SENTARSE EN LA TARTA Y COMERSE LA POLLA O VICEVERSA

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Sobre el conceptualismo extremo en el arte contemporáneo

Decir que está bien que el objeto no sea nada implica que el declive contemporáneo ha alcanzado el grado del absurdo máximo. Que, paradójicamente, ya vale absolutamente todo. En ausencia de estética, de plástica, de la solidez del concepto, del alma o siquiera de una mínima chispa de ingenio, siempre habrá alguien dispuesto a defender el humo de la idea. Contravenir que las cosas que son lo sean con sentido, es mear contra el viento: negar el sentido de la existencia al margen de cualquier creencia. Y si nada vale y vale todo, entonces invito a aquellos que lo practican a ahorrarse el discurso, porque tiene el mismo valor que no expresarlo; y a los artistas que han hecho de esa nadería su oficio, a que nos ahorren la miseria de contemplarles. Quizá la realidad es demasiado deprimente como para que encima nos enseñen la nada y nos la presenten como el todo.

La sofisticación del absurdo consiste en poder decir, con gesto doctoral, que hay obras que no significan nada. En afirmar, sin rubor, que lo importante no es la obra sino la intención. Que la intención basta. Que el pensamiento basta. Que el artista basta. Y, sin embargo, el resultado es siempre el mismo: un cubo vacío, una piedra en el suelo, una palabra proyectada en una pared blanca. Llevamos décadas aplaudiendo la ausencia, celebrando el silencio, museificando el bostezo. El arte conceptual se ha convertido en el fast food del pensamiento: rápido, barato, insípido y olvidable.

El conceptualismo tuvo sentido cuando el mundo todavía tenía misterio. Cuando Duchamp colocó un urinario en un pedestal, estaba abriendo una pregunta. Hoy, un siglo después, seguimos respondiendo a la misma pregunta sin habernos dado cuenta de que ya no hay pregunta. La réplica se ha convertido en dogma, el gesto en institución, el gesto muerto en canon. Es la cena de los idiotas, el traje nuevo del emperador, el discurso de los necios. El museo contemporáneo como parque temático del vacío.

Lo que antes era ironía hoy es dogma. Lo que fue provocación hoy es protocolo. El arte conceptual ha dejado de ser disidencia para convertirse en un lenguaje oficial, sostenido por críticos, ferias y departamentos de educación artística que viven de repetir las mismas palabras huecas. Y mientras tanto, el esfuerzo, la técnica, la emoción o el riesgo han sido desplazados por una burocracia de la idea. Un ejército de artistas que no saben hacer nada, pero saben explicarlo todo. 

Ya no exigimos disciplina al pensamiento, solo existencia. Esto es evidente porque tampoco existe ya la filosofía del esfuerzo. Lo que antes era aprendizaje y oficio, ahora se reduce a relato. Todo es discurso. Todo es mediación. Todo es PowerPoint. Nadie se mancha las manos, nadie se arriesga a pintar un rostro o tallar un cuerpo. Se confunde la pereza con la lucidez, el silencio con la profundidad, la falta de talento con una forma de honestidad. En el fondo, no es arte conceptual: es nihilismo con buena prensa. Todo se ha visto reducido a la chispa que se le puede ocurrir a un idiota de cañas y cómo de profundamente va a explicar el chiste. Eventos como este tienen cada vez menos gracia.

El alarde de la nada es el reflejo más exacto de la sociedad contemporánea. Vivimos rodeados de simulacros. Vemos gente que no cree en lo que dice y gente que ya no encuentra sentido en decir nada. La prueba está en que casi nadie se atreve a confesar que no ha leído el Ulysses de James Joyce o El Quijote de Cervantes. Es más fácil fingir que entenderlo, igual que es más fácil fingir que algo es arte solo porque lo dice el museo. La impostura se ha convertido en virtud. Fingir se premia, dudar se castiga.

La mentira se ha instalado en nuestras vidas y se ha convertido en un modo de supervivencia estética. Y quizá ese es el triunfo más perverso del conceptualismo: haber logrado que fingir sea una forma de pertenencia. Quizás por eso, escritoras como Marta Sanz saben que jamás serán famosas. Que pese al desnudo del alma que existe en Los Íntimos, apenas nadie ha entendido lo que ella ha hecho de manera tan evidente. No porque sea complicado, sino porque ya no existe suficiente voluntad de entenderlo.

Por eso Sentarse en una tarta o lo otro… no es solo un chiste vulgar, sino una metáfora precisa. Hemos llegado a un punto en el que ya no distinguimos entre una tarta y su simulacro. La cultura visual contemporánea —desde los pasteles hiperrealistas hasta los vídeos virales en los que alguien corta un zapato que resulta ser pastel— ha llevado al extremo la confusión entre la realidad y su copia. El conceptualismo ha hecho lo mismo: nos muestra el molde y lo llama sabor. Nos vende la idea de la tarta mientras nos deja el hambre intacta.

En la literatura, el arte y el cine hay un vaciamiento total del alma. Lo vemos en las novelas que se escriben como si fueran notas de prensa, en el cine que se proyecta como si bastara con tener un plano sostenido y una frase sin sujeto. Drive My CarAftersunPast Lives: todas comparten la misma anestesia elegante, esa melancolía sin riesgo que confunde la lentitud con la profundidad. En la literatura, los herederos de Bernhard y Bolaño confunden el tedio con la lucidez, la depresión con el pensamiento. Pessoa ya lo advirtió: “El arte consiste en hacer sentir a los demás lo que uno no siente”. Hoy ni eso: ni se siente ni se finge. Hemos convertido la sensibilidad en un eslogan, el pensamiento en un hashtag. Amparados bajo la bandera de la frase “es una cuestión de gustos”, hemos perdido el sentido verdadero de lo que una vez supimos: que el arte nos planteaba una pregunta, y que a través del trabajo y la observación podíamos llegar a responderla.

Hay algo de Lantimos en todo esto: el absurdo doméstico de Canino, la obediencia sin sentido, la sofisticación del sinsentido. Un universo donde han confundido las palabras para que no podamos escapar. Donde se ha llamado virtud al vicio. Donde se confunde el dinero con la ambición o el ego con la realización. Ahí es entonces donde empieza a valer todo. Es un sálvese quien pueda por llenar un vacío en el alma. Es la falta de entereza de los artistas. Su deseo de vivir tumbados en el sofá jugando con una pelotita de perro y encumbrados como genios. Sin criterio, viviendo de la crítica ajena. Achacando a la suerte lo que es cosa de destino, alma y esfuerzo de una sustancia química casi imposible: entereza perpetua. Pero ya casi nadie entiende que lo que parece mucha entrega hacia un privilegio, es en realidad lo mínimo. El arte conceptual español vive en esa misma casa: un ecosistema donde los artistas repiten consignas aprendidas sin creerlas, y el público finge entender para no sentirse excluido. Nadie pregunta ya qué significa algo, porque preguntar se ha convertido en signo de ingenuidad.

Lo que antes era pensamiento hoy es marca. Lo que antes era duda hoy es manual. Las ideas ya no se piensan, se gestionan. Los artistas ya no crean, producen. Los críticos ya no interpretan, redactan notas de prensa y citan a autores de nombres complejos. Kafka entendió antes que nadie este futuro: el artista contemporáneo es un funcionario atrapado en su propio proceso, rellenando formularios sobre el sentido mientras el sentido desaparece ante sus ojos. El sistema se retroalimenta de su propio vacío, como una serpiente que se devora sin llegar a entender el sabor de su cuerpo.

No se trata de exigir un retorno ingenuo a la belleza, sino de recordar que sin forma no hay fondo, y sin cuerpo no hay alma. Que la idea, para ser idea, necesita encarnarse. Que la materia, para ser materia, necesita intención. Y que el arte, si no es capaz de tocarnos, de inquietarnos, de emocionarnos, se convierte en lo mismo que denuncia: un objeto vacío que finge tener sentido.

Cultivemos cada uno nuestro espíritu en la medida en que podamos, pero no digamos en voz alta que es lo mismo comerse una tarta que comerse una polla. No llamemos algo a la nada ni a la nada algo. Porque una cosa es jugar con los límites y otra cosa es confundir el límite con el abismo. Si todo vale, nada importa. Si la nada tiene el mismo valor que la forma, entonces ya no habrá arte, ni pensamiento, ni siquiera lenguaje. Solo silencio.

Y el silencio, cuando no nace del asombro, es solo otra forma de mentira.

Una respuesta a «SENTARSE EN LA TARTA Y COMERSE LA POLLA O VICEVERSA»

  1. Avatar de Luis Miguel Muñoz Fragua
    Luis Miguel Muñoz Fragua

    Desde el laboratorio, bajo la luz fría de la lámpara de aumento y con el bisturí en la mano, la realidad del arte no se percibe como un discurso etéreo, sino como una lucha física contra la entropía. Al leer que «el objeto no sea nada», mi mente científica no ve una liberación filosófica, sino un diagnóstico terminal. Como conservador restaurador, mi trabajo consiste en preservar la materia para que el mensaje perdure. Pero, ¿qué se conserva cuando la materia es irrelevante? ¿Cómo se restaura el humo?

    Tu texto acierta con precisión quirúrgica: hemos alcanzado el absurdo máximo. Pero yo añadiría que hemos violado la ley fundamental de la creación: la técnica como estructura portante .La Desaparición de la Téchne

    La historia del arte es, en esencia, la historia de la tecnología de los materiales. Velázquez no era solo un genio visual; era un alquimista que conocía la molienda del pigmento, la tensión del lino y la química del aceite. Había un respeto sagrado por el «oficio», una palabra que hoy suena anacrónica.

    Decir que «la intención basta» es una aberración fisicoquímica. La técnica no es un adorno; es el vehículo de la supervivencia. Cuando un artista contemporáneo presenta un «cubo vacío» o una «piedra en el suelo» y desprecia la factura, está renunciando a la estratigrafía de la obra. No hay capas, no hay veladuras, no hay error ni corrección (pentimento). Al eliminar la dificultad técnica, se elimina la huella humana.

    Nos enfrentamos a una generación de creadores que no saben cómo interactúa un aglutinante con un soporte, pero que pueden escribir tesis doctorales sobre por qué esa ignorancia es «post-arte». Como científico, veo esto como una estafa estructural: nos venden edificios sin cimientos, sostenidos únicamente por los andamios del marketing.El Alma Sintética y Anabolizada

    El texto menciona que el arte actual es «nihilismo con buena prensa». Yo iría más allá: estamos ante un arte con un alma sintética y anabolizada.

    Al igual que un culturista inyectado con sustancias para aparentar una fuerza que no posee funcionalmente, gran parte del arte contemporáneo está «hinchado» artificialmente. La obra en sí misma ,el objeto físico, suele ser pobre, inestable, realizada con materiales de desecho o industriales sin tratamiento (plásticos que degradan, adhesivos ácidos, impresiones digitales efímeras). Es una materialidad raquítica.

    Sin embargo, el sistema (museos, ferias, críticos) le inyecta los «anabolizantes» del discurso teórico. Inflan la obra con esteroides conceptuales para que parezca robusta, profunda y musculosa. Pero bajo el microscopio, esa robustez es falsa. No hay fibra muscular real, no hay virtuosismo (del latín virtus, fuerza). Es un tejido edematoso, lleno de líquido retórico. Si le quitas la cartela explicativa de la pared, la obra se desinfla, colapsa sobre su propia irrelevancia material.Obsolescencia Programada y Consumo Fugaz

    El paralelismo con el fast food es brillante y químicamente exacto. La comida rápida está diseñada para ser hiper-palatable en el primer bocado y olvidada en la digestión. El arte conceptual actual opera bajo la misma cinética de reacción.

    Vivimos en la era de la obsolescencia programada estética. Como conservador, lucho por extender la vida de obras que fueron creadas para la eternidad. Pero hoy, los artistas «producen» (ya no crean) para el consumo inmediato en Instagram o la venta rápida en una feria de arte. Son obras diseñadas para el impacto retiniano de un segundo, no para la contemplación pausada de un siglo.

    La performance de cortar el zapato que parece pastel es el epítome de esta cultura del simulacro. Es un arte que no busca la trascendencia, sino el like. Es un arte soluble. No deja residuo histórico. En 500 años, un Goya seguirá comunicando el horror de la guerra porque hay una maestría técnica que ancla la emoción al lienzo. ¿Qué quedará de una «palabra proyectada en una pared»? Nada. Solo el archivo digital de que eso ocurrió. Nos convertiremos en conservadores de discos duros, no de patrimonio cultural. Conclusión: La Resistencia de la Materia

    Coincido plenamente, no se trata de volver ingenuamente a la belleza clásica, sino de exigir honestidad material. La ciencia nos enseña que nada se crea ni se destruye, solo se transforma. Pero el arte conceptual actual intenta crear valor a partir de la nada y, al hacerlo, genera un vacío cultural irreversible.

    Si el artista no se mancha las manos, si no hay riesgo en la ejecución, si no hay diálogo con la materia, no hay arte; hay decoración intelectual. Decir que comerse una tarta es lo mismo que el acto sexual (o su representación vulgar) es ignorar la complejidad biológica y emocional de la experiencia humana. Del mismo modo, equiparar una ocurrencia de bar con un fresco renacentista es ignorar la termodinámica del esfuerzo humano.

    Como conservador restaurador, mi veredicto es claro: este arte padece una patología degenerativa. Carece de cuerpo para sostener su alma fingida. Y cuando el discurso se evapore ,porque las palabras siempre se las lleva el viento, no quedará nada que restaurar. Solo el silencio de un almacén vacío.

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