Frédéric Chopin y la tuberculosis

Published by

on

Hubo tres influencias fundamentales en la corta vida de Frédéric Chopin: la música, sus amores, y la tuberculosis.

Sirva esta cita del tisiólogo Esmond R. Long, tan acusadora de la importancia de su enfermedad en términos biográficos, como un primer compendio de la vida del pianista polaco.

Ora un mero inconveniente que aún le permitía dedicarse a sus quehaceres habituales, ora del todo impeditiva bajo la concurrencia de sus síntomas, siguiendo el transcurso de su afección, durante el que acudió a al menos treinta y tres médicos, quedan vivamente retratadas por unos y otros las teorías tisiológicas más importantes de la época. No hay duda de que la tisis, que durante muchos años lo castigó con enojosos síntomas en la mengua de sus fuerzas, supuso una enorme influencia en su vida tanto en su dimensión personal como artística. La tuberculosis era en su época causa de muerte de aproximadamente un quinto de la población europea, y hoy todavía una enfermedad infecciosa importantísima de elevada mortalidad en el mundo, si bien la gran mayoría de sus casos son latentes y asintomáticos.

Este artículo es compendio de un escrito mucho más extenso al respecto que atiende a detalles biográficos fundamentales y otros directamente relativos a su salud como revisión cronológica de sus días, con muy especial atención a sus síntomas, padecimientos, la atención médica que recibió y todo aquello que a la tuberculosis pulmonar y su desarrollo atañe. Dista mucho su intención, naturalmente, de realizar aportaciones a la avanzada comprensión actual de la enfermedad, sino, quizá, aportar una colorida visión de aquélla —tan llamativamente distinta— en un contexto histórico, con el hermoso y atractivo engarce que hallamos en el insigne Frédéric Chopin.

Sin querer entrar en barahúnda de términos médicos —en la necrosis caseosa de los infiltrados parenquimatosos, lo patognómico de la pectoriloquia según Laënnec, la pericarditis tuberculosa y un dilatado etcétera—, jalonaré este artículo con extractos de su correspondencia y diversos testimonios esclarecedores que nos acercan familiarmente a la vida del compositor.

A nivel médico, Polonia, país natal del pianista, fue influida en especial por Alemania y Francia, entre cuyos numerosos émigrés hubo discípulos de los grandes maestros de la medicina francesa de finales del XVIII. Sin embargo, el influjo de las prácticas hidroterapéuticas alemanas fue grande. Ambos países contaban con spas y baños termales en abundancia. A sus dieciséis años, Chopin, enviado por su médico a Reinerz por un proceso catarral, hace saber a su profesor de piano:

El aire fresco y el suero de leche que engullo me han devuelto a la normalidad con tal ímpetu que me siento totalmente distinto que en Varsovia. Las fabulosas vistas que ofrece Silesia me encantan y me deleitan, pero a pesar de todo me falta un elemento que toda la belleza de Duszniki [Reinerz] no puede sustituir, que es un buen instrumento.

Actualmente se ha llegado a considerar desacertado por parte de los médicos de Varsovia el enviar a Chopin, acompañado por su hermana Emilia, a Reinerz, lugar en que reunían cientos de tuberculosis cada año, lo que comportaba un riesgo de contagio considerable. No era infrecuente que algunos muriesen allí mismo a causa de la enfermedad.

En efecto, la pobre Emilia habría de sucumbir a la enfermedad al año siguiente de 1827. El testimonio que deja su hermano en una carta a un amigo es estremecedor:

¡Emilia ha estado en cama durante las últimas cuatro semanas y mamá se ha asustado. El doctor Malcz ha prescrito sangrías. La sangraron una, dos veces; después se le aplicaron innumerables sanguijuelas, ampollas, sinapismos y remedios herbales. ¡Qué insensatez! Durante todo el tiempo no comía nada y adelgazó tanto que ni se la reconocía; sólo ahora se ha empezado a recuperar en cierta manera. Pues adivinar por lo que hemos pasado. Imagínatelo, porque yo no puedo describirlo.

A finales de 1835, hecho fundamental, tendría un ataque de «gripe» a comienzos de octubre en Heidelberg, que pudo ser la primera manifestación clara de su tuberculosis, con síntomas de fiebre y hemoptisis. Del célebre viaje que realizó con su amante George Sand a Mallorca en 1839 es de debida referencia este fragmento de una carta dirigida a Julien Fontana, cuando, ya gravemente enfermo en la isla, recibió atención médica:

Llevo dos semanas enfermo como un perro. Me había resfriado a pesar del calor de dieciocho grados, las rosas, los naranjos, las palmeras y las higueras. Tres médicos —los más célebres de la isla— me examinaron. Uno olfateó mis esputos, otro me golpeó para averiguar de dónde escupía, el tercero me palpó y escuchó cómo escupía. El primero dijo que me iba a morir, el segundo que me estaba muriendo, el último que ya estaba muerto.

El examen del esputo, la tactación del pecho y la escucha de su respiración que se le realizaron eran, sin embargo, las nuevas prácticas diagnósticas del momento, tan avisadas revolucionariamente por Leopold Auenbrugger y René Laënnec. Para la furia de Sand, emitieron el diagnóstico de tuberculosis e informaron a las autoridades. Su cama y mobiliario fueron destruidos.

La actitud de los mallorquines, descrita como hostil, puede explicarse con facilidad. Tenían, al contrario que la mayoría en la época, una comprensión nada desacertada de la naturaleza infecciosa de la afección de Chopin. A pesar de carecer de un entendimiento científico de la misma, tanto España como Italia, donde se profesaba la teoría del contagio desde los tiempos de Girolamo Fracastoro, supieron aplicar a aquella enfermedad, reconocible en los síntomas del polaco, estrictas medidas para impedir su propagación, que incluían la cuarentena e incluso la quema de objetos usados por el tísico.

Desde entonces su enfermedad iría siguiendo un curso funesto, en especial desde 1842. Durante los años que siguieron a Mallorca se mantuvo la costumbre de pasar los inviernos en París —donde enseñaba, daba conciertos y componía en un maremágnum de ocupaciones sociales— y los veranos en Nohant, donde desarrolló a solaz una importantísima parte de su producción musical. Su salud siempre empeoraba en la capital con ataques gripales que lo tenían postrado durante semanas.

Sufría mucho. Débil, pálido, tosiendo mucho, tomaba a menudo gotas de opio en azúcar y jarabe de goma, se frotaba la frente con agua de Colonia, y, a pesar de ello, enseñaba con una paciencia, perseverancia y entusiasmo admirables. (F. Müller)

En lo que a los médicos de París se refiere, la homeopatía —muy controvertida ya entonces— estaba muy en boga. Su inventor, Samuel Hahnemann, vivió en la ciudad por aquellos años hasta su muerte en 1843. Ya el reputado patólogo Gabriel Andral realizó estudios sobre diversos tratamientos homeopáticos, sin poder hallarles ningún tipo de eficacia. Ningún hombre de ciencia sensato podría creer en el principio curativo de la infinita disolución. Naturalmente, Chopin, que sentía en su extenuante sufrimiento particular simpatía por el doctor Molin (médico al que se dirigió en aquellos años y, como muchos otros, homeópata) y la mayoría de la población, no eran conscientes de esta controversia.

No eran pocos los que acudían a homeópatas —algunos de los cuales contaban con mucho reconocimiento— o incluso a personajes de ideas harto extravagantes como David Ferdinand Koreff, inventor de las «curas» magnéticas y el mesmerismo. Esta credulidad es más que comprensible. Incluso los métodos más heterodoxos eran seguramente menos dañinos que aquellas prácticas tan «oficiales» que consideraban las sangrías como cura de todos los males.

Después de una quinta estancia en Nohant del 29 de mayo al 28 de noviembre, coronada por obras maestras como la berceuse y la magistral sonata en si menor, el invierno de 1844 a 1845 fue especialmente duro y azotado por una epidemia de gripe. Chopin sufría una bronquitis continua, que algunos investigadores interpretan como una infección concurrente a la tuberculosis.

En 1848, año en que pasó una agotadora temporada en Inglaterra, fue atendido por el médico de la reina Victoria, James Clark, que le dio simplemente «su bendición». Al menos, conocedor de la escuela tisiológica parisiense, pudo prestarle cierta orientación. Durante sus años en el sur de Francia e Italia el médico había estudiado ponderosamente los beneficios del mar y el clima templado en el desarrollo de la tisis. Consideraba ambos, junto a una dieta regulada y el consumo de algunos químicos, la terapia óptima para los tuberculosos. Entre sus pacientes en Italia se encontraba el mismo Keats, al que, sin embargo, por hallarse en un estado ya muy avanzado y próximo a la muerte (1821), sólo pudo proporcionar paliativos. Duro crítico de la «casi obsoleta idea» del contagio de la afección, su tratado sobre la consunción pulmonar, desacertado fruto de su tiempo, fue profundamente influyente. El patógeno responsable, el bacilo Mycobacterium tuberculosis, no sería descubierto mediante un novedoso método de tinción hasta el 24 de marzo de 1882 por Robert Koch.

En 1849 se añaden a sus síntomas de siempre la cefalea, edema y diarrea persistente, que acusan la gravedad de su afección y, muy posiblemente, su propagación por diseminación hematógena a otros órganos. El 17 de octubre de aquel año falleció acompañado de sus seres queridos por causa de una pericarditis tuberculosa, una complicación infrecuente de la enfermedad, teoría con bastante aceptación en los últimos años tras realizarse un examen óptico de su corazón (conservado en un frasco de coñac en la Iglesia de la Santa Cruz en Varsovia) en 2014, aunque se han llegado a considerar el diagnóstico de fibrosis quística (que resulta incompleto) y de otras enfermedades respiratorias crónicas. Es claro, sin embargo, que su inigualable legado musical no conocerá deslustre con el paso de los años.

Deja un comentario