Un pequeño viaje en busca de la piedra de la locura
En qué momento la conexión sináptica se convierte en profunda soledad es algo difícil de determinar. Desde hace mucho tiempo vengo cavilando acerca del punto exacto en que la química y la biología se convierten en la angustia de ser vivo, en la incomprensión de sentirse existente sobre la tierra. Cómo y en qué términos se realiza ese salto me resulta muy difícil de comprender. Del sistema natural y su rigor de comportamiento al infinito humano hay un salto muy grande que convendría esclarecer. Por eso, cuando en las tardes de un otoño en vías de extinción, cayendo como cae la hoja al reclamo del suelo húmedo y frío, cuando en las tardes autumnales el sol prende campos de cereal al caer horizontalmente sobre el mundo, por eso, cuando el otoño del año es de alguna forma el otoño y ocaso de mi ser, me pregunto cómo el corazón, con sus células y sus átomos, entabla el movimiento hacia ti. Me pregunto, digo, en qué momento el conglomerado de células que es mi pecho (y también los escasos pelos de mi pechilampiño tórax), en qué momento se agrupan dentro en forma de nudo o voluta a causa de tu extremada distancia. Cómo se llega desde la química al llanto no puedo yo comprenderlo; mucho menos comprendo, sin embargo, cómo se llega del llanto y la ausencia a la química, a este agruparse de átomos en el pecho que me empujan y abaten en fisiológico sufrimiento.
La pregunta, pues, parece a priori sencilla: quisiera hallar el punto donde el cuerpo antecede al alma y el punto donde el alma continúa al cuerpo. En la glándula pineal a veces tengo cosquillas como de nube y quisiera entonces saber si es que allí hay algo más que átomos, como la puerta a un aéreo pensamiento formado por sinápticas conexiones. Si alguien me halló un día el camino entre el labio y el alma es porque tal camino existe; quiero decir, debe de existir. Porque besar una boca muchas veces conlleva besar también un espíritu, un conjunto de aires que se ubican detrás del labio y del diente, de la lengua y del tejido. Entonces, cuando el corazón en bravo latido combate en forma de átomo, de cuerpo, pero sin más bandera que la del sentir, la de la angustia de la ausencia y la incomprensión, entonces, en ese momento, resulta complicado no preguntarse cuál es la causa de que el amor se sienta también en el cuerpo. Será acaso que los miembros, de no tan fugaz memoria, también aman al cuerpo que tocaron, al significante del alma que buscaron. Cómo el corazón es capaz de moverse en una dirección no seré yo quien logre descifrarlo, pero lo cierto es que sucede y que, biológicamente, acude con su movimiento hacia la persona que uno ama.
Alguien tiene que ridiculizar este dualismo, no podemos cargar más con él. El abrazo que entrego en amoroso símbolo se recibe en el alma, como en el alma yo recibo el amante abrazo que alguien pueda entregarme. Quiero decir, el cuerpo es el alma; cada átomo perdido por nuestros torrentes sanguíneos es el alma en sí misma. No detrás de un bello espejo ni de una cortina, ni del velo, ni detrás de la cárcel baja de este áspero cuerpo se esconde el alma; mas toda ella, juntamente, en cada pequeño átomo, en cada minúscula célula vive. El alma es pura química, no hay otra sustancia (espiritual, aérea, confusa) más que la sustancia química que me hace (descaminado, enfermo, peregrino) sentir tu ausencia en mis átomos como quien siente un aldabonazo de Dios. Dios. Dios, que no existe más allá de las conexiones sinápticas de mi cabeza que decidieron crearlo. Dios que es solo y, no más, química, la química de nuestro pensamiento. ¡Qué rudo, qué caerse de mundos y concepciones, que hoy, tan cansado ya, tan desengañado de todo cuanto se vive, comprenda al fin que el amor, que mi alma, que dios, no están allí lejos, paciendo estrellas, sino aquí, aquí dentro en forma de fórmula matemática! ¡Qué aciago descubrimiento el del cuerpo pensante, el del cuerpo amante!
Llora el cuerpo cuando llora el alma. Entre tanta matemática me gustaría comprender en qué punto de la existencia el impulso nervioso se convierte en amor, en eso que genuinamente hemos llamado amor, esto es, en la felicidad plena de la compañía de la amada, en la creencia —bajo la coyunda— de que toda la creación está ordenada y bien dispuesta, en el sentimiento abisal de caída cuando el ser amado desaparece. Toda esta entelequia (que existe, porque de tanto uno la viene sintiendo), todo ese material —digámoslo sin miedo— infinito, o al menos, de infinita incomprensión, viene a resultar del conectarse eléctrico, o mecánico, o químico, qué sé yo, de mis neuronas. No hay alma. Llora el cuerpo porque el cuerpo es el alma. El alma se toca porque es neuronal, tangible. Tantas veces se me ha pedido que me desnude el alma, que con la sinceridad absoluta exprese lo que pienso, lo que soy, lo que siento. Y tantas veces he puesto delante del curioso que pregunta un bisturí afilado, en invitación: mírame tú el alma y comprenderás. El alma no existe, jóvenes, el alma es el átomo, la neurona inquieta, el fluido químico. Dios no existe más que en tus conexiones sinápticas, no existe el amor más allá del átomo que lo crea.
Y por eso ahora, que estoy lejos de ti, como revolviendo la tierra por encontrarme, y tú que estás lejos de mí, como revolviendo la tierra por encontrarte, y por eso ahora, que no existo ya porque no te conozco y que al morir no habré existido por no haberte conocido, y por eso ahora, que no me verás morir y que no verás a mis hijos si es que algún día viniesen al mundo, por eso ahora, y solo por eso, y también por este caerse del dualismo en mi persona, por este descubrir mi dolor en lo más hondo de mi cuerpo, por eso, me golpeo a ratos la cabeza como quien quiere sacarse las gotas que la piscina dejó alojadas en el oído, para así sacarme el amor que en el órgano pensante se me acumula. Me golpeo la testa como queriendo desalojar un grano de dolor, un átomo de dolor, pero nada sale por mis orejas ni por mi nariz, ni siquiera por la amplia boca. Todo lo que fui, lo que amé y sigo amando, se ubica allí, en cuerpo, no detrás del átomo, sino en el átomo mismo, y temo que no quede ya más salida que extirparse el órgano pensante para dejar de sentir tanto desasosiego. Dejar de ser ser sináptico ¿A qué conclusión llegar? El bello poema mueve los átomos, y el recuerdo de la ausencia los zarandea, y todo se convierte entonces en un sentimiento profundo que nadie puede comprender, pero que existe y que podemos tocar, palpar en el átomo. Para comulgar con mis ideas te invito a mirar los átomos de mi alma, digo, de mi cuerpo. Y con voz doliente pido que alguien, si no tú, me extirpe hoy esta piedra de la locura que habita en lo hondo, en lo más hondo de mi ser.
Del corazón en las honduras guardo tu recuerdo, en forma de sanguíneo torrente. Y, cuando la herida me hace desangrarme, eres tú quien en glóbulos blancos desciendes láctea por mi piel. En mi cuerpo está tu cuerpo, en mi cuerpo estás tú porque el alma no existe. Porque sin amor ya nada existe, ni dualismos ni entelequias, y solo con mi cuerpo me recuesto una vez más para observar un ocaso, que por profundo y amoratado que parezca, no deja de ser átomos y átomos en ordenación, sin dios ni amor ni entes creados. El alma no existe. No existe, ergo, la individuación. Nuestras conexiones sinápticas son todas lo mismo, lo mismo es nuestro cuerpo pensante. No existe la existencia individual, no existe el ser humano fuera de su naturaleza. No existe Dios.
Y con todo, con este aciago panorama de un amor corpóreo, con este alojarse de mi dolor en el centro de mi cerebro, con todo, nadie me ha de quitar el irreductible gozo de mi existencia.

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