Varios desafíos frente al secuestro de la imaginación
Hace una semana vi por primera vez 28 días después, esa película de Danny Boyle grabada con una cámara de vídeo donde Cillian Murphy aparece con una barbita desaliñada muy poco Cillian Murphy. Tras esto, me vi, en los siguientes cinco días 28 semanas después, 28 años después y 28 años después: El templo de huesos. Esta última en el cine donde lloré, grité y desee que llegará ya 2027 para poder ver la tercera entrega de 28 años después.
Nunca me imaginé escribiendo sobre una peli de zombies. Primero, por prejuicios. Y segundo, porque desde que vi Verónica con 13 años la única película de miedo que he podido ver entera ha sido Gremlins y creo que para casi nadie es una película de terror.
Pero, según iba metiéndome en esta saga, descubrí que no es lo mismo un zombie que un infectado, que existe toda una genealogía del género y que Danny Boyle junto a Alex Garland inventaron una forma completamente nueva de imaginar el apocalipsis. Por lo general, la opción del apocalipsis zombie suele ser la más desoladora porque la única opción que queda es sobrevivir hasta que no quede nadie, hasta que todos acabemos infectados. Pero, Garland y Boyle tratan de crear un mundo en el que se sigue viviendo a pesar del apocalipsis. Garland y Boyle tratan de imaginar nuevas formas de vida ahora que todos estamos un poco zombies. Aunque la película también habla de trauma intergeneracional, de sufrimiento psíquico y especialmente, de empatía o, por utilizar una palabra menos psicologista, de solidaridad —no en el sentido neoliberal, sino en el bueno; en el marxista—.
Y fue mientras esperaba ansiosa a que comenzara 28 años después: El templo de huesos cuando vi el tráiler de Arco, de Ugo Bienvenu. Dos días después estaba de nuevo en el cine. Arco, nominada a los Oscar por mejor película de animación, nos sitúa en 2075, en un mundo de casas preciosas y robots tiernísimos encargados de los cuidados. En este mundo, Iris, una niña de 10 años que casi no ve a sus padres porque siempre habrá más interés en inventar robots que hagan de figuras paternas que en abolir el trabajo asalariado, pide un deseo. Y así aparece Arco. Un niño Arco Iris que viaja en el tiempo y viene de un futuro aún más lejano. De un futuro en que se vive en las nubes porque la tierra tiene que descansar después de tantos robots. Un futuro del que casi no puede hablar y al que no puede llevar a Iris, porque nadie puede ver cómo será el futuro.
Y es cierto. Nadie puede ver el futuro. Pero podemos imaginarlo. Y no me refiero sólo que podamos intuir cómo será vivir en la tierra si seguimos explotando sus recursos, ejerciendo políticas imperialistas y acabando, en general, con toda posibilidad de comer una manzana que no esté hecha en un laboratorio. Me refiero más bien a imaginar otros mundos posibles, a crear utopías, a desafiar la antinomia capitalista asentada tras el fracaso del sistema soviético.
Ya Mark Fisher señalaba en Realismo capitalista que el gran logro del capitalismo tardío ha sido la asimilación por parte de todos de que, pese a todos los males del sistema, este es el único posible. De esta forma, el sistema ha conseguido blindar nuestra capacidad imaginativa, nos ha sometido a lo que María Ayete denomina como secuestro de la imaginación.
Y sin embargo, ahí están Garland y Boyle, ahí está Bienvenu, imaginando futuros, diseñando ya sea en forma o en contenido, utopías. Ya sé que no hay utopía deseable en un mundo plagado de zombies pero, tampoco, en un mundo en que no puedes ver a tus padres y siempre te sientes sola. Lo utópico reside en preguntarse por el futuro. En ser capaz de representar de formas hasta el momento impensables las grietas del capitalismo para agrietar nuestra alianza con él.
Y es en este sentido en que se revela la posibilidad del arte como político. Como señala Jameson en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, “un nuevo arte político […] tendría que arrostrar la posmodernidad en toda su verdad, es decir, tendría que conservar su objeto fundamental —el espacio mundial del capital multinacional— y forzar al mismo tiempo una ruptura con él, mediante una nueva manera de representarlo que todavía no podemos imaginar: una manera que nos permitiría recuperar nuestra capacidad de concebir nuestra situación como sujetos individuales y colectivos y nuestras posibilidades de acción y de lucha”.
Ahí están los infectados y los Niños Arco Iris. Tratando de hacernos recuperar nuestra capacidad de acción, invitándonos a imaginar mediante la representación imposible y sobre todo, mediante el hueco. Ya dijo, de nuevo Jameson, aquello de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero, es que imaginando el fin del mundo, muchas veces, se imagina el fin del capitalismo. Por ello, en este caso en Arqueologías del futuro, Jameson afirma, —perdón, siempre se me nota demasiado de qué pie cojeo— , en referencia al potencial de la utopía, que “lo más revelador no es lo que se dice, sino lo que no puede decirse, lo que no se registra en el aparato narrativo”. Esa incapacidad de Arco de enseñar el futuro. Ahí estamos. Aun pudiendo construirlo.

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