El problema de estos individuos es más el miedo a sus propios deseos, es decir, a sí mismos, que a los otros
El andrógino
Aparecen, en la Real Academia de la Lengua, sinónimos como hermafrodita o bisexual que, sin ser exactamente, son en cierta forma, partes del andrógino. Podríamos decir que es andrógino aquel o aquella que posee rasgos físicos que no coinciden con los usuales a su sexo. No obstante, el ciudadano moderno debe asumir, si es que uno quiere modernizarse y no ser, como diría Virginia Woolf «un cascarrabias cuyo pensamiento sigue anclado a que todo tiempo pasado fue mejor» que eso del sexo es algo antiguo. Ya no existe o al menos no está tan marcada la diferencia entre el macho viril y la mujer delicada, nos encontramos cerca de la androginia clásica. Asociar androginia y erotismo es pasar el concepto por un tamiz cristiano que convirtió en concupiscible cualquier desnudo. En el mundo clásico, sin embargo, la desnudez era el estado más bello, y menos tenía que ver con la lujuria que con la virtud.
Joséphin Péladan y el andrógino en el arte
Una vez deseé a un hombre al que constantemente confundían con una mujer y descubrí, para mi placer, que su atractivo residía justo en esa ambigüedad. Joséphin Péladan, hace un recorrido en Sobre el andrógino: teoría plástica, a través de ciertos lugares comunes en el arte. Y es que la ninfa y el efebo parecen en ocasiones la misma cosa: de formas rectas, caderas estrechas, pecho disimulado, se muestran como angélicos seres más allá del binarismo.
La esfinge, de las primeras estatuas conocidas, es una mezcla de hombre, mujer y animal, las figuras egipcias nos hacen dudar, por la delgadez de los brazos o la redondez de sus bustos, si se tratan de varones o mujeres (u otra cosa). La mayoría de esculturas clásicas de Minerva, Apolo o Eros, podrían perfectamente ser consideradas hombres afeminados o mujeres masculinizadas, poniendo de manifiesto la poca diferencia que existía en el canon clásico entre unos y otros.
La supuesta diferenciación radical de los sexos, naturalizada como verdad biológica a través de discursos sesgados y conservadores, se deriva, en gran medida, del interés político de ordenar a los individuos en el mundo del trabajo y del hogar, esto es, en las esferas pública y privada. Para justificar la natural pertenencia de la mujer a la esfera privada era necesario marcar sus diferencias biológicas con el hombre. No es casual que en los años cuarenta y cincuenta Hollywood explotara la virilidad y la sensualidad como elementos diferenciadores (pensemos en Humphrey Bogart y en Marilyn Monroe, por no ir más lejos). Cada uno a su lugar, pero ¿Y quién que no es claramente ni una cosa ni la otra… dónde se sitúa?
La mujer dandy y el efebo femenino
Aurore Dupin, que firmaba sus novelas como George Sand, se dejaba ver por los clubes masculinos disfrazada— ¿disfrazada?—de hombre. Al igual que haría la famosa Cristina Vasa, interpretada por Greta Garbo o la pintora Carrington (Dora Carrington), de quien Lytton Stachey, homosexual, se enamoraría perdidamente al encontrar en ella a un chico. La distinción excesiva de los sexos es producto más del artificio que de la naturaleza, ya que, dos cuerpos desnudos, en bastantes ocasiones, se diferencian menos que dos cuerpos vestidos: sea la muestra viva de esto las esculturas clásicas. Y es que si nos fijamos en la moda, esta sigue al orden social predominante: las flappers, de pecho plano y caderas andróginas en los años 20, la moda reaccionaria de los 40, la hipersexualización de los 50, la androginia de los 60-80, la hipersexualización de los 2000… La moda es claro resultado de las ideologías predominantes en un determinado momento histórico.
En principio no debería haber problema con ello, pero si lo hay, porque los discursos reaccionarios actuales tienden a defender que lo natural es aquello que existía antes, cuando esa afirmación es incorrecta. Pensemos en la mujer norteamericana de los años cuarenta ¿qué había más artificial que eso? Ser mujer costaba una millonada, o al menos, parecerlo, poseer “la mística de la feminidad”. De igual modo ser un hombre de verdad acababa siendo una postura, un estar en el mundo dominándolo. Ser hombre era parecer un hombre, era tener también una mística.


Que se diga que ya no quedan mujeres u hombres como los de antes es una demostración absoluta de ignorancia —¿qué antes? ¿Qué mujeres y qué hombres?—Si nos referimos a Lauren Bacall o Vivien Leigh, nada tienen que ver con las mujeres de 1920 y John Wayne poco tiene que ver con Luis XIV. Recordemos que las mujeres como Colette o Dupin existieron y son también “mujeres de antes”.
El poema anónimo oriental en el que se basa la famosa Mulán acaba del siguiente modo:
Cuando Mulan salió ante sus camaradas,
todos se sorprendieron, quedáronse perplejos.
Doce años estuvieron con ella en el ejército
y ninguno sabía que era una muchacha.
Las patas del conejo saltan más,
los ojos de la hembra son algo más pequeños,
mas cuando ves un par corriendo por el campo,
¿quién logra distinguir la liebre del conejo?
Hay algo de belleza en lo no absoluto, en lo incompleto o no rotundo. No es que el andrógino sea parcial o inacabado, no es que el ángel esté incompleto, es que no necesita esa completitud para ser hermoso. Millás hablaba en El desorden de tu nombre del otro lado de las cosas, de aquello que pasa simultáneamente, de la rendija de la posibilidad diaria. El andrógino, más que tratarse de un alguien incompleto es un alguien a mitad, un alguien a través. Este sujeto atraviesa el binarismo del mundo a través de una rendija; Dora Carrington, Aurore Dupin o Colette en la realidad; el Giocondo de Francisco Umbral, Tadzio de Thomas Mann o Marco de Ana María Matute en la ficción. Del Giocondo, Umbral escribiría:
«Tenía en el fondo de su deseo una visión revuelta y roja de cuerpos indistintos. No hubiera sabido decir en aquel momento qué era un hombre y qué era una mujer. Solo sentía dentro de sí un impulso oscuro y fuerte, un vértigo hacia la libertad exasperada de los cuerpos, una infinita posibilidad de placer, de dolor, de ensañamiento».
Muchas personas son reacias a asumir que el sexo es algo voluble y complejo, mientras se sienten atraídas por figuras andróginas como Knightley, Bowie o Smith, quizá por no querer reconocer cierta pulsión homosexual al sentirse atraídos por una mujer con rasgos masculinos o hacia un hombre con rasgos femeninos. El problema de estos individuos es más el miedo a sus propios deseos, es decir, a sí mismos, que a los otros. El que odia, se odia primero a sí mismo.



- Bibliografía
- Anónimo, China, siglo IV.
- Freadan, Betty(2016)La mística de la feminidad,Madrid: Cátedra
- Péladan, Joséphine(2019)Sobre el andrógino: teoría plástica, Wunderkammer
- Umbral, Francisco(1970)El Giocondo, Madrid: Planeta

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