Una mirada foucaultiana a por qué repetimos constantemente que estamos locas
En los últimos años se ha popularizado un subgénero cinematográfico conocido como female rage, películas que exploran la rabia femenina. Promising Young Woman, Midsommar o Jennifer’s Body son algunos de los títulos que se suelen englobar dentro de la categoría.
Cabe pensar que si existe la rabia femenina, también debe haber espacio en el cine para la masculina. Sin embargo, algunas de las películas que se suelen categorizar dentro del male rage son La Naranja Mecánica o American Psycho. ¿Qué tienen que ver Dani -traumatizada por el suicidio y asesinato de toda su familia-, Cassie -que busca vengar a su amiga violada durante una fiesta- o Jennifer -víctima de un sacrificio ritual- con los protagonistas de estos títulos? ¿Por qué englobar bajo la misma denominación a auténticos psicópatas y mujeres que experimentan emociones fuertes ante situaciones extremas?
“Igual estoy loca”, “Estoy un poco loca”, “No te voy a mentir, estoy loca”, “Yo hoy estoy loca”. Una búsqueda rápida entre los mensajes que he enviado durante la última semana arroja algo de luz sobre una idea que no me canso de repetir a todo aquel que me pregunte sobre mi estado actual. Ahora mismo la causa de mi desasosiego es mi precaria -inexistente- situación laboral, pero bien podría ser una incertidumbre amorosa o la disconformidad con mi aspecto físico. Cualquier alteración de mi estado emocional me sirve para autocalificarme como loca. Y sí, soy consciente de que debo abandonar esta costumbre.
No soy la única que ha desarrollado esta manía. Salvo notables excepciones, cada vez que alguien a mi alrededor asegura estar loco, la emisora de semejante mensaje es una mujer. Pareciera que el mundo está lleno de chicas desquiciadas. Y, aunque parezca fortuito, este empeño femenino por percibirnos desequilibradas no tiene nada de casual.
Aunque sus trabajos en torno a la sexualidad probablemente sean los más reproducidos en la actualidad, Michel Foucault se estrenó en el mundo académico con una tesis doctoral sobre la locura: Folie et déraison. Se trata de un estudio complejo sobre los mecanismos mediante los cuales el poder se ha valido del diagnóstico de la enfermedad mental para apartar de la esfera pública y recluir a los elementos subversivos que no encajan en el ordenamiento social imperante.
Si bien el estudio del filósofo posmoderno francés consiste en dos volúmenes muy extensos, imposibles de resumir en este artículo, Foucault no abordó la estrecha relación existente en el pensamiento médico a lo largo de la historia entre la condición femenina y la sinrazón. Y, sin embargo, su marco analítico sirve para entender por qué seguimos arrojando con excesiva facilidad el término “loca” cuando una mujer experimenta emociones humanas básicas.
Al desligar la locura del plano puramente psiquiátrico, encontramos que los mecanismos del poder la usan como una herramienta coercitiva que sanciona aquellas actitudes que se salen de la norma. Pensemos por ejemplo en la homosexualidad, que fue retirada del listado de enfermedades mentales de la OMS hace poco más de veinciticinco años. ¿Esto significa que las personas queer estaban locas hasta 1990? No, simplemente las estructuras dominantes se valían de la medicina para apartar de la esfera pública a un grupo que consideraban indeseable.
Este proceso ha sido especialmente castigador con las mujeres, desde que los médicos de la Antigua Grecia se inventaron que el útero (hyster) se desplazaba por nuestro cuerpo y nos volvía histéricas. Unos cuantos siglos después Sigmund Freud seguía a vueltas con el tema. A esto le añadimos que el pensamiento patriarcal se ha cimentado en la idea de que los hombres son seres racionales, mientras que las mujeres somos criaturas pasionales que se mueven en base a sus emociones.
De esta manera, la mujer que se sale del encorsetado espacio de actuación que le ofrece la sociedad patriarcal es entendida como desequilibrada porque rompe la convención. Dicho de otro modo, el tío que te cuenta que “su ex estaba loca” no piensa de verdad que esa chica sea una esquizofrénica paranoide, simplemente se vale de un sistema que sanciona a la mujer que se sale de ciertos parámetros, como podría ser no frustrarse con su pareja cuando ésta no asume su parte de responsabilidad en el reparto de las tareas domésticas.
Sin embargo, nosotras no dudamos en asumir este marco. Desde que iniciamos nuestra socialización somos bombardeadas con mensajes constantes sobre el ideal al que debemos aspirar: ser una chica tranquila, que no la lía. Porque ninguna quiere ser la ex loca. Así que tragamos con un sinfín de despropósitos con miedo de explotar y acabar comportándonos como histéricas. Y no sólo en nuestra relaciones sexo-afectivas con los hombres. Tras un largo día de trabajo tu superior te menosprecia y minusvalora tu labor, y tú les mandas un audio llorando a tus amigas que concluyes con una reflexión: “Quizás es que soy muy sensible”. Autopercibimos nuestras emociones como un síntoma de la sinrazón, cuando simplemente son una prueba de que nosotras también somos seres humanos.
Y aunque esta reflexión pueda quedarse en lo abstracto, las consecuencias de la medicalización de la experiencia femenina (atribuir categorías psiquiátricas a conductas y reacciones derivadas del contexto social) son tangibles y preocupantes. En este artículo de Pikara, una mujer relata cómo fue diagnosticada con un trastorno límite de la personalidad cuando lo que tenía era un maltratador arruinándole la vida. El TLP podría considerarse la histeria del siglo XXI: diagnosticado a mujeres en un 75 por ciento de los casos sus síntomas van desde la impulsividad hasta “manifestaciones de ira inapropiadas”.
Tampoco es casual que el consumo de antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos sea el doble en mujeres que en hombres. Los médicos nos los recetan más. Es posible que suframos más trastornos de este tipo, pero también es posible que la sociedad esté dispuesta a presuponer que nuestro comportamiento viene marcado por alteraciones psíquicas y no por una respuesta lógica a un entorno que nos constriñe.
Así que no, chicas, no estamos locas. O, al menos, no todas lo estamos. Es hora de dejar de asumir ese marco.
OFELIA: Traigo romero para los recuerdos. ¡Recuerda, mi amor, recuerda! También traigo pensamientos para lo que piensas.
Hamlet

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