagonistas con quienes más se hayan sentido identificados. Porque lejos del prototipo de “la chica”, “la madre”, “la femme fatale” o “el ángel del hogar”, también podemos ser las heroínas del relato, ir más allá del orden simbólico, escribir nuestra historia y apropiarnos de la realidad. Aunque parezca que sea sólo una botella que se ha lanzado al océano, por si alguien decide recoger la carta de su interior. No se trata de un reto literario inalcanzable, miles de autoras lo han hecho ya. Pero ¿cuántas personajes se han convertido en universales? ¿Cuántas contemplan el mundo como si fueran las primeras pioneras? ¿Cuántas nos acompañan más allá de las páginas?
A hand, a spike, a physical fight,
the wind around the willow,
a toll, a tithe, the passage of time,
the melting down the window,
the now, the then , the thinking of ‘when’,
the siren in the water,
the strike, the pause, the message from God,
does that make me his daughter?
Me resisto a no creer en un mundo de pioneras y narradoras. De cuentistas y personajes. De una frontera más allá del folio en blanco y las palabras en balde. Qué sé yo, me gusta odiar el límite simbólico e imaginar que, todavía, podrá existir otro mundo posible

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