Escribid bien, con palabras reales (por favor)

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Aborrezco mi condición de letraherida, pues habito un mundo hostil. Con ternura entrego el cuerpo a quimeras que se atreven a besar mis heridas, pero termino, por culpa de la nostalgia, abrazando la amabilidad para no dañar en mi respuesta.

Estas palabras no son verdaderas y no significan nada.

Me paseo por redes sociales todos los días y me estampo contra lo que es, a mi parecer, el gran muro del elitismo cultural que se apodera de cierto lado de internet. Descarto describir el estereotipo porque no tiene sentido hacerlo, pero lo hay, y se extiende sobre los posts como un fantasma y permitimos que lo hagan. Mi teoría es que, en realidad, este fantasma se ha comido la personalidad real que portaban antes de ser lo que aparentan ser. El fantasmiko devora, pero también vomita, y como estamos hablado de escritura, debemos hablar también de palabras. Más concretamente, el fantasmiko aporta este vocabulario (y similares):

ternura
habitar
hostil
amable/amabilidad
entregar el cuerpo/cuerpo
quimeras
besar la herida
abrazar
nostalgia
letraherid@

(Antes de continuar el texto con el mismo tono ensayístico, aclaro desde mi vocabulario no-ensayístico que estas palabras no son malas de por sí, faltaría más. Las puedes (y puedo) utilizar siempre que quieras. Hay incluso personalidad en muchos de los textos de los escritores que las utilizan a cascoporro. Pocos casos, también te digo. Entenderás a lo que me refiero más adelante. Espera, que refino el tono. Uno, dos. No puedo decir palabrotas. Vale, sigo, pero añado otra palabra a la lista maldita: performar. La palabra se muerde la cola, porque en cuanto alguien utiliza de forma frecuente el verbo, ya está performando. No importa la emoción, sino la puesta en escena).

Estas palabras no son malas de por sí, lo terrorífico es el contexto que las envuelve: personas sin voz propia de fácil identificación, pues usan las mismas palabras, las mismas metáforas, las mismas expresiones y el mismo tono. Para rebajar un poco el eco cultureta del texto, llamemos a este colectivo de escritura ‘Síndrome Buzz Lightyear’. Me refiero más concretamente a esta escena:

Pero es normal. Es un contexto de copia y pega, de leer las mismas referencias que unos recomiendan y que hacen que otros vuelvan a recomendar, de nutrirse de los textos de personas que se retroalimentan entre sí. Para mí (y no suelo hablar explícitamente de mí en los textos, porque pa qué), las que más pecado tienen son /ternura/ y /habitar/; y ya cuando se juntan /habitar la ternura/ es un cohete artificial: sobre todo la segunda palabra, porque nadie que no haya leído antes esa expresión logra llegar a ella. Este caso, de todas formas, es contagioso, y su resultado es una epidemia de textos similares de autores que defienden la prolongación de la cultura (o bueno, una parte de ella, porque el gran excluido de estas reivindicaciones siempre son los videojuegos, pero esa es otra queja).

Voy a habitar con ternura el Escándalo Sokal. En 1996, el físico Alan Sokal envió un artículo repleto de conceptos grandilocuentes, referencias pseudointelectuales y un lenguaje intencionadamente pretencioso a la revista Social Text, una publicación de estudios culturales y teoría crítica. El artículo, aunque científicamente absurdo y sin sentido real, fue aceptado y publicado sin cuestionamiento alguno. Este episodio no solo desenmascaró la fragilidad de ciertos discursos académicos dominados por la estética del lenguaje más que por el rigor o la claridad, sino que también evidenció cómo la repetición acrítica de ciertas fórmulas y palabras puede generar un simulacro de profundidad donde no la hay. La performatividad (jeje) del texto, su aura de complejidad fue suficiente para pasar por válido en un contexto donde lo que importaba era más la apariencia de saber que el verdadero contenido.

Antes menciono entregando mi cuerpo al fantasmiko para darle un poco más de gracia al asunto, pero gracia no tiene ninguna. Hablando desde la preocupación, se está creando de forma inconsciente un estereotipo, y estos rara vez son bien empleados. Su grandísimo Roland Barthes ya advertía que el lenguaje literario puede devenir un sistema de mitos cuando se automatiza su uso. Si /besamos la herida/ constantemente no va a haber /heridas que besar/, si /habitamos/ todo el rato, estará todo /conquistado/, y si /entregamos el cuerpo/ todos los días, acabaremos /devastados/. A lo que voy a es que el lenguaje, como cualquier bien, se agota, y si esto no es lo suficientemente amenazador, entonces diré que se vuelve mainstream. Esto, en un lugar en el que lo común es considerado un insulto.

Buzz Lightyear se sigue pudiendo poner el brazo roto él solito, de verdad. Beso su herida. No todo está perdido, y este estilo ni siquiera es tan malo, pero sí que pertenece a un sector muy específico que odia, insisto, lo mainstream. Todos estamos condenados a serlo de algún modo u otro, pero es irónico que la charca les manche en lo que más quieren proteger. No vengo a dar soluciones ni mucho menos, solo a remarcar algunas palabras que, tal vez, a partir de ahora no podréis dejar de ver. Como si estuviesen subrayadas.

Para lo siguiente retomo el tono informal, y cito a mi más que cuestionable crack Schopenhauer. En El arte de tener razón (más narcisista no podía ser el chaval) dijo: “Quien tiene algo verdadero que decir, lo dirá con claridad;

quien no tiene nada que decir, buscará impresionar con palabras grandilocuentes”. Nietzsche no se quedaba atrás, y también ironizó sobre los intelectuales que se embriagaban de palabras para ocultar vacíos de pensamiento, y Pascal advertía que la afectación en el lenguaje suele nacer del deseo de parecer más sabio que los demás. La defensa fácil de utilizar la lista maldita de las palabras subrayadas es decir que nacen de dentro, pero son construcciones tan artificiales que me es imposible pensar que sea cierto. Lo que verdaderamente sucede, para mí, es ese copia y pega del que hablábamos antes y una falta de estilo, personalidad, yo narrativo. Llámalo X, pero falta algo, y en vez de plantar la semilla, se riega la mediocridad y esta crece, crece, y crece, y habita la herida, y entrega el cuerpo, y abraza la amabilidad.

A este mecanismo completamente abordado por quimeras se suma un peligroso componente de autocomplaciencia (y autocompasión, auto-todo): la satisfacción que produce reconocerse dentro de un círculo cerrado, en donde el uso reiterado de este lenguaje performativo (jeje) se celebra como signo de sofisticación y pertenencia. Esta autoconfirmación alimenta un círculo vicioso en el que el discurso no busca necesariamente la honestidad o la originalidad, sino la reiterada validación de un estilo que, por repetido, se convierte en dogma. Así, la escritura no solo performa una emoción vacía, sino que se autoabraza (con amabilidad), consolida y protege, blindándose contra cualquier atisbo de crítica o cuestionamiento.

Pero bueno. Hablad bien. Tened miedo a escribir mal, a usar palabras simples, porque muchas veces son más profundas que cualquiera de cinco sílabas. Escribir bien es usar palabras de verdad. Subrayad la lista maldita, porque no la vais a parar de ver, pero ojalá la dejéis de utilizar.

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