Una de las tres razones por las que no he leído los libros que no he leído
«Lo real, se dijo, o intuyó […] no está en el terror que se padece sino en las invenciones que lo borran, pues ellas son más fuertes, más reales que el mismo terror…».
Reinaldo Arenas. Arturo, la estrella más brillante. (Gracias, Adrián Masa).
Querida lectora, calculo que existen tres razones por las que, a día de hoy, no he leído los libros que no he leído.
Tratando de brincar por encima de mi consciencia de que nada es menos definitivo que cualquier amago de iniciativa que se dibuje en la vida de una joven habitante de esta era posmoderna que detesto, decidí hace algunos días aceptar la tarea autoimpuesta de encontrar esos «porqués».
Debo apuntar, en primerísimo lugar, que en mi empeño por buscar los motivos por los que no he abierto las tapas de volúmenes obligatorios, por «canónicos» o por «extremadamente necesarios para entender la realidad» – eso dirían ciertas reseñas – he querido obviar también, como comprenderá, un título indispensable y fascinante (este sí lo leí en su momento) de Milena Busquets: También esto pasará.
Y es que, querida lectora, he de confesar que no hubiera emprendido nunca la búsqueda de las mencionadas razones si me hubiera dejado el tiempo necesario para comprender de veras que esos motivos por los que no he leído lo que no he leído podrían parecerme incorrectos o diversos dentro de dos años, cuando revise por casualidad este artículo; la semana que viene, tal vez; o quizás (y eso me aterra) el mismo día de mañana.
Esta tarde, el reto más difícil al que me parece que está empujada en nuestro tiempo la especie humana – y cuando digo la «especie humana» soy solo capaz y valiente, por supuesto, para estar hablando de mí misma – es el de conservar la imaginación, así como la afición cabezota e infantil de utilizarla en ocasiones como manta.
Muerto Dios y todas las verdades, animarse a inventar – a cuidar – certezas y clavar las uñas en el humo que sin excepción las constituye es la cosa más sensata, la empresa más rentable que se me ocurre o a la que tengo acceso.
Escribe otra Tusquets, en este caso Esther, en Varada tras el último naufragio:
«El tipo de la guitarra canta ante el micro […]«vivir de sueños es lo verdadero», y la tristeza no disminuye, pero se hace quizás menos intolerable, y me siento incluso hasta cierto punto acompañada, con la compañía que pueda brindarnos un gato que se ha quedado dormido en nuestro regazo, un perro que nos lame las piernas y nos mira, y acaso sea una pobre compañía, pero es también la única de la que disponemos o la única que podemos aceptar, y aunque no le demos mucha importancia al gato dormido, al perro que nos lame, sabemos que los íbamos a echar terriblemente en falta si desaparecieran».
Esther Tusquets – Varada tras el último naufragio
Personalmente, carezco de arrojo para asistir a clase de Movimientos Literarios Contemporáneos sin la compañía de ese perro, sin tener a ese gato de Busquets dormido en el regazo.
Y es que, cuando mi profesor nos ofrece una explicación maravillosamente detallada de la relación entre el mismísimo Fin de la Historia y el relato contemporáneo, o tal vez una disertación perfectamente detallada sobre el sentimiento predominante en el sujeto protagonista de nuestra era: “estar clavado al ser sin escapatoria ni remedio posible”, me relaja – necesito – imaginar a mi abuela bailando una canción cualquiera de Manolo Escobar en su cocina.
«Tengo muchas cosas mi amor para darte
Si por mi camino tú quieres venir
Un montón de sueños para ilusionarte
Y todo lo bueno que hay dentro de míSolo te pido, solo te pido
Que me hagas la vida agradable
Si decides vivirla conmigoSolo te pido, solo te pido
Que me hagas la vida agradable
Si decides vivirla conmigo».Manolo Escobar – Sólo te pido

Celebro en silencio la imagen que consigo proyectar para uso privado en mitad de la clase. La veo atándose el delantal, llenando la sartén grande de aceite y después echando un poquito más, siempre un poquito más. Y otra vez, canturrea para mí: «Tengo muchas cosas, mi amor, para darte… Si por mi camino tú quieres venir: un montón de sueños para ilusionarte, y todo lo bueno que hay dentro de mí».
A ojos los dueños de las bibliotecas más toscas de esta capital, mi abuela es una ignorante a la que se le presupone una capacidad nula para componer una historia que describa el mundo contemporáneo. Pero, contra esos pronósticos, ha tejido y ha firmado la mía.

En las páginas de algún libro escrito con tono resabiado que no quiero leer nunca, su vida es una mezcla de rezos a un Dios que no existe, cantos y alabanzas a la desigualdad estructural: «No me gusta que a los toros te pongas la minifalda» y un largo etcétera de cosas que yo también critico a diario. Pero no, en ella, no.
Si hay un tomo que buscaría durante todos los días que hicieran falta es aquel libro de instrucciones que me narrase, paso a paso, cómo proteger sus certezas hiladas una a una en un cuento contado por su voz que deseo no olvidar jamás.
Si hay una enciclopedia con cuyas páginas forraría una pared entera de mi cuarto sería aquella que me explicase todos los conceptos convenientes a memorizar de cara al objetivo de no juzgarla nunca, en nombre de ninguna categoría escrita, a causa de ningún relato crítico.
Escribí hace unos meses:
«Guardo con un cariño febril el recuerdo de la tarde en que gané el primer certamen literario del colegio. Sería capaz de ahorcar con estas dos manos a cualquiera que quisiera borrarlo o que me lo negase. El poema responsable de mi triunfo: El Universo Azul. El bolso de piel oscura de la yaya colgaba del respaldo de una de las sillas, por eso tengo la certeza de que era invierno.
El premio consistía ese año en una edición ilustrada de El Quijote que ella colocó en cuanto llegamos a casa sobre la estantería de el – su – salón. Sirve hasta el mismo día de hoy como mero soporte al marco añil donde días después expuso una foto mal enfocada de mi cara de pan, de mi cara de magdalena. Tenía nueve años. Mis manos, fuera del encuadre de la instantánea, sostenían el diploma que me coronaba.
Me puse un jersey azul oscuro para la tarde de la entrega de premios, el cuello sí se cuela en la fotografía, confundiéndose en una ilusión con el tono del portarretratos elegido por ella. Azul el universo, azul el marco, azul el jersey. Por entonces todavía todo podía ser de color añil si la abuela y yo lo imaginábamos».
Poco después de emprender la tontería o la tarea de pensar en las razones por las que a día de hoy no he leído lo que no he leído, tuve medianamente clara la primera de ellas. Tengo un miedo atroz a que mis verdades se derrumben frente a alguna explicación que no he pedido y no deseo. No encuentro utilidad al daño en vano, no creo que pueda aprenderse de eso.

Las contadas certezas que guardo bajo llave no sirven para nada al ladrón que las robe o a la explicación torpe que las haga añicos mas, como un amuleto de cuerda, son de las pocas cosas capaces (no humanas, claro) de hacerme sentir compañía.
Recomendaciones de hoy:
- Milena Tusquets, También esto pasará (1996)
- Esther Tusquets, Varada tras el último naufragio (1980)
- Manolo Escobar, Sólo te pido. Álbum Tiempo al tiempo (1994)
- Manolo Escobar, La minifalda. Álbum Grandes Éxitos (1971)

Deja un comentario