Una mirada reflexiva sobre cómo nos relacionamos con nuestro pasado
El relato es conocido, común: los hombres cazan, siendo el centro de la sociabilidad y de la capacidad de supervivencia del grupo, y las mujeres cuidan de los niños y recolectan, una actividad importante pero de cualquier forma menor. Esta estructura, que convenientemente no guarda una diferencia radical con respecto a cómo hemos estructurado nuestras sociedades en los siglos XIX y XX, modela nuestra forma de pensar sobre el pasado de la humanidad y en términos generales sobre lo que es natural y la forma de relacionarnos que tenemos cuando estamos en el nivel más “simple” de complejidad.
Pero, ¿de dónde viene esta idea? y, sobre todo, ¿cómo de cierta es?
Los orígenes
Este relato sobre la evolución humana se ha ido construyendo desde muchos lugares, pero merece la pena citar The evolution of hunting de Washburn y Lancaster, donde afirman que la evolución de la cacería está directamente relacionada con el progreso cultural humano, con el desarrollo de los lazos sociales y emocionales e incluso del arte. Asumiendo, como se asumía, que sólo los hombres cazaban, este estudio servía para creer que el hombre es el principal creador de la cultura. Para Sally Linton, en La mujer recolectora: sesgos machistas en la antropología, este texto precisamente nos sirve para ejemplificar los sesgos en la investigación. Ella interpreta la misma evidencia arqueológica especulando que el origen de la cultura tiene base en la mujer recolectora, y se hace varias preguntas. Por qué asumimos que las mujeres dependían de la proteína que traían los hombres si la recolección, en realidad, suponía normalmente la mayor parte de la ingesta. Por qué asumimos que los hombres cazaban para una unidad familiar prácticamente idéntica a la actual. Por qué asumimos que la relación de pareja emerge de la caza y que esa relación, desde los albores de la humanidad, era monógama; y un largo etcétera de suposiciones que muchas veces damos por hecho sin cuestionamiento y sobre todo sin pruebas. Sin embargo, Linton no se hace otra pregunta que en realidad también es fundamental: por qué asumimos de base que los hombres cazan y las mujeres recolectan. Muchos estudios actuales se plantean esta pregunta y dan respuestas alternativas.
Y es que, a partir de la evidencia material, empieza un juego constante entre lo que es constatable empíricamente y lo que simplemente asumimos o queremos asumir a partir de nuestra propia concepción del mundo. Una fusión constante entre la evidencia y el relato que establecemos a partir de esa evidencia, donde, si no tenemos cuidado, existe el riesgo de que el pasado se convierta simplemente en una proyección y justificación del presente.
El debate sobre el relato del hombre cazador y la mujer recolectora sigue vigente. En el estudio Female hunters of the early Americas de la revista Science se presentan descubrimientos arqueológicos que cuestionan, precisamente, la hipótesis del hombre como el único cazador. Las excavaciones en el yacimiento andino de Wilamaya Patjxa revelan un enterramiento humano de 9.000 años de antigüedad en el cual se encuentra un cuerpo de una mujer cazadora, y no es el único. Los autores sugieren que estos hallazgos van en la dirección de hacernos pensar que en realidad las prácticas de caza no estaban diferenciadas por género, y que de hecho las primeras mujeres cazadoras-recolectoras eran cazadoras de caza mayor.
Para ellos, las divisiones de género en el trabajo, a las que nosotros estamos tan acostumbrados, habrían sido de hecho menos pronunciadas, inexistentes o estructuralmente diferentes entre nuestros antepasados cazadores-recolectores, ya que la caza mayor probablemente hubiese requerido la participación de todas las personas capaces de la comunidad. Además, estructuras sociales donde no eran necesariamente los padres biológicos los que se hacían cargo siempre de los hijos hubiese permitido también que las mujeres, incluso siendo madres, tuvieran tiempo para cazar.
Esto nos sirve, de nuevo, para hablar de sesgos. Mientras que los arqueólogos y académicos suelen asumir sin cuestionamiento que las puntas de proyectil, en enterramientos masculinos, son herramientas de caza, son mucho menos proclives a asumir la misma funcionalidad de los mismos objetos al descubrir que las personas enterradas eran mujeres. Esto también lo señala Margarita Sánchez Romero, autora de obras como Prehistoria de mujeres, cuestionando -y desmontando- de nuevo la idea, imposible de fundamentar con la evidencia arqueológica actual, de que sólo los hombres cazan.
Que en muchas sociedades de cazadores-recolectores, presentes y pasadas, los hombres cazan y las mujeres recolectan es un hecho. Que eso quiera decir que pasa en todas, que es un patrón invariable, natural y eterno, es otra cosa muy distinta. Esto, que es interesante a nivel particular, también lo es para reflexionar sobre la forma en la que nos relacionamos con nuestro pasado como especie en un sentido más amplio.
El pasado: un «Otro» fundamental
La asunción, tan criticada pero en realidad tan extendida, de que lo que es así hoy ha sido siempre así en todos los sitios y en todas las épocas, es un tema recurrente en la arqueología, la antropología y la historia. Estas disciplinas académicas han tenido una tendencia a proyectar el presente en el pasado y que de esta forma que el pasado se constituya como una justificación del presente: las cosas son así porque no habrían podido ser de otra manera. El hombre trabaja fuera de casa porque lo lleva haciendo desde tiempos inmemoriales. La mujer, dentro, como ha sido siempre. El hombre, núcleo de importancia, la mujer, periférica, como ha sido siempre. Solo que, como ya hemos visto, no es que haya sido siempre así, sino que deseamos pensarlo, porque es la única manera de poder ver el estado actual de la división sexual del trabajo como natural e inevitable.
Sin embargo, una de las aportaciones más importantes y valiosas que pueden hacer los estudios arqueológicos y antropológicos es que nos pueden servir para ampliar nuestra mirada y concepción de las posibilidades humanas, no para fijarla. La diversidad de organización social humana es casi infinita, y ese es uno de los mayores regalos que nos pueden dar las ciencias sociales: descubrir que todo, para bien o para mal, podría ser distinto de lo que es. A esto se refería David Graeber cuando afirmaba que le interesaba la antropología porque le interesaban las posibilidades humanas, y que ésta es «la única disciplina que realmente versa sobre intentar comprender todo el rango de lo que ha sido posible políticamente, económicamente, socialmente, etc.»
La cuestión fundamental es que somos un otro mutuamente con sociedades pasadas, y así debemos asumirlo al investigar y hablar sobre ellas. Podemos comprender sus estructuras, pero las suyas propias y particulares, no comprenderlas como una extensión invariable hacia atrás de lo que ahora somos. Por ello no debe extrañarnos que sucedan cosas que nos cuesta concebir, que no nos parecen racionales, y un largo etcétera. Aunque haya muchas cosas que no podamos saber, y que la investigación arqueológica y antropológica sea un juego constante entre realidad y relato, esta nueva visión del pasado, más exacta, puede llevarnos a hacer otras preguntas y a crear narrativas alternativas que también son posibles.
Me gustaría hacer un apunte final: Aunque en este artículo me dedique, fundamentalmente, a revisar y replantear los relatos sobre la Prehistoria, es importantísimo destacar que el modelo de caza y recolección no es sinónimo de Prehistoria, ni tampoco lo es de un estadio evolutivo menor. Es un modo de producción que se ha dado en muchos lugares y tiempos distintos y no constituye ni más ni menos desarrollo que cualquier otro. Tampoco es una unidad indiferenciada, es decir, no por el hecho tener este modo de producción todas las sociedades que lo tienen son iguales. Existen grupos de cazadores recolectores en la actualidad -en muchos de los cuales, por cierto, las mujeres también cazan- que enfrentan grandes dificultades y cambios por vivir en un sistema económico global que muchas veces impide o dificulta su supervivencia como tal.

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