Mujer, celebra

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Este mes de mayo, estamos de celebración. Hace ochenta años, Europa derrotó al fascismo y los actos de conmemoración del Día de la Victoria se han sucedido a lo largo del continente. Desfiles militares, dirigentes mundiales, coronas florales para los caídos y discursos elocuentes han marcado esta señalada cita. Sin embargo, toda la pompa que acompaña estos festejos nunca logrará tapar la desagradable realidad de la que pocos quieren hablar estos días: la euforia de la victoria aliada se cimentó sobre la explotación de los cuerpos femeninos. 

Hace unos años, leí un libro que seguía el recorrido de los soldados soviéticos a lo largo del frente en la Segunda Guerra Mundial, hasta la toma de Berlín. En él, se hablaba sobre las violaciones de mujeres alemanas al final de la contienda. Después de leer sobre aquel episodio, que hasta el momento desconocía, quise saber más sobre el tema y llegué a Una mujer en Berlín, el relato anónimo y autobiográfico de una alemana que vivía en la capital al final de la guerra. A partir de entonces, nunca pude ver la celebración de la victoria con los mismos ojos. 

Es imperativo abogar por una historiografía feminista que arroje luz sobre qué hacían las mujeres mientras los hombres rigieron la Historia de la humanidad durante siglos. Y la realidad, nos guste o no, es que, muchas veces, la mujer sufre mientras el hombre celebra. En Inglaterra, la violencia doméstica se dispara un 26 % cuando la selección de fútbol del país gana un partido (un 38 % si pierde). Parece que estamos condenadas a ser receptoras de una euforia masculina expresada muchas veces en forma de violencia.

Ellos violaron por toda Europa y fueron recordados como héroes. Cada año, cientos de actos conmemoran su coraje, películas sobre el valor de estos hombres se estrenan con cierta asiduidad. Mientras, nosotras callamos, no vaya a ser que arruinemos la fiesta. Así, me veo en la obligación de alzar la voz y clamar que, como mujer, no tengo nada que celebrar. 

La violencia sexual pende sobre nosotras como una espada de Damocles desde que tenemos memoria, y en las situaciones de conflicto, la amenaza se cierne con aún mayor intensidad. Esta degradación de la dignidad femenina se extendió a todos los niveles, hasta el punto de que los nazis crearon “prostíbulos” en sus campos de concentración en los que las mujeres presas eran obligadas a trabajar mientras los hombres del campo también los usaban. Cuánto más se estudia la Historia, más nos acercamos a la constatación de que, por enorme que sea el sufrimiento masculino, esto no impedirá al hombre infligir ese mismo horror, o incluso mayor, sobre la mujer.  

Sin embargo, parece que estos agravios pasan inadvertidos en los anales del tiempo. Cuando decidí escribir sobre este tema, pensé hacerlo desde una perspectiva literaria, a través de libros que aborden la cuestión de las violencia sexual contra la mujer durante la Segunda Guerra Mundial. Sólo conseguí pensar en el ya mencionado Una mujer en Berlín y La Campesina, de Alberto Moravia (cualquier otra recomendación sobre el tema será muy bien recibida por la autora del presente artículo). El primero trata las violaciones de soldados soviéticos a las alemanas y el segundo narra un episodio de las conocidas como ‘Morocchinate’, las violaciones en masa que cometieron las tropas coloniales marroquíes del Ejército francés en Italia. Creo que el hecho de que estos eventos sean los más conocidos en el imaginario popular europeo está estrechamente ligado a la nacionalidad de los agresores, una cuestión que daría para tratar en otro artículo. 

Regresando al tema que me ocupa y centrándome en Una mujer en Berlín, el silencio femenino ante los ultrajes cometidos al final de la contienda fue posible gracias a una cultura nauseabunda que impregna todos los escalones sociales y que nos hace creer que las mujeres somos un botín de guerra más.

En la cola del agua contaba una mujer cómo un vecino la increpó en el refugio cuando los Ivanes se la llevaban y ella se resistía: «¡Vamos, vaya de una vez! ¡Nos está poniendo a todos en peligro!»

Una mujer en Berlín

Hoy sabemos que la periodista alemana Marta Hillers se esconde detrás de la que en su día fue Anónima. El relato de Marta detalla cómo fueron las semanas siguientes a la liberación de Berlín para las mujeres que vivían en la ciudad germana. Muchas de ellas habían tenido poco que ver con el nazismo y su continuidad, pero eso dio igual. No tenían nada que hacer contra una noción que el hombre aprendió muy pronto a lo largo del devenir histórico: Cuando se gana una guerra, la mujer del enemigo es a la vez trofeo para el vencedor y castigo para el vencido.  

Uno de los puntos más disonantes que se tratan en el diario es cómo las berlinesas relativizaron la cotidianidad de los abusos a los que fueron injustamente sometidas. De hecho, Marta constató que lo único que podía evitarle las violaciones por parte de múltiples hombres día sí y noche también era encontrar a un oficial soviético que la “protegiese” del aparente apetito insaciable del resto de soldados. Anónima supo ver enseguida que los hombres sólo respetan lo que perciben como la propiedad de otros hombres. 

Este último punto fue lo que escandalizó a la sociedad de la época, que veía en el pragmatismo de las berlinesas una mancha en el honor de las mujeres alemanas. Para una sociedad que entiende la violencia sexual hacia la mujer como una afrenta a la honra colectiva, no existe mayor ignominia que una mujer que intenta extraer algún tipo de contrapartida del agravio. 

El cineasta francés Jean Gabriel Périot reflejó en un cortometraje la brutalidad con la que el recién liberado pueblo francés trató a sus mujeres que habían confraternizado con los alemanes. Even If She Had Been A Criminal… muestra las torturas públicas a las que fueron sometidas algunas francesas acusadas de haber intimado con el enemigo. ¿Acaso no es posible que algunas de ellas optasen por la misma vía de escape que Marta ante los abusos cometidos por los alemanes?

Precisamente fue la ignominia de la ocupación alemana en el resto de Europa lo que justificó en muchos casos los excesos contra las alemanas. Si ellos violaron a nuestras mujeres, ¿por qué no íbamos a violar nosotros a los suyas? Frente esta proposición que para algunos parece estar cargada de lógica, se abre la paradoja de que soldados estadounidenses abusaron de mujeres francesas tras la toma de Normandía. Ni ellas pertenecían a un país invasor, ni ellos a uno ocupado. Quizás el motivo de la vulneración de la autonomía sexual femenina por parte de soldados de todos los contextos no sea la venganza, sino algo más, algo que subyace en la naturaleza de la guerra hecha por hombres y para los hombres. 

Así que no, no celebro. O al menos no lo haré hasta que aquellos que llenan las marchas y desfiles reconozcan que ese júbilo condujo al sufrimiento, muchas veces silencioso, de miles de mujeres por toda Europa. El día que eso suceda, será el verdadero día de la victoria. 

Sólo sé que quiero sobrevivir… en contra de todo razonamiento, sencillamente como un animal

Una mujer en Berlín

Una respuesta a «Mujer, celebra»

  1. Avatar de Reivindicar la maternidad sin sacralizarla – CAPÍTULO 73

    […] sí me voy a permitir un aparte, complejo de insertar en una discusión general del libro. En un artículo anterior, la presente autora se mostraba interesada en recibir recomendaciones de libros que tratasen la […]

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