De la influencia de J. W. Dunne y su teoría de la estratificación temporal en la obra de Borges
J.W. Dunne fue un ingeniero aeronáutico y filósofo aficionado que intentó imponer un orden en el caos temporal. En An Experiment with Time propuso el Tiempo Serial, un modelo según el cual cada instante existe dentro de una jerarquía estratificada, observada a su vez desde una dimensión temporal superior. Su teoría pretendía explicar los sueños precognitivos, sugiriendo que la conciencia, durante el sueño, trasciende el tiempo ordinario y vislumbra el futuro. Las ideas de Dunne fascinaron a Borges, que no encontró en ellas una respuesta, sino un enigma más profundo. En lugar de utilizar el marco de Dunne como una herramienta explicativa, Borges lo transforma en un abismo: una arquitectura que no se resuelve, sino que se pliega infinitamente sobre sí misma. Dunne creía en un observador último situado en el nivel final del tiempo; Borges elimina esa estabilidad, dejando solo el vértigo de la recursión, la imposibilidad de alcanzar un fundamento bajo las capas.
El soñador sueña a un hombre. Lo esculpe desde la nada, teje su conciencia a partir de sombras, insufla vida en un reflejo de su propia mente. Pero cuando el soñador despierta, descubre que él también es soñado. En Las ruinas circulares, Borges no se limita a jugar con el concepto de sueño; lo desancla, lo despoja de jerarquía y lo arroja a un abismo de interminable autorreflexión. Si el soñado es un soñador y el soñador es, a su vez, soñado, ¿dónde comienza el ciclo?

Dunne sostenía que el tiempo se disponía en capas, cada instante percibido desde un nivel superior, hasta que la estructura se resolviera en un observador último. Borges toma este modelo y lo hace añicos. En lugar de detenerse en un nivel final, el retroceso temporal de Borges se repite sin fin, convirtiéndose en un laberinto literario. Parecería entonces que, cuando nuestro apacible titán habla de eternidad, se refiere a este laberinto. Porque el Minotauro de Borges está perdido en busca de su asesino, y quién podría encarnar Teseo si no el tiempo. En lugar de una estratificación coherente de perspectivas, el tiempo borgiano es recursivo, espiralado hacia adentro y sin resolución. El soñador de Las ruinas circulares despierta en su propia ficción, pero su despertar no es un ascenso; es un descenso hacia otro sueño, anidado dentro de otro, sin ningún cimiento que lo sostenga.
Dunne había propuesto que, en los sueños, la conciencia se sitúa fuera del tiempo convencional, captando acontecimientos desde una perspectiva desligada del presente. Borges toma este planteamiento y lo lleva más allá de todo reconocimiento. En Las ruinas circulares, el soñador no se limita a vislumbrar el futuro: lo construye. No percibe una realidad predeterminada, sino que la forja a partir de su propio pensamiento. Si el modelo de Dunne intentaba explicar la precognición, Borges elimina la necesidad de tal explicación. El pasado, el futuro, el momento de la creación; ninguno de ellos existe independientemente del acto de soñar. Soñar no es ver: es hacer.
He aquí nuestra lectura de la paradoja en el centro del diálogo de Borges con Dunne. El observador temporal de Dunne se sitúa más allá del tiempo para contemplar sus capas; el soñador de Borges se sitúa más allá del tiempo y descubre que él mismo es el tiempo. En Dunne, el tiempo está estructurado; en Borges, se disuelve en un bucle infinito de autogeneración. No hay observador final, ni punto de vista privilegiado, ni conciencia última capaz de resolver la paradoja. Cuanto más desciende el soñador a su creación, más indistinguible se vuelve de ella.
Si el tiempo está estratificado, ¿cómo saber qué capa es real? Si cada sueño está anidado dentro de otro, ¿qué separa al original de la copia? Dunne buscaba explicar estas estructuras; Borges se asegura de que toda explicación se pliegue de nuevo en contradicción. Percibir el tiempo es construirlo, crear un mundo ex nihilo. En la visión de Borges no hay despertar, no hay suelo bajo el sueño; solo la interminable recursión de los yoes reflejados del ayer, un laberinto sin entrada, y sin salida.


Deja un comentario