El mundo sumergido en tinieblas. Las luces estáticas bajo las alas del avión. Todo es oscuridad en los restos del océano hasta que la tierra se enciende como una maqueta de cerillas. Pequeños fósforos en mitad de las sombras, diminutas conexiones neurálgicas, fulguran bajo el cosmos, no duermen, no descansan, son el abrumador esfuerzo de los hombres por alejar las pesadillas, el miedo. El poder es electricidad recorriendo el Globo. El poder es una descarga, electrones sin nombre, un número tan vasto que es inimaginable, innombrable. Lo terrible emerge más allá del lenguaje. Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, casi insoportable para nosotros, que tanto lo admiramos porque impasible desdeña aniquilarnos, dice el Poeta, y concluye, Qué terribles son todos los ángeles. Los ángeles, esos seres celestiales, hermosos y ajenos como el polvo de las estrellas, los ángeles cuyas alas negras son como dos paraguas sobre los que llueve el destino. Un mortal es observado por uno de esos seres y su vida entera se trastoca, es un elegido, alguien que ha salido de la anonimidad de la historia. Igual que las partículas cuánticas se creían ajenas en la invisibilidad de su pequeñez, y sin embargo, un día un hombre, un ser tan complejamente superior a ellas, logró aislarlas, contemplarlas, y entonces cambiaron para siempre. Del mismo modo los ángeles actúan sobre nosotros. Todo lo infinitamente superior trastoca a lo inferior solo por observarlo. Pero qué decir de los ángeles ocultos en los cables, serafines eléctricos, como si lo microscópico se vengase de nosotros, nos castigase por habernos aventurado tan temerariamente en su reino, y de pronto quién sabe qué miradas seráficas atraviesan nuestros ordenadores y teléfonos, seres oscuros e impenetrables, quién sabe sobre qué cuestiones se interesan desde el poder de su anonimato, lo inconcebible de sus designios nos atormenta, no sabemos ya si somos las marionetas o los espectadores, los hilos de las Moiras son infinitos, el Destino se pronuncia entre microchips de cobre. Qué Tijera Cósmica puede cortar este desorden, provocar el Gran Apagón y destruirnos. La Muerte no tiene poder en aquel mundo, nos sobrevivimos en el reino telemático, nuestros cuerpos serán ceniza en el viento, o se pudrirán envueltos en madera en los cementerios, pero miles de versiones nuestras persistirán en las redes: nuestros gestos serán eternos. Tanto lo admiramos porque impasible desdeña aniquilarnos, ¿lo mismo sentirán las partículas, esa indefensión indecible? Lo que sentimos nosotros ante el poder ejercido, ante el orden oculto que podría destruirnos a cada instante, pero no lo hace, igual que nosotros ignoramos a la hormiga que tiernamente recorre los desiertos del arenero del parque. Todo poder es capacidad de ejercer violencia y el poder supremo es saber que un destino depende de un gesto nuestro, de nuestra voluntad, y su pervivencia es, en el fondo, solo tolerancia nuestra. La paranoia, la tendencia conspiranoica de los posmodernistas americanos no es más que un efecto de dicha sensación de estar sujetos al capricho de Otro.
Submundo de Don DeLillo es una novela grandiosa, quizás la gran novela americana, y una novela esencial para entender nuestros días. Hablar de Submundo es hablar de nosotros, de cómo hemos llegado a ser lo que somos como sociedad. En su obra maestra, DeLillo concentra todos sus temas y abordarlos en este artículo sería un esfuerzo inútil. Me centraré en hablar sobre el concepto del poder, empresa ya ambiciosa en exceso. Al principio del libro, DeLillo hace la reflexión siguiente:
“Él piensa en una torre solitaria que se erige en el campo de pruebas de Kazajstán, la torre equipada con la bomba, y casi puede oír el viento al soplar a través de las estepas del Asia Central, allí donde el enemigo vive envuelto en largos abrigos y gorros de piel, hablando esa vieja y pesada lengua suya, grave y litúrgica. ¿Qué secreta historia están escribiendo? Está el secreto de la bomba y están los secretos que la bomba inspira, cosas que ni siquiera es capaz de intuir el Director -un hombre cuyo propio corazón secuestrado alberga cada supurante secreto del mundo occidental- debido a que tales maquinaciones se encuentran aún en desarrollo. Esto es lo que sabe, que el genio de la bomba está impreso no sólo en su física de partículas y rayos sino en la ocasión que crea para otros nuevos secretos. Por cada detonación atmosférica, por cada atisbo que obtenemos de la fuerza desnuda de la naturaleza, ese extraño globo ocular desorbitado que explota sobre el desierto, por cada una de ellas calcula que hay un centenar de tramas que corren a enredarse y multiplicarse bajo tierra. ¿Y cuál es la conexión entre Nosotros y Ellos, ¿cuántos vínculos amontonados hallamos en el laberinto neutral? No basta con odiar a tu enemigo. Has de entender el modo en que tú y él llegáis a completaros profunda y mutuamente.”
En dicho fragmento puede apreciarse como DeLillo introduce la idea de la dominación por medio de los secretos y su inevitable relación con el proceso científico y tecnológico. Es un párrafo que gloriosamente podría aplicarse a la Inteligencia Artificial y a las tramas secretas que engendra, nuevos modos de dominación infinitamente alejados del mortal de a pie. El progreso científico y tecnológico crea en el ciudadano paranoia. En el fondo la tendencia paranoica no es más que el abrumador desconocimiento de una realidad compleja, la sensación de fragilidad, de verse superado por una narración que acontece en órdenes muy superiores a uno mismo. Esto se vislumbra a su vez en las armas y la industria armamentística, modo de dominación por excelencia durante el contexto de la Guerra Fría sobre la que escribe DeLillo, y que se ha visto sustituida en nuestro siglo por los modos de dominación tecnológicos y comerciales, lo que explica la débil posición geopolítica de Estados Unidos frente a China. DeLillo hace decir a uno de sus personajes lo siguiente:
“Todos intentábamos pensar en la guerra, pero no estoy segura de que supiéramos cómo hacerlo. Los poetas escribieron largos poemas llenos de palabrotas, y eso es lo más que nos acercamos, en mi opinión, a una respuesta reflexiva. Porque habían traído al mundo algo que desbordaba nuestra imaginación. Ni siquiera sabían cómo llamar a las primeras bombas. La cosa, o el chisme o lo que fuera. Y Oppenheimer dijo, Es merde. Le citaré en francés. J. Robert Oppenheimer. Es merde. Quería decir que algo que elude su propia denominación se ve automáticamente relegado, afirma él, a la categoría de mierda. No puedes nombrarlo. Es demasiado grande o perverso o demasiado ajeno a tu experiencia. Y es mierda, también, porque es basura, es material de desecho.”
En este párrafo se introducen dos cuestiones fundamentales: la incapacidad del lenguaje por expresar lo terrible y la idea subyacente en el libro de ese submundo que está compuesto por desechos, esos gemelos diabólicos de los productos de la industria armamentística. En DeLillo parece haber siempre la idea de que el poder nos subyuga desde lo invisible, desde lo oculto. Los desechos son ese mundo que nos domina desde debajo de la superficie, enterramos desechos nucleares bajo la tierra húmeda, creamos cementerios radiactivos, le damos sepultura a la basura, pero ese submundo va creciendo con el tiempo y del mismo modo crece su poder sobre nosotros.
Existe a su vez en DeLillo una preocupación por la ausencia de equilibrio en el mundo tras la Guerra Fría. En términos foucaultianos, el poder se define como una relación de fuerzas que vincula a sus objetos, pero qué ocurre cuando existen dos objetos relacionados, véase EEUU y la URSS, dos cuerpos colosales ejerciendo fuerza mutuamente, uno contra el otro, y de repente el vínculo cesa, y esa fuerza concentrada (y en equilibrio) de pronto se libera, se desata en todos los sentidos:
“Creo que eso es una forma de poder. Creo que si mantienes en el mundo una fuerza capaz de penetrar el sueño de la gente estás ejerciendo un poder significativo. Porque yo respeto el poder. Ahora que ese poder está hecho trizas, jirones, y ahora que esas fronteras soviéticas ya no existen del mismo modo que antes, creo que alcanzamos a comprender, que miramos atrás, que nos vemos con más claridad, y a ellos también. El poder significaba algo hace treinta, cuarenta años. Era una cosa estable, localizada, era algo tangible. Significaba grandeza, peligro, terror, todas esas cosas. Y nos mantenía juntos, a los soviéticos y a nosotros. Quizá mantenía unido al mundo. Uno podía medir las cosas. Uno podía medir la esperanza y podía medir la destrucción. […] Muchas cosas que se hallaban ancladas en el equilibrio de poder y en el equilibrio de terror parecen haberse descompuesto, haberse desatado. Hoy en día, las cosas no tienen límite. Yo ya no entiendo el dinero. El dinero se ha desatado. La violencia se ha desatado, ahora la violencia es algo más fácil, algo liberado, fuera de control, algo que ya no tiene medida y no se basa en una escala de virtudes.”
Esta reflexión se transparenta en nuestro tiempo donde el poder se ha descentralizado totalmente y se ejerce en todos los puntos. Las redes permiten un control inconcebible, los cables son como tentáculos que el poder dispone sobre toda la superficie y no hay apenas un rincón a salvo, solo la viscosidad de saberte potencialmente controlado allí donde vayas. Los campos de fuerza son infinitamente densos, flujos de datos en cantidades industriales, se generan y se captan, ya no nos pertenecen, son una cifra, un valor que forma parte del mercado donde todo interactúa. Es interesante alumbrar estas ideas con los párrafos que destina DeLillo a hablar sobre Dios:
“Aquel libro me lo dio un sacerdote. Me insistió para que lo leyera. Y a lo largo de los años he olvidado su contenido casi por completo. Pero sé que me hizo pensar en Dios como una fuerza que se mantiene alejada de nosotros porque en ello radica su poder. […] Aquello era lo que respetaba de Dios. Que guarda su secreto. E intenté aproximarme a Dios a través de su secreto, de su incognoscibilidad. Quizá podamos conocer a Dios a través del amor o de la oración, o a través de visiones o gracias al LSD, pero no podemos conocerle a través del intelecto. La nube nos lo revela. Y así, aprendí a respetar el poder de los secretos. Nos aproximamos a Dios a través de su carácter no creado. Nos hacen, nos crean. Dios no está hecho. ¿Cómo podemos pretender el conocimiento de un ser semejante? No le conocemos. No le afirmamos. Por el contrario, veneramos su negación. Miserables piltrafas que somos, entiendes.”
Tenemos, por ende, esta idea del poder como secreto, como misterio, ya sea el poder de Dios, de la bomba atómica, del progreso tecnológico y científico o del mundo de los desechos. El poder actúa tras el velo, sentimos su influencia en las sombras de la noche, una mano que ordena a conveniencia, que sustituye al azar y le otorga un nombre. Ante esto el lenguaje no basta, no se puede nombrar lo desconocido. Uno de los personajes del libro dice en alguna parte: No sabes ver porque no sabes mirar. Y no sabes mirar porque no conoces los nombres. No conocemos los nombres de las cosas que nos gobiernan y nos dominan, a lo sumo los nombres de su superficie, igual que sabemos el nombre del zapato, pero desconocemos los latinajes que designan las partes que lo componen. Esto cristaliza naturalmente en la conspiración y la paranoia propia de Pynchon y de DeLillo. La incomprensión de un orden superior, de un caos aparente y de una entropía incognoscible, lleva a la fabricación de un orden racional que explique, una narración que otorgue sentido, de una forma similar a como nuestros antepasados primitivos debieron construir los mitos para explicarse los fenómenos que no comprendían:
“Pensó en la fotografía de Nixon y se preguntó si el Estado se había contagiado de la paranoia de los individuos o si habría sucedido al revés. Recordó cómo se había sentido desenrollando carretes sobre el visionador y preguntándose cómo se relacionarían entre sí los puntos. Porque, al final, todo está relacionado, o tan sólo lo parece, o parece estarlo porque lo está.
Uno de los mayores críticos de DeLillo observó sobre Submundo que no tenía Tristero. Tristero es una invención de Pynchon en su sublime La subasta del lote 49, el nombre de una antigua agencia de correos que, aunque se halla supuestamente extinta, sigue operando en la clandestinidad, ofreciendo un servicio postal alternativo para aquellos que se oponen al sistema de distribución convencional, el United States Postal Services. En el libro de Pynchon, la protagonista, Oedipa Maas, se ve envuelta en las redes del Tristero, ve sus símbolos y sus huellas por todas partes, hasta que toda su vida se convierte en una obsesión. En Pynchon la paranoia es sistémica y se manifiesta de forma más perceptible que en DeLillo, en el sentido de que la paranoia construye un universo propio. En DeLillo la paranoia es entrópica, el orden oculto se dispersa y reconstruye a cada instante, pero no se define en instituciones reconocibles, en símbolos avistables. No hay objetos definidos, sino una sensación de que la conspiración es verdad, de que la conexión existe, pero en el fondo no es más que una intuición o una nostalgia. La paranoia se construye desde un pathos y el pathos, que es energía, tiende a dispersarse.
Coligió que había dos clases diferentes de entropía. Una tenía que ver con los motores térmicos, la otra con las comunicaciones. En los años treinta, la fórmula de la primera se parecía mucho a la fórmula de la segunda. Se trataba de una casualidad. No había ninguna relación entre los dos campos, salvo una cosa: el Duende de Maxwell. Cuando el Duende se ponía a dividir las moléculas en frías y calientes, se decía que el sistema perdía entropía. Pero en cierto modo la pérdida se compensaba con la información que obtenía el Duende sobre el lugar donde estaban las moléculas.
Históricamente se ha dicho del poder que tiende a concentrarse. En oposición al universo entrópico, la justificación de esta tendencia del poder reside en que en su intento de concentración aumenta el desorden. En el mundo de los datos, como brillantemente intuyó Pynchon, se pierde energía en busca de ganar información. Paradójicamente, frente al concepto de poder como misterio de DeLillo tenemos la conocida sentencia de que la información es poder. Pero esta paradoja es solo aparente. Los secretos. al ocultar información, la multiplican, engendran redes de dominancia a partir del misterio, pues quien intenta descubrir un secreto también se descubre ante él.

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