‘Un rey de verano’: una magnífica novela impuntual de Juan Arcones

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Es malo cuando uno llega tarde a los sitios: cuando llega tarde a la consulta del médico, o a una cita romántica; cuando uno llega tarde al examen más importante del año o a un concierto de su cantante favorita, pero, en cambio, hay lugares a los que conviene llegar más tarde, esto lo saben bien las novias el día de su boda. En el caso de las bilogías, llegar tan tarde -con, relativamente, casi un año de retraso- no está tan mal, porque puedes dedicarte a leer la segunda parte sin esperar ni un solo minuto. El pasado 21 de noviembre la editorial Montena publicó Un rey de invierno del escritor madrileño Juan Arcones. Así que vamos a hablar un poco del anterior libro del autor de ficción juvenil LGTBIQ+ del momento: Un rey de verano.

Para su ambientación, Juan Arcones crea Santino, un diminuto país -al norte de Italia y limitando con Eslovenia- en el que se habla Santinés, por supuesto, una mezcla entre italiano, esloveno y español. Siguiendo esa lógica lingüística, habrá que decir: meglio tardi che mai, más vale tarde que nunca. Puesto que sí, no es sólo que este lector -el que ahora escribe- llegue relativamente tarde a leer una novela que se publicó en abril, sino que el libro en sí mismo también llega tarde, es una novela impuntual y no por culpa de su autor. ¿Por qué llega tarde? El lector en cuestión tiene 21 años en el momento de leer la novela. Una novela que, según su propio sello editorial, entra en la categoría de ficción juvenil y es así: es una novela juvenil. Entonces, cabe reconocer que, como sabíamos en un principio, el que llega tarde es el lector, pero no; porque cuando este lector -nacido en el siglo XXI- tenía la edad de leer libros juveniles con personajes queer, estos no existían.

La necesidad de ficciones LGTBIQ+ juveniles

Si sonase a reproche, habría que exculpar a Juan Arcones, que lleva una década escribiendo esos libros que, en una entrevista, reconocía que le hubiese gustado leer. Cuando uno lee -tanto como cuando escribe- lo hace desde su subjetividad, recibe los relatos desde lo más íntimo de su ser. En esa lectura, hay una conversación entre el lector y la sociedad, entre el mundo y yo. El problema viene cuando todo lo que leo no se parece en nada a lo que hay dentro de mí. Cuando en la conversación yo-sociedad no hay ni un solo aspecto que tienda un puente. Existe una problemática que no es el pronombre que utilice el protagonista de una novela, sino que un adolescente queer no encuentre ningún lugar seguro dentro de la literatura, de la cultura que debiera servirle como refugio. Durante generaciones, las personas LGTBIQ+ han tenido que crecer sin referentes culturales que les ayuden a mirar con ilusión y normalidad sus propios sentimientos, bien porque no existieran, o bien porque algunos decidieran silenciarlos.

Por eso, debe de valorarse con tanto esmero el trabajo y la tardanza -en el mejor de los sentidos- de libros como Un rey de verano, porque entre adolescentes para los que la tasa de acoso escolar y, por ende de suicidios, es tan alta, resulta fundamental contar con unas centenas de páginas, entre tapa y tapa, en las que dejes de ser un bicho raro y te conviertas en el protagonista, como indica la dedicatoria que, a modo de epígrafe, Arcones coloca al inicio de su narración. Esa «adolescencia robada» que las personas LGTBIQ+ tienen que sufrir, puede prevenirse con la entrada en el circuito cultural de historias como la que Gaspar y Luca protagonizan en este libro. Todos los adolescentes, sin importar su orientación o identidad sexual, deberían tener la oportunidad de conmoverse con una historia de amor en la que puedan sentirse identificados. Todos los jóvenes deberían tener derecho a soñar, esto no es un capricho.

Portada de Un rey de verano de Juan Arcones. | Fuente: Penguin Random House.
El verano en Santino

Aunque muchos libros con temática LGTBIQ+ se centren -muy honorablemente- en el trauma, las dificultades, el acoso o la discriminación, en este caso nos encontramos con algo tan necesario como eso: un amor de verano adolescente. ¿O acaso Olivia Newton-John y John Travolta son los únicos con derecho a enamorarse en julio y restregárnoslo por la cara? Gaspar se ve obligado a pasar el verano en Santino, el país de su familia paterna. Su madre falleció y, desde entonces, su relación con su padre ha sido más bien distante. En el pequeño país, en lugar de tirarse a la bartola en la playa, deberá acompañar a su abuelo -con el que tampoco se lleva muy allá- a trabajar como jardinero en el Palazzo Real.

Allí conocerá a Luca Calliveri, el heredero al trono de Santino, que tiene su misma edad y cuya coronación está prevista para ese mismo verano en el que ambos cumplen diecisiete años. Lo peculiar es que Luca, por una tradición monárquica, nunca ha salido de palacio y no ha tenido ni siquiera oportunidad de conocer su propio país, ya no digamos poder entablar una relación con alguien de su edad. Todo esto hasta que aparece Gaspar y los dos jóvenes comienzan a trabar una relación especial marcada de lleno por la diferencia de clases. Luca es sereno, educado, algo altivo, como se presupone de un príncipe, y Gaspar es impulsivo, irreverente y muy directo. La mezcla es explosiva y así se hace notar durante el transcurso de la novela.

Fotografía del autor, Juan Arcones. | Fuente: Penguin Random House Grupo Editorial.
Tómese un helado en diciembre

Uno siempre se pregunta por qué las heladerías seguirán abiertas incluso durante el invierno. Y es que, aunque las cosas parezcan tener una estación perfecta para consumirse, a veces es conveniente saltarse las recomendaciones. Vale que estemos en pleno mes de diciembre, vale, incluso, que ya haya salido Un rey de invierno -la secuela-, pero un poquito de calma: también nos podemos leer el libro ahora. Nunca es tarde para disfrutar de una pequeña dosis de verano: hagamos como si hubiésemos cambiado de hemisferio.

Esta novela es lo que -tomándome la debida licencia con respecto al argot de la crítica literaria- podría considerarse una chuchería. Sus 415 páginas se deslizan entre los dedos con una velocidad que, de tan veloz y sutil, casi parece demasiado rápida. La trama te atrapa porque apela al joven chaval que hubiera dado la vida por vivir una historia semejante. Si es Gaspar el que se enamora de Luca o es al revés, eso es algo que conviene que el lector descubra solito. Lo que sí se puede revelar es que, al leer la novela, ya no sabes si enamorarte de uno, del otro o de los dos a la vez. Recomiendo, por cierto, -imprecisiones geográficas aparte- que, en los días que dediquen a leerla, aprovechen para escuchar Toscana de Vanesa Martín: no vendrá mal para la ambientación.

No es casualidad que, si buscas en cualquier página web «Ficción juvenil LGTBIQ+», uno de los primeros nombres propios en aparecer sea el de Juan Arcones. Domina el tema, la forma, la psicología de los personajes y, si ni siquiera eres un adolescente -para quienes está pensada la novela-, no te preocupes: te volverás uno nada más empieces a leerla. Te atrapa y te hace disfrutar de cada página. Lo mejor de haber llegado tarde -insisto- es que ahora, a diferencia de quienes lo leyeron en su día, podemos leer la secuela sin más demora. Ya lo sabemos: mejor tarde que nunca, meglio tardi che mai.

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