Trabajo, género y deseo en la intersección del poder identitario
Días de biblioteca, exámenes. Siento que no llego a las cosas. Kant, el nihilismo, lo mismo de siempre, solo Miranda Fricker consigue despertar mi interés. La leo despacio como si tuviera más tiempo del que dispongo. Abro mi libreta y escribo en fosforito: poder social, poder identitario, injusticia epistémica. Suena en mis cascos The Marías y siento como si en mi garganta algo se entumeciera. Es patético reconocer que me conmuevo ante lo que para muchos es absurdo. La vergüenza, siempre. «Look at me, look at the length of my hair, my face, the shape of my body» canta Lana del Rey a continuación. Recuerdo las palabras de Pizarnik: «no es lo mismo padecer que padecer por causas humillantes». Leo un post de Instagram que dice: «don’t forget to train your heart to failure too».
A la mañana siguiente salimos del examen y vamos las chicas y yo a tomar unas cerves. Hablamos de de San Isidro, del viaje de Barcelona y de las prácticas. A una le renovaron el contrato, otra está satisfecha pero no le pagan, y la que más cobra piensa en cómo el sistema de trabajo nos asimila hasta convertirnos en sujetos pasivos. Hay en la producción capitalista una exigencia primitiva que consiste en la renuncia de parte de lo que somos para acceder a lo único que por desgracia nos puede sustentar.
Dice mi amiga: «cuidado con lo que escribes» y siento miedo de que mis palabras de ahora puedan perjudicarme en el futuro, que es otra manera de decir: siento miedo ante la posibilidad de que no exista un futuro para mí.
LinkedIn es el campo de batalla ante el que mi cuerpo sucumbe. Mi cuerpo es la cognición situada.
Por un lado, están los que se comprometen con las ideas y por otro, los que, comprometidos con las ideas, dudamos todos los días y a veces pensamos en que escribir y reflexionar sobre lo que nos incomoda es otra manera de hundirnos más y más en algo que no podemos cambiar. Porque yo solo no puedo cambiar esto y no puedo cambiar nada, porque soy limitado, porque me acabo, porque casi no existo, porque el lenguaje se me acumula, porque me atraganto con mis palabras por algo que tiene que ver con cómo los otros me miran haciendo lo que apenas domino.
El trabajo intelectual es una herida que cultiva el entusiasmo hacia las palabras como formas de desacato epistémico. Dice Remedios Zafra al respecto:
«Esa pasión es innovadora y contagiosa para quienes la perciben y también la desean (…) Y no olvido que esa pasión en los últimos tiempos ha sido tanto motor como corazón vulnerable que el capitalismo no teme instrumentalizar para aumentar la productividad y aislar la competitividad de los trabajadores».
Amor, me gustaría estar alegre por ti. Quisiera permanecer en la contradicción, pero sé que cierras los ojos ante el mundo, no bajo el pretexto de salvarte, sino con la conciencia de que no te corresponde asumir posturas críticas. Estás aquí por la belleza y no por el lenguaje. Es reduccionista estar contigo porque nada hay en mi cultura que en tu cultura pueda coincidir. Enuncio el testimonio y para ti todo es una intemperie. Coincidir es el milagro. Mi testimonio son los restos.
Amor, a mi también me jode estar aquí por la belleza, y que la belleza aún me importe. Y mirarme en un espejo y mirarte en un espejo y buscar la luz. He fracasado ante la promesa. Si ninguno de los dos fuésemos un constructo de las exigencias del deseo, tal vez, quizá, nunca el amor –si acaso el amor es algo, en estos cuerpos, que signifique lo que debería–.
Si yo no fuese lo que a tus ojos el verano ¿Querrías lo que no ves? ¿Me querrías por lo que no ves?
En esta ciudad el pensamiento es un mausoleo. Han construido sobre nuestras identidades símbolos para desautorizar nuestras ideas y nuestra presencia de los espacios. Y ahora, en el epicentro del capitalismo vorágine la propaganda neoliberal nos acecha.
Amor, eres un constructo del neoliberalismo. Y no te culpo. Ya está, deberías poder reconocerlo.
Amor, eres un constructo del homonacionalismo. Deberías también poder reconocer que cuanto menos cumplo con las exigencias de masculinidad menos te atraigo y menos te gusto y menos te apetece pasar tiempo conmigo.
Amor, mis palabras son un espejo. No temas. Esto no es una crítica. Porque todo lo que estás sintiendo ahora lo he podido sentir yo en algún momento.
Mi amiga me habló de lo que implicaba el acceso a un trabajo como el suyo para un cuerpo como el mío. También para un cuerpo como el de ella, disimulado ante el entorno-empresa. Nos quieren en silencio, calladitos, integrados bajo unas exigencias simbólicas, que de no cumplirse, nos desaprobarían como sujetos.
En definitiva, nuestras palabras no tienen lugar porque nuestros cuerpos tampoco. La exclusión epistemológica se produce, antes que por las palabras, por la apariencia. Luego las palabras caen por su propio peso como los residuos.
Dice Miranda Fricker: «hay al menos una forma de poder social que requiere no solo de coordinación social práctica, sino también una coordinación social de la imaginación».
Esto es, por supuesto, a consecuencia de los mecanismos heurísticos que hacen de las identidades constructos para la inclusión o exclusión de los sujetos, y lo que es más grave, para la invalidación de sus testimonios epistémicos.
“Cada vez que hay una actuación del poder que depende de un grado significativo de este tipo de concepciones de la identidad social compartida en la imaginación opera entonces el poder identitario”.
La invalidación del individuo incurre en una disfunción de carácter ético-epistémico a través del prejuicio. El déficit de credibilidad devalúa nuestros cuerpos y desautoriza nuestras mentes como fuentes de discurso epistemológico.
Se trata de una injusticia testimonial sistemática, no solo por el agente –que en forma de poder diádico-agencial prolifera– sino, por la estructura que subyace a la relación coordinada. Lo agencial, ante todo, es en lo estructural y es en la alienación capitalista como terreno donde las relaciones de poder acontecen. Tal vez lo más terrible del poder social sea como lo toleramos con el pretexto de conseguir aquello que nos interesa, o más intuitivo aún, conseguir llegar a fin de mes o pagar el piso o comprar comida, derechos básicos que sin embargo nadie nos garantiza.
Amor, sé que venimos de sitios muy diferentes y me cuesta entender esa falta tuya de cuestionarte las cosas y cuestionarte tu subjetividad. Sé, que ante todo, es una cuestión de clase. El apoyo institucional, el capital social, los privilegios, el trabajo, el deseo, las dinámicas de género, siempre operan en favor del asimilacionismo y pocas veces toman conciencia del otro.
Si me cuestiono lo que soy, primero en la abstracción de mis ideas, es porque algo brilla más allá de lo que aparento. Algo brilla, siempre, más allá de lo que aparentamos porque muchos y muchas somos los que no estamos conformes con las exigencias de género que desde la infancia fuimos forzados a asumir.
Amor, me gustaría que tal vez, quizá, con tiempo, pudiéramos llegar a entender nuestras peculiaridades. Nuestros testimonios tropiezan con urgencia. La política es siempre un cuerpo. ¿Me comprenderás? ¿te comprenderé? ¿habrá en el diálogo intuiciones de otro tipo? ¿será posible la ternura? ¿aprenderán nuestros testimonios de la interacción? ¿podremos construir recursos sobre las palabras? ¿el amor será suficiente? ¿existiré? ¿existirás? O por el contrario mi lenguaje caerá al vacío. O por el contrario tu lenguaje será para mí corteza de abedul.
BIBLIOGRAFÍA:
Fricker, Miranda. (2017). Injusticia epistémica. El poder y la ética del conocimiento. Herder editorial.
Zafra, Remedios. (2024). El informe: trabajo intelectual y tristeza burocrática. Anagrama.

Deja un comentario