El amor como observación sensible de la Belleza humana en Platón.
El amor es una enfermedad del ojo, nos dice Sócrates, cuyo resultado es un círculo virtuoso de acercamiento a la Divinidad.
Los ojos que ven la Belleza humana (το κᾶλóς) poseen la mirada del amor. Pero ésta quema. Como quema el astro rey cuando lo miramos muy de cerca; como quema el refulgente resplandor de la candela. “Lo más bello es lo más digno de ser amado” (El Banquete, 197c). Pero existen diferentes escalones en el ascenso hacia el amor. Eros es uno, y este es caprichoso y excluye con inocente crueldad. Eros es inocente como es inocente el rayo, como es inocente el trueno. Cómo es inocente una noche sin luna, sin luz alguna que resguarde a los viajeros. Cómo la tormenta es inocente. No es su fin la destrucción: pero es hijo directo del Caos primordial, sangre de su sangre y abominable descendencia. Caos es gris y plomizo al tacto, Eros hereda duro este plomo. Lo carga en sus flechas que vuelan, y éstas se mueven a impávidas velocidades. No, es malo. Tan solo es cruel. Como es cruel el rayo. Como el trueno es cruel.
Eros es un deseo de felicidad que hace irrupción contra el fondo oscuro de la primordial imperfección humana (Fedro, 251c-252b). La mirada del amor (la aprehensión de la belleza del Otro) es importante en su rol de excitar el deseo, y en su posterior intento de satisfacerlo. La belleza en Platón flota en el umbral entre lo estético y lo moral, entre la Virtud y la superficie. En El Banquete, Diotima, la profeta-sacerdotisa, instruye a Sócrates:
Amamos solamente aquello que es bello.
Amarlo implica desear poseerlo en perpetuidad.
Deseamos poseerlo porque lo creemos bueno, y esperamos que su posesión nos haga felices.
(2O4D-2O5A; 205E-206A11; 207A2.)
El Nacimiento en la Belleza (τόκος ἐν τῷ καλῷ), como lo llama Diotima, es la idea de que el Ser está encinta en cuerpo y espíritu, y cuando llegamos a la madurez nuestra naturaleza desea dar a luz. Pero este proceso de parto solo puede ser estimulado por la presencia de la Belleza, nunca de la fealdad. En tal embarazo y en la consecuente génesis el mortal alcanza un tipo de inmortalidad, que viene del reconocimiento de nuestro poder de creación (206c). La Belleza nos mueve de manera tan profunda precisamente porque sentimos la potencialidad de este poder creador, y es únicamente ella quien puede liberar nuestro poder.
De tal manera, todo lo que amamos es alguna variedad de la Belleza, que libera en nosotros el correspondiente poder de un Nacimiento amoroso. Lo amado es siempre Bello. Pero este amor tiene muchas caras, polifacético espectro, y no todas poseen el mismo valor. El Eros (ἐρως) es evocado en toda conexión con lo amado. Todas las relaciones sentimentales que experimentamos para con los objetos de amor es erótica. Sin embargo, no hemos de dejarnos engañar por el significado moderno de erotismo: más allá del encuentro carnal, Platón nos habla del amor de mente a mente. Una vez uno alcanza este nivel, el amor carnal por sí solo da la impresión de ser pequeño e insatisfactorio, pequeño niño herido a la espera de un adulto que de él se encargue. Tras el amor intellectualis viene el amor por la Sabiduría. Y tras él, al fin… Llegamos a un maravilloso tipo de Belleza. Llegamos a su Forma misma. Nos dice Diotima “Todos nuestros esfuerzos anteriores eran con este fin”. Cada escalón, cada paso hacia arriba. Este era el fin: movernos apenas un centímetro, una milésima más cerca de esta fulgurante Forma.
Tal y como hemos expuesto, el hilo inquebrantable y suave que une todos estas pasiones dispares no puede ser otro que el de la Belleza. Platón invoca el impulso creador, más allá de la excitación del deseo carnal, cómo el fin perseguido en cada actividad a la que nos impulsa el contacto con lo Bello.
Rousseau dicta en Émile que “No hay amor real sin entusiasmo. Del mismo modo, no hay entusiasmo sin un objeto de perfección (ya sea real o quimérico), pero siempre existente en la imaginación”. Si deseamos “amor de verdad” debemos comprarlo con la moneda de lo ilusorio, de lo quimérico. Que sea nuestra imaginación transformativa herramienta, que desaparezca toda fealdad del objeto de Belleza. Cuando nos habla de su amor, una tal Madame d’Houdetot, tal nombre no denota la existencia integral e irremplazable, símbolo de lo Individual. La amada de Rousseau no es sino una vasija llena hasta rebosar de un complejo de cualidades que responden al sentido del amor de aquel que ama, cualidades impuestas, y tal vez falsas, en la imagen del objeto amado. Ella no es más que un manequín, vestido de sus fantasías y lujurias.
Sin embargo, el verdadero Platonista no cae en esta trampa, no es esclavo de este error. Incluso en la cúspide de la pasión, la Idea Platónica no se permite a sí misma trastabillar tan fatalmente. Cuando los sentidos están embotados, inflamados por la llama terrible de la pasión, es el dualismo trascendental (la separación Formas/Objetos) que permite mantener una visión más fidedigna del mundo que intentamos idealizar y falsificar con tanta ansia. Permite un tipo de libertad de la tiranía que incluso el objeto de amor no-idealizado puede ejercer sobre el amante. Si uno avanza por los niveles de la escalinata, y deja atrás los objetos simples de amor carnal (los bellos cuerpos/los cuerpos bellos), y avanza hacia el amor por la Sabiduría (φιλοσοφία), y más allá hacia el amor por la Forma, uno es liberado de las cadenas de estos amores crueles, de estos crueles amores, que encuentran la consumación de su naturaleza en la bajeza de su acto, en el lodo de su crueldad.
De tal manera, lo que debemos amar en las personas es la imagen de la Idea en ellos. Les debemos amar en tanto a que sean Buenos y Bellos. Sin embargo, esta teoría deja mucho que desear en el sentido de la praxis, dado que el individuo amado es raramente tan loable como sería ideal. Y aún así le amamos con pasión, brutal y enteramente. Incluso el individuo u objeto más corrupto y desdeñado, incluso la Idea más cruel y terrible puede ser objeto de amor. Tal vez las implicaciones sean que hay diferentes tipos de amor (y no únicamente en relación a la separación de ágape y eros). Tal vez debamos admitir la existencia de una jerarquía no solo de los objetos amados, si no de los tipos de amores que éstos pueden enardecer. Un objeto amado cruel deberá despertar un amor imperfecto, con grados de imperfección y de fealdad a su vez. Es por esto tal vez que el afecto personal tiene tan bajo grado en la scala amoris de Platón: porque el individuo es imperfecto, la persona no es grata. La Sabiduría es más bella, y las Formas lo son aún más. Y precisamente lo que amamos en el individuo es la personificación (aunque parcial) de tal Sabiduría y tales Formas, le amamos porque participa de manera imperfecta en la eterna perfección de los objetos.
Cuando el Ser se encuentra ante el objeto de amor, todos los elementos del alma dirigen su atención hacia el mismo punto: la Belleza del amado. Pero, ¿cómo se funde en nosotros la belleza del amado? ¿A través de qué medios? ¿Con qué intuiciones? ¿Con qué deseos? Y, lo más relevante, tal vez: ¿por qué es el hombre tan imperfecto? Recordemos pues la analogía clásica de la composición del alma según Platón, vemos al auriga, que trata de mantener a dos caballos (el caballo blanco, alma irascible, y el caballo negro, la concupiscible) en el suficiente armonía como para poder navegar el firmamento y alcanzar las Ideas, en particular la Idea de lo Bello y lo Bueno. Sin embargo, la belleza estética en sí misma, el cuerpo bello, es atractivo a nuestro caballo negro, a nuestra parte concupiscible, de la misma manera que un reluciente parche de trébol puede distraer a un caballo del camino por el cual le quiere llevar su jinete. Éste puede desviar el carro entero, y llevar al conjunto a un final fatal. Es el peligroso camino por el que nos arrastra Hedoné, diosa del placer, hija de los malaventurados Eros y Psique.
El caballo negro, nuestra parte concupiscente, pretende acallar su hambre, cumplir su deseo, con cualquier medio que se cruce en su camino, de manera salvaje y desesperada. Es una tendencia al desorden, deseo de acallar el dolor de la insuficiencia, de buscar la plenitud sin prestar atención al bien o la virtud genuinos de los medios. Nos ciega el fin a corto plazo: el placer. Verdaderos hedonistas, somos. Verdaderos seres alejados de lo Divino, incivilizados, bárbaros. Las almas divinas son capaces de tomar las bridas del caballo negro, de alimentarse únicamente de justicia, templanza, sabiduría y belleza. Navegan la bóveda celeste con los brazos extendidos, sin enredarse, sin embargo, con los astros. Dirigen a sus bestias con la extraña calma de aquel que se sabe viajero errante, y acepta su condición. Tal aceptación es hija de la sabiduría activa, fruto de una curiosidad dulce y un también dulce amor por el Saber.

Para encontrar tal nutrición el alma navega el firmamento, siempre en mente este encuentro con el saber, ya que una vez se le priva del conocimiento, ésta pierde las alas. El ser humano debe arreglárselas con el defecto fatal que tortura su unidad corpórea: el caballo despotricado, que bajo el yugo no se deja llevar. Para Platón, el ser humano no es otra cosa que ἀγαλμα (traducido al griego moderno como estatua, originalmente ídolo), ente que participa en lo Divino pero no lo personifica enteramente. En el Timeo, sin embargo, esta descripción varía un poco: el ser humano es mimesis (μίμησις) de lo divino, de dos maneras diferentes: la energía productiva a través de la cual somos creados es una imitación de la actividad creativa del Demiurgo, y nosotros, los productos de la mímesis, somos imitadores de los seres divinos que nos crearon.
El ser humano mora en la Tierra tratando de acercarse a la imagen de uno u otro dios. Hay quienes eligen por instinto perseguir el mandato y poder de Zeus, hay quienes buscan la feroz belleza de Afrodita, capaz de subyugar a los hombres en su lecho. Hay quienes desean la suave libertad de Artemisa y sus Cazadoras, feminidad salvaje bañada en blanca luna. Los hay que buscan el belicoso instinto de Ares. Cada deidad personifica distintas cualidades de las Formas, y el ser humano, sin saberlo, busca atisbar el brillo de los astros. Somos, sin embargo, deficientes y deformes, y lo somos siempre en todo momento. No llegamos; no podemos. Y esto es también lo que somos, rudamente talladas estatuillas de lo Divino, cuando aparece en nuestros corazones el amor, temblor y virtud, temerosa respuesta ante la visión de la Belleza. Somos constantes traidores de las nociones de humanidad Kantiana: seres pasionarios somos, incapaces de participar puramente en lo racional. Imperfectos, tal vez rotos, buscando una imagen pura en la que nos es imposible materializarnos completamente.
Ante la visión del Bello ser, experimentamos un atisbo de lo Divino, y en nuestra unión con tan adorable ente, sentimos lo Divino exacerbado en nuestro propio ser.
Pero, ¿qué carices tiene exactamente el concepto de belleza en el contexto de la Grecia Clásica? Entonces la palabra no habían sido aún corrupta por las innombrables capas de mugre que la Historia le ha ido añadiendo, vacua concepción de lo estético que mancha lo Bello el el lodo de la vanidad e individualismo. Estamos hablando de una época anterior al culto del individuo, ingrata evolución del Imperio Romano en lo escultórico. Κᾶλός o κᾶλόν, la palabra utilizada para designar la belleza en el Banquete, tiene unos matices de significado en griego antiguo que se han perdido en la contemporaneidad. Entre otras cosas, aparte de bello, significaba bueno y noble. Esto es así hasta el punto de ser, en ocasiones, indistinguible a nivel semántico de ἀγαθόν, que significa llanamente bueno.
La definición de las acciones propias de la virtud y de la belleza (κᾶλός) que Socrates nos ofrece en La República, las describen como el uso para el cual cada ser está hecho o naturalmente adaptado (601d). Es decir, un uso apropiado a la naturaleza intrínseca de cada Ser. Aquello que es bello es aquello que cumple su función. La forma del Bien es génesis de todo aquello que es correcto y bello (517c). La naturaleza del Bien parece haberse refugiado en su huida en la naturaleza de lo Bello (Filebo, 64e). Lo Bueno y lo Bello parecen acercarse hasta el punto de ser indistinguibles, similares. Sin embargo, hay una disonancia interpretativa entre la definición del κᾶλός en La República, en la cual esta belleza es una propiedad del alma, la excelencia moral de un alma cuyas partes están en el orden que conduce a la justicia. En el Fedro, sin embargo, Socrates enfatiza que la belleza es una cualidad literalmente estética, visible. Una Belleza que atiza al amante como un látigo ante la visión del amado ser. Aquí nos es presentado el esplendor de la belleza, con un claro énfasis en la dimensión estética de ésta. Las brillantes y espléndidas Formas relucen en luz pura. Y ésta es percibida a través del más claro (εναργηστατες) de nuestros sentidos. Α saber: la vista.
Todas las Formas relucen, pero solo en el caso de la Belleza constituye su esencia este relucir. La cara del bello joven “rompe el cielo como un rayo” (2504b). Es decir, es sensible a la vista. La Belleza, siguiendo esta interpretación del Fedro, es una propiedad estética. Platón obviamente infiere que hay también un esplendor ininteligible, más allá de la capacidad de percepción humana. Pero en el mundo hay belleza estética, y ésta nos rompe, como rompe el trueno la necedad del silencio, o el rayo la noche oscura.
Es interesante en este esquema el paralelismo que nos dibuja Platón entre la Forma del Bien y el Sol, astro refulgente por antonomasia. Experimentar algo como bello, de acuerdo con Platón, es quedar deslumbrado y atrapado en su aparente perfección. El bello amado es entonces imagen de lo Divino y de la Forma de la Belleza a un mismo tiempo. El amante pretende tal vez educar al ser amado, acercarle aún más a la imagen divina que ya en él se atisba, para poder mirarse cara a cara con el Dios. El ser amado ve el reflejo de este retazo divino en sí mismo a través del espejo de los ojos del amante, y el amor nace en él, tan inevitable como los primeros brotes que acompañan a la primavera. Una simbiótica relación se crea en ellos, parecen con los ojos clamar “¡Muéstrame ese que eres realmente, y a través de él encontraré a un hermoso yo!”
El amor – la observación de la Belleza humana – crea una lisa superficie dónde se refleja nuestra propia virtud, o el potencial para llegar a ella. En términos Spinozeanos, (aunque a esto le dedicaremos otro artículo en esta serie), toda afección que entre en pristina comunión con nuestro espíritu, con nuestro Ser, es una conjunción noble, que crea el afecto positivo de volvernos más fuertes al poder observar nuestra propia fuerza. El amor es así. Nos vuelve fuertes: se nutre de su propia contemplación. Como tan elocuentemente dijo Wilde: el placer del Amor es únicamente sentirse vivo. Es su primordial deseo, su verdadera finalidad. El Amor es Bello en cuanto nace, dado que al nacer ya está cumpliendo enteramente su función natural, dictada por la mano de lo Divino. Su regocijo es su génesis y supervivencia. No hay Amor sin Belleza, ya que uno depende siempre del otro. Sendos dibujan con pulso firme, en su elíptica definición, la delicada forma de un círculo. La sagrada imagen del círculo virtuoso, a la cual se han de subordinar todos los demás. Del mismo modo que el mundo natural se encuentra en directa relación con el Sol que sale y se va, y sin el cual cualquier otro atisbo de vida perecerá.


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