Cuando ya no sé quién soy

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Nos guste o no, la llegada de un nuevo año trae consigo una idea de renovación. Todos hemos escuchado alguna vez aquello de “Año nuevo, vida nueva” y nadie puede negar que el 1 de enero se respira un aire diferente. Estos primeros días del año todo parece posible y nos esforzamos en pensar qué podemos hacer para ser mejores. En mi caso, esta sensación se acrecienta por el hecho de que cumplo años unos pocos días después de que comience el nuevo año. Para mí la primera semana de enero es una de reflexión e introspección sobre lo que soy y lo que quiero ser. 

Supongo que otras personas marcan sus días de reset en otra página del calendario. Quizás en septiembre, con el comienzo de un nuevo curso, o en puede que en San Juan. En el caso de Claudia Poblete Hlaczik, esa fecha destacada fue el 7 de febrero de 2000. Ese día, Claudia, que por aquel entonces se llamaba Mercedes, supo que su vida tal y como la conocía no era más que una farsa, urdida por las personas a las que hasta ese momento se refería como “papá” y “mamá”. 

El recorrido que hizo Mercedes para ser Claudia, el shock inicial y los distintos baches que fue encontrando en el camino son recogidos en Tu nombre no es tu nombre: Historia de una identidad robada en la dictadura argentina por el periodista argentino Federico Bianchini. Aunque el libro no rehuye del relato histórico más crudo para plasmar la brutalidad de la última dictadura argentina, siempre lo hace partiendo de los planteamientos de Svetlana Alexiévich sobre narrar la historia desde las emociones, situando a Claudia y a todas las personas que lucharon para que ella recuperase su identidad en el centro.

Portada de Tu nombre no es tu nombre de Federico Bianchini | Fuente: Libros del K.O.

¿Quién soy yo?

En el tribunal, la recibieron un juez, unos secretarios y un hombre gordo de pelo largo que dijo ser un psicólogo. 

Arriba de la mesa, una carpeta con casi cien hojas. En la tapa de la carpeta, tres fotos en blanco y negro. Claudia Poblete Hlaczik vio las fotos del hombre (la mirada seria, el pelo corto despeinado) y de la mujer (el flequillo hacia la izquierda), pero se detuvo en la de la bebé. Esa bebé con cara enojada y cachetes rechonchos. Se detuvo sintiendo una certeza que le recorrió el cuerpo con la fuerza de un relámpago. En ese momento supo, sin ningún tipo de dudas, que esa bebé era ella. 

Luego de presentarse, el juez le dijo que sus padres —las personas a quienes ella llamaba sus padres— iban a quedar detenidos. Porque en realidad no eran sus padres, sino dos personas que la habían robado cuando era un bebé. Secuestradores, delincuentes, criminales. ¿Qué? Sus verdaderos padres, le dijo el juez, habían sido torturados por militares argentinos en el centro clandestino de detención Olimpo y después habían desaparecido. 

[…] De repente, sintió miedo por lo que iba a pasarles a Ceferino y a Mercedes. Y, a la vez, un alivio: como si una espina clavada en algún lugar profundo de su historia se hubiera removido.

Tu nombre no es tu nombre — Federico Bianchini

La Asociación Abuelas de Plaza de Mayo cifra en más de quinientos los bebés que fueron apropiados durante la dictadura por los militares. Son quinientas identidades robadas. Cientas de ellas no han sido restituidas todavía. Estamos acostumbrados a leer este tipo de datos constantemente. Muertos, desaparecidos, torturados… Sin embargo, no estamos acostumbrados a escuchar relatos de primera mano de personas que descubren que se han visto desposeídas de su identidad. 

Resulta casi imposible imaginar por lo que pasó Claudia ese 7 de febrero. ¿Cómo concebir que un juez te explique que no eres quien tú creías? ¿Que toda tu vida es una mentira? ¿Y que los responsables de tu sufrimiento son precisamente tus padres, las personas que supuestamente deberían hacer todo lo posible por protegerte del dolor? 

Bianchini asume la difícil tarea de conducir al lector por la amalgama de sentimientos que atravesó Claudia durante años y no se aleja de la complejidad de muchos de ellos. En muchas ocasiones, ella no sentía o actuaba como se puede esperar que lo haga una víctima de la dictadura. El valor del libro es precisamente mostrar cómo la travesía que surcó Claudia no fue lineal, sino que estuvo y está plagada de baches y desviaciones del camino.

¿Quiénes sois vosotros?

Uno de los puntos más conflictivos en el viaje por el que Mercedes se transformó en Claudia fue la relación con sus apropiadores. ¿Cuántos de nosotros, ante una noticia así, seríamos capaces de repudiar a las personas a las que durante veintiún años hemos llamado padres? Claudia quería a sus apropiadores, de hecho, asegura que tuvo una infancia feliz. ¿Cómo eliminar décadas de recuerdos y aprendizajes? ¿Cómo desprenderse del nombre con el que se han referido a nosotros durante toda nuestra vida?

Por un lado: Claudia Victoria Poblete, tratando de entender; pero al mismo tiempo, Mercedes Landa, hija del coronel y del ama de casa, que seguía existiendo (…) En el mismo cuerpo, ruptura y contradicción continua. La dualidad como estrategia para sobrevivir a la confusión.

Sin embargo, la existencia de Claudia hasta ese momento había estado fuertemente mediada por el control paterno. No para protegerla del mundo, sino para proteger al mundo del terrible secreto que guardaban sus apropiadores. La revelación de su verdadera identidad le brindó también la libertad de conocer la realidad que la aguardaba más allá de la limitada jaula de cristal donde había habitado hasta ese momento. 

Claudia había sido criada como una hija de militares. Ella misma admite que durante su adolescencia había negado los crímenes y cifras de desaparecidos por la dictadura —las asociaciones de víctimas los sitúan en treinta mil—. Hay un elemento macabro en hacer pasar a una víctima por victimaria, en hacer creer a una niña que formaba parte del grupo que había acabado con la vida de sus padres.

La identidad va más allá de tener los ojos marrones o ser una buena amiga. Nuestra identidad la conforman también nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra historia colectiva. Yo soy yo y mis circunstancias. Si mis padres no fuesen quiénes son, yo no sería la persona que soy hoy. Los apropiadores de Claudia le robaron la posibilidad de ser cuando la robaron de sus padres. 

Claudia junto a su madre, Trudi Hlaczik | Fuente: Abuelas de Plaza de Mayo

A partir de ahí, cualquier intento por parte de Claudia por forjar su identidad pasaba por conocer quiénes fueron sus padres. Bianchini emplea una ingeniosa estrategia para que el lector también comprenda quién es Claudia: incluye los múltiples testimonios de aquellos que conocieron a la pareja, que componen el archivo biográfico familiar que las Abuelas armaron para ella y que se le entregó una vez fue restablecida. Es gracias a este conjunto coral que vemos que la identidad de Claudia está estrechamente ligada a las de todas aquellas personas que lucharon para que pudiese recuperarla. 

Puesto que los padres de Claudia continúan desaparecidos, resulta difícil pensar que esta historia tiene un final feliz. Sin embargo, un ser humano recuperó algo que pasa desapercibido por el hecho de que no se hace patente hasta el momento en el que se restituye: el derecho a la identidad.

Yo a veces lo pienso y digo: por ahí, si nunca me hubiera enterado de la verdad, viviría tranquila. Seguramente viviría tranquila. Tal vez. No lo sé. Sin embargo, hoy, desde este lugar, yo no lo cambio. No cambio la certidumbre ni con todo lo pasado. Y lo digo con mucha sinceridad: me ha costado un montón. Pero los veo a mis hijos y no lo cambio. Hay algo en la verdad que es tranquilizador. La vez pasada vi un cartel que decía: «¿Vos sabés quién sos?». Y me pude responder: «Sí, yo sé». Son cosas que nadie se plantea. La gente, por lo general, sabe quién es y no se pone a pensar en esto.

El camino que recorrió Claudia fue el de la justicia, la misma que sentí yo al terminar el libro. Una vez supe que ella, por fin, sabía quién era.

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