Redefinir la Maternidad: más allá del instinto y la institución

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«Mi madre en vez de leche me dio el sometimiento»
Rosario Castellanos

Estar en el mundo supone tener una madre. Una madre de carne y hueso. Una madre que una vez tuvo un útero y nos expulsó al mundo. Una madre que quizás ya no tenga útero, ni carne ni huesos, o a la que quizás ya no podamos pronunciar su nombre.

Hay millones de madres repartidas por la historia. Millones de madres que amamantaron a sus hijos, los sujetaron entre sus brazos, les cantaron canciones de cuna. Madres que volcaron en sus hijos la ternura que llevaban dentro, que entregaron su cuerpo por aquel que llaman el amor más sincero y verdadero: el amor materno. El amor de una persona que lleva dentro a una criatura durante aproximadamente nueve meses. El amor que, se dice, no conoce el egoísmo, la envidia, el interés, ni la exigencia. Pero todo esto que nos han contado—este dulce cuento de madres perfectas, de madres entregadas, de madres volcadas en su labor de ser madres—es, en muchos sentidos, una herramienta poderosa para limitar la autonomía femenina y reforzar roles de género específicos.

Detrás de una madre hay una mujer que también es hija, amiga, quizás pareja, quizás trabajadora, y al fin y al cabo una persona. Y ser persona supone estar llena de aristas, particularidades, miedos, dudas, deseos y carencias.

La maternidad ha sido históricamente vista como un “destino” inevitable para las mujeres, una función natural y una vocación. Sin embargo, numerosas mujeres, a través de la literatura, el pensamiento y otras formas de expresión artística, han cuestionado esta visión, proponiendo una comprensión más profunda y matizada de lo que significa ser madre. Autoras como Simone de Beauvoir, Adrienne Rich y Patricia Hill Collins han desafiado los supuestos culturales sobre esta problemática. Este artículo explora la maternidad desde una óptica crítica, exponiendo la necesidad de redefinirla como una opción libre y no como una institución impuesta.

Una vez te mandé el dibujo de un conejo/ y una tarjeta con el número uno diseñado/ como si fuera normal/ ser madre y ser ausencia/ Yo, que nunca tuve la certeza/ de ser una niña/ necesitaba otra vida/otra imagen para recordarme.

Y esta fue la mayor de mis culpas/ tú no pudiste curarlo o apaciguarlo/Te hice para encontrarme

Anne Sexton

La Maternidad como Institución Patriarcal

«Deseabais nacer; os permití nacer.

¿Cuándo se ha interpuesto mi pena en vuestro goce?»

Louise Glück

Maternidad: Del lat. mediev. maternitas, -atis, y este del lat. maternus ‘materno’ e -ĭtas ‘-idad’. Estado o cualidad de madre.

En el imaginario colectivo, cuando hablamos de maternar, hacemos alusión a un tipo de actuaciones que recaen sobre el cuerpo y se traducen en múltiples verbos tales como cuidar, proteger, educar, ayudar, alimentar, acompañar…

Sin embargo, con este sustantivo, aparecen dos significados superpuestos: La relación potencial de cualquier mujer con los poderes de reproducción y con los hijos; y la institución cuyo objetivo es asegurar que este potencial-y todas las mujeres-permanezcan bajo el control masculino.

A lo largo de la historia, las sociedades han impuesto expectativas específicas a las mujeres, vinculando su identidad con la maternidad.

En la mitología patriarcal, en el simbolismo onírico, en la teología y en el lenguaje hay dos ideas que fluyen juntas: la primera señala que el cuerpo de la mujer es impuro, corrupto, receptáculo de descargas y hemorragias, fuente de contaminación física y espiritual, «instrumento del demonio». En segundo lugar, aparece la madre mitificada. La madre como mujer benéfica, sagrada, pura, asexual, y nutricia, y la potencialidad física de la maternidad —el mismo cuerpo con sus hemorragias y sus misterios— es su único destino y la única justificación de su vida.

A partir de estas dos ideas, la imaginación masculina divide a las mujeres entre buenas y malas, fértiles y estériles, puras o impuras. La esposa ángel victoriana, asexuada, y la prostituta victoriana eran instituciones creadas para satisfacer ambos conceptos, que nada tienen que ver con la sensualidad real de las mujeres, y en cambio sí —y mucho— con la experiencia subjetiva que los hombres tienen de las mujeres.

Dice Adrienne Rich que:

«Podemos suponer, desear y crear mitos, fantasías y analogías. En cambio, sabemos mucho más de cómo, bajo el patriarcado, la posibilidad femenina ha sido literalmente aniquilada en beneficio de la maternidad. Muchas mujeres, a lo largo de la historia, han sido madres sin elegirlo y, más aún, han perdido sus vidas al traer vida al mundo»

Otra pensadora que trata estos temas es Simone de Beauvoir. Esta cuestiona la noción de que la maternidad sea la culminación de la identidad femenina. Ella argumenta que, en una cultura patriarcal, la maternidad confina a las mujeres en la “inmanencia” (una existencia restringida a lo doméstico y lo repetitivo) mientras que a los hombres se les permite trascender, actuar en el mundo, habitar el espacio liberado: el espacio público masculino. Como explica en su célebre obra, “el destino biológico encierra a las mujeres en la repetición y en la permanencia de la especie,” un rol que limita sus posibilidades fuera del hogar.

“A muchas mujeres, por las costumbres, la tradición, se les niega la educación, la cultura, las responsabilidades, las actividades que son un privilegio de los hombres, pero, sin embargo, se les ponen sin ningún escrúpulo hijos entre los brazos”

Simone de Beavouir

A partir de este pensamiento, en la década de los setenta, la antropóloga Sherry Ortner explica la subordinación de las mujeres y la dominación masculina metafóricamente en su artículo clásico: Is Female to Male as Nature Is to Culture? Es decir, a la mujer se la venera como naturaleza y, en este contexto de relaciones dicotómicas, juega a su vez el papel de mediadora o de puente “entre la naturaleza y el hombre, porque dar la vida es mantenerse en la inmanencia, asegurar la repetición y la permanencia de la especie” (López Pardina, 2005, p. 343).

Simone de Beauvoir, por su parte, aboga por desnaturalizar la maternidad y separar la identidad de la mujer de la figura de la madre. Aunque algunas feministas critican su visión androcéntrica de la maternidad, Beauvoir enfatiza el derecho de las mujeres a elegir, rechazando la idea de que la maternidad sea un modelo obligatorio. Ella defiende que la maternidad debe ser una elección libre y deseada.

«La maternidad —silenciada en las historias de conquista y servidumbre, guerras y tratados, exploración e imperialismo— tiene una historia, tiene una ideología, es más fundamental que el tribalismo o el nacionalismo».

Adrienne Rich

Sobre madres e hijas:

«Madre, escribo a casa

estoy sola ,devuélveme mi cuerpo».

Susan Griffin

Adrienne Rich, en su obra «Of Woman Born» hace también referencia a la compleja relación que tienen las madres con sus hijos, haciendo hincapié en la relación madre-hija. Adrienne Rich describe cómo este vínculo supone la primera confirmación mutua de una mujer con otra mujer. La escritora relata que la primera menstruación que vio fue la de su madre, mucho antes que la suya. A su vez, fue el cuerpo de su madre el primer cuerpo mirado. Así supo qué eran las mujeres, así entendió cómo sería ella.

Las madres y las hijas siempre han intercambiado—además del saber transmitido oralmente de la supervivencia femenina—un conocimiento subliminal, subversivo, anterior al lenguaje: el conocimiento que flota entre dos cuerpos iguales, uno de los cuales ha pasado nueve meses dentro del otro.

Existe un término denominado “matrofobia” que hace referencia al temor de reproducir el rol de sus madres. Se puede considerar la escisión femenina del yo, el intento desesperado de conocer dónde termina la madre y empieza la hija.

Una de las obras literarias contemporáneas que mejor explora la compleja relación madre-hija es «Apegos Feroces» de Vivian Gornick :

«Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural.(…) Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos  queremos sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos».

En esta obra, la autora reflexiona profundamente sobre identidad y herencia. Explora cómo la experiencia, las raíces y el contexto cultural de la madre moldean la vida de una hija. Una hija llena de contradicciones; una hija que no logra conciliar plenamente su deseo de autonomía con la poderosa influencia de su vínculo materno. Una hija llena de admiración y resentimiento hacia su madre.

Gornick dibuja así un vínculo lleno de complejidades, frustraciones y miedos, pero dejando entrever siempre el amor latente que sustenta la relación y emerge de las dos.

Rebusca en su cabeza para dar con lo que quiere decir. (…) Sus palabras me sobresaltan. Me satisfacen. Siento placer cuando dice algo cierto o inteligente. Llego casi a quererla.

Vivian Gornick

Maternidad en Conflicto: Ambigüedades y Realidades

«¿Cómo podéis decir que la tierra debería darme alegrías? Cada cosa que nace es una carga; no puedo tener éxito con todos vosotros.«

Louise Glück

No hay una forma concreta de ser madre. Recuerdo mucho a la mía mientras escribo este artículo y casi parece que consigo escucharla diciéndome: Irea, ojalá me hubiesen dado un manual de instrucciones para ser madre, unas pautas, una guía…Supongo que ser madre está lleno de contradicciones y expectativas. De cansancio y arrepentimiento. De insomnio y dolor en los pechos. De cuerpos deformados, cuerpos ensanchados, cuerpos vaciados.

Existen millones de madres en el mundo. Madres que crian solas. Madres que crian con sus amigas. Madres que crian con sus madres. Madres que ya no tienen hijos, madres con hijos muertos, madres con hijos desaparecidos. Existen también madres con hijos que no reconocen como propios, madres con hijos que no han traído al mundo.

A su vez hay madres que nunca deseanron serlo, madres obligadas, madres que no pudieron serlo nunca. Existen comaternidades lésbicas, crianzas compartidas. Existen las «otras madres» (othermothers), mujeres que ejercieron la maternidad más allá de la biológica, destacando el papel de abuelas, hermanas, tías, primas… Supongo que reducir todas estas mujeres en un folleto hegémonico y paternalista de cómo ser madre, anula su agencia y las particularidades de los sujetos que construyen el vínculo.

Ha habido escritoras brillantes que han explorado en su literatura las diversas maneras de ser madre. Una de ellas, Louise Glück, premio Nobel de literatura en el 2022 escribe: “Cuando os creé, os amaba. Ahora os compadezco… Cuanto más me alejo de vosotros, más claramente os veo».

Cuando os creé, os amaba/ Ahora os compadezco/ Os condecí todo lo que necesitabais: El lecho de la tierra, el manto azul del cielo…Cuanto más me alejo de vosotros, más claramente os veo/ Vuestras almas ya deberían ser inmensas/ No lo que son ahora/ Pequeñas cosas parlanchinas…/Os concedí todos los dones/ El azul de la mañana en primavera/ El tiempo que no sabíais como usar: Queriáis mas y mas, queríais el don que estaba reservado a otras criaturas.

Louise Glück

A su vez, la escritora mexicana Rosario Castellano también acoge en su obra las ambigüedades de ser madre.

SE HABLA DE GABRIEL

Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba/ ocupando un lugar que era mi lugar/ existiendo a deshora/ haciéndome partir en dos cada bocado.

Fea, enferma, aburrida/ lo sentía crecer a mis expensas/ robarle su color a mi sangre, añadir un peso y un volumen clandestinos/ a mi modo de estar sobre la tierra.

Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso/ darle un sitio en el mundo/ la provisión de tiempo necesaria a su historia/ Consentí. Y por la herida en que partió/ por esa hemorragia de su desprendimiento/ se fue también lo último que tuve de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.

Quedé abierta, ofrecida/ a las visitaciones, al viento, a la presencia.

Rosario Castellano

Por último, para ejemplificar en el cine estas complejidas, en la película «Persona» (1966) de Ingmar Bergman se descompone la imagen tradicional de la madre como símbolo de amor incondicional. A través de una de las protagonistas, Elisabet-una actriz que pierde la capacidad de hablar debido a haber sufidor un colapso psíquico y emocional- desafía esta idealización, mostrando una mujer en conflicto con su identidad y sus relaciones, especialmente con su hijo. La maternidad, en este contexto, se revela como una fuente de ambivalencia, atrapada entre el deber y el deseo de libertad. Elisabet es incapaz de sentirse plena en su rol materno, y esta tensión se proyecta en su relación con Alma, la enfermera que la cuida, quien representa una figura de empatía y vulnerabilidad, pero también de auto-reproche y culpa.

Bergman, al fusionar las identidades de las dos mujeres, simboliza la fragilidad de las construcciones de rol que la sociedad impone sobre la maternidad y la feminidad. La película concluye sin resolver esta ambigüedad, dejando al espectador con la impresión de que la maternidad puede ser tanto una fuente de dolor como un vínculo inescapable.

CONCLUSIÓN

Mientas termino de escribir este artículo pienso en mi madre. En mi madre como mujer, como persona compleja, llena de matices, trabajos, aficiones, relaciones y vidas. Pienso en mi madre, ahora que estoy lejos, que llevo cuatro años lejos, que no me puede estrechar entre sus brazos, que no sale conmigo a pasear. Pienso en mis abuelas que me levantaron de la cama, me pusieron el uniforme y me llevaron al colegio. Pienso en las mujeres que me dejaron hacerme a mí misma, mirándome con ternura, observándome desde la distancia para evitar un tropiezo, para prevenir una caída. Y sin embargo probablemente me derrumbé en cada una de ellas. Qué ingenua, qué testaruda, qué niña,qué tristeza. Y sin embargo aquí sigo, escribiendo. Y sin embargo, aquí sigo, y me quieren. Me siguen queriendo.

Yo no sé si seré madre. No es algo en lo que piense recurrentemente. Honestamente ni me lo planteo. No sé si lo serán mis amigas. Probablemente algunas, probablemente no todas. Pase lo que pase serán unas madres estupendas, o no lo serán para nada. Pero sí serán personas extraordinarias, sabrán solventarlo, sabran mirar a sus hijas más allá de su propia mirada.

A todas las madres que me leen y a las que lo serán algún día, a todos los padres que las acompañen, o a los hombres que no lo hagan, a los hijos, a los nietos, a las parejas, me gustaría decirles ( yo, que no soy madre, pero tengo una madre, y soy hija, y lo seguiré siendo siempre) que la maternidad, más allá de ser una experiencia de amor y continuidad, también es un espacio en el que las mujeres pueden y deben explorar sus propios límites, derechos y deseos.

Y esta, necesita ser reexaminada y redefinida en un contexto de libertad y elección.

Adrienne Rich escribió en sus diarios que su hijo mayor, en aquel momento de veintiún años, cuando leyó los pasajes transcritos le dijo «Parecía que sentías como si debieras amarnos todo el tiempo. Pero no existe ninguna relación humana en la que puedas amar a la otra persona en todo momento». Sí, traté de explicarle, pero se ha pretendido que las mujeres —y las madres, sobre todo— aman así.

Por ello reivindico una maternidad compleja, alejada del ideal, alejada de las instrucciones. Una maternidad basada en la ternura, la comprensión y el cariño, pero que no se nos olvide que es una parte de una vida que ebulle y se expande hacia múltiples direcciones.

«Mis hijos me causan el sufrimiento más exquisito que haya experimentado alguna vez. Se trata del sufrimiento de la ambivalencia: la alternativa mortal entre el resentimiento amargo y los nervios de punta, y entre la gratificación plena de la felicidad y la ternura«.

Adrienne Rich

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