Un breve acercamiento desde la literatura y la filosofía a la dismorfia corporal y a los trastornos de la conducta alimentaria
El hambre de verdad, que no es un capricho de carpanta, el hambre que vacía el alma de sustancia, es la escalera que conduce al amor. Los grandes enamorados fueron educados en la escuela del hambre.
Amélie Nothomb
Te despiertas a las diez de la mañana, remoloneas en la cama hasta las 10:30, es verano, tu pueblo se llena de turistas con camisas desabrochadas bajo las que se esconden pieles enrojecidas, abren heladerías en cada esquina, tus amigos buscan en internet; planes baratos para hacer por España. Es verano, no trabajas, no estudias, al fin puedes optar por esas vacaciones de ensueño, las que llevas esperando tras meses de cansancio, lo que te mereces: la vida tranquila.
Pero también es verano, tu farmacia de confianza se llena de carteles cutres en Comic Sans que ponen: consigue tu cuerpo de verano con este método quema-grasas, eficaz en 15 días. Los gimnasios del barrio se llenan de mensajes: ¡SOLO QUEDAN 46 DÍAS PARA EL VERANO! ¿Estás preparando tu cuerpo para la playa? “Beachbody in progress”, “cómo ocultar tus estrías para ir a la playa con tipazo”, «época de definición”, “mejor cardio quema-grasas para lucir tu abdomen plano«.
De pronto, miras el helado que sostienes entre tus manos, el helado que has comprado por 4,50€ (¿¿¿¿¿4,50€????? El año pasado rondaba por los 2 €) en una de las 10 heladerías que han abierto en tu pueblo, única y exclusivamente por y para los turistas sudorosos y quemados que pasarán mañana y tarde en cada bar de tu pequeño pueblo.
Notas en tu paladar esa masa blanca llena de azúcar mientras observas como parte de ella se desliza por el cono hasta gotear en el suelo. Haces una mueca, finges que no pasa nada, que no hay nada de malo en “darse un capricho de vez en cuando”. Has ido a caminar estos días, mañana irás al gimnasio, te lo puedes permitir, es una semana, es solo un mes, es…, solo un cuerpo. Levantas la mirada para comprobar la forma de los cuerpos que giran a tu alrededor y te topas de frente con un cartel de la droguería donde aparecen dos chicas altas, bronceadas y esbeltas apoyadas en la proa de un yate. Imaginas que será un yate, nunca te han interesado particularmente los barcos. No puedes apartar tus ojos de esas piernas largas y delgadas que parecen no terminar nunca. No sonríen, pero tampoco parecen especialmente tristes.
Supones que ellas no tendrán estrés, que tendrán quien les cocine brócoli y espinacas, que sus cuerpos no se encerrarán a trabajar en oficinas, que reposarán bajo el sol protegidas por las cremas más caras del mercado: SPF 50 +, fácil aplicación, óxido de zinc, dióxido de titanio, aceite de oliva hidrogenado e hidróxido de aluminio. Supones que ellas merecen ir a la playa tener una vida tranquila, y al final del día ser admiradas y deseadas. Por eso las muestran, piensas, para que las deseen. Supones que eso es lo que tienes que alcanzar para que te quieran.
Si te fijas, si les dedicas tres segundos más de atención, parecen musitar entre sus labios carnosos llenos de ácido hialurónico: la lipofobia es la norma. La gordura se asocia a la torpeza y la estupidez. Es vergonzoso y atenta contra el buen gusto colectivo.
Detrás mío sólo las luces, el espacio entre el límite
del hastío y la evasión; yo soy aquella vieja, a los 28,
las curvas de mi cuerpo le dan asco a cualquiera.
En ese espejo que me retrata de cuerpo entero, miro
esas curvas y aguanto la arcada en la boca.
Silvia Santisteban, 1993
PENSAR EL CUERPO
¡¡Ya va a venir el día, ponte el cuerpo!!
Alejandra Pizarnik
Para poder abordar la problemática de una manera honesta y delicada, deberíamos primero intentar entender qué es, así como qué supone tener un cuerpo. Desde luego, sabemos que, si bien es algo material o físico, no queda reducido a mera «cosa física». Un cuerpo es, ante todo, el cuerpo de alguien, de una persona, es decir, de-un-sujeto humano vivo-que-está-en-un-mundo-humano, y que lo está habitando desde su cuerpo. Esto significa aspectos tan esenciales como los que el cuerpo es percepción y a la vez comportamiento.
Por medio de los cuerpos; mediante el tono de voz, la manera de andar, de expandir o recoger el cuerpo, de sentarnos, de saludar, de comer… todas estas acciones muestran que este es un elemento intermediario y que la intercorporalidad es precisa para que se produzca el contacto entre el indidividuo y su tradición cultural—contacto en que de hecho consiste toda sociedad humana. Quizás, precisamente por ello, no ha habido sociedad humana que no haya intentado controlar el comportamiento de sus miembros, es decir que no haya intentando controlar sus cuerpos.
Al estar en el mundo, los cuerpos son el resultado de la acción, de la construcción social sobre la materia primera, que es el “cuerpo” (Körper) que nos viene dado de forma natural y biológica. Esta acción social y cultural sobre los cuerpos naturales es quizás la formula más acertada, pues permite definir el proceso de construcción y vivencia del propio cuerpo.
Lo biológico entraría en juego como elemento primario y constitutivo, y la historicidad de este cuerpo biológico lo impregnaría y lo construiría de personalidad, a través de lo que muchos autores han designado como corporeidad.
Pensar y escribir sobre el cuerpo no está libre de contradicciones: tenemos cuerpos, pero a la vez somos cuerpos; nuestra corporeidad es una condición necesaria de nuestra identidad. No podemos desligar nuestra persona de nuestros cuerpos, a pesar de que a menudo mantenemos con “nuestro cuerpo” relaciones de contrariedad. Como dice Jordi Planella en “Cuerpo, cultura y educación” : Esta contrariedad se manifiesta cuando “la corporeidad es amenazada por la enfermedad, pero tambien por la estigmatización social; nos vemos forzados a realizar trabajos faciales y reparaciones corporales” Tenemos una concepción del cuerpo como “materia inacabada”.
CULTURA DEL CUERPO Y CAPITALISMO
Si pensamos el cuerpo como aquella materia maleable que se adapta al entramado económico socio cultural está claro que la metáfora del cuerpo entenida como una mercancía está directamente ligada a la sociedad de consumo y a como esta pretende que los cuerpos entren en la lógica mercantilista. Las posibilidades que la sociedad ofrece al cuerpo para consumir (o para que “se consuma”) son muchas, en función de cada con- texto y de las variaciones de la moda del consumo.
Uno de los trabajos que ha afrontado directamente el cuerpo en la sociedad de consumo ha sido la investigación de Featherstone “The Body in the Consumer Society”. Propone que el cuerpo exterior (lo que externamente podemos observar del cuerpo) hace referencia a la apariencia, pero también al movimiento del cuerpo dentro de un espacio determinado. La cultura del consumo conduce el cuerpo a un estatus de mercancía y se da, sobre todo, por qué “con la cultura del consumo, la publicidad, la prensa popular, la televisión y las imágenes animadas, proporcionan una proliferación de imágenes del cuerpo estilizadas” (1982).
La cultura del cuerpo se convierte así en una forma de control sobre la vida de los individuos. El cuerpo ha dejado de ser una herramienta y se ha convertido en finalidad por él mismo. Este se ha transformado en el más bello objeto de consumo. Es necesario invertir tiempo, dinero y una atención especial al cuerpo para tenerlo a punto y que siga los patrones corporales que vienen marcados socioculturalmente. Este culto al cuerpo se traduce en prácticas tan diversas como el body-building,las dietas, los régimenes alimenticios, la cirugía estética, etc…
La dominación del cuerpo, ha sido el tema de reflexión que ha impregnado buena parte de las obras de Michel Foucault. Su expresión “cuerpos dóciles” recoge la tendencia de los Estados y las instituciones a mantener en condición de control o dominio los cuerpos de los ciudadanos.
Para López Sáenz y Rivera de Rosales en : El cuerpo: perspectivas filosóficas; el control social de los demás se puede lograr de dos modos: o bien por medio de la violencia física (algo demasiado evidente y, por con- siguiente, muy susceptible de provocar rebelión), o bien de un modo mucho más sutil, condicionando su forma de pensar, su forma de sentir emocional y su forma de comportarse, es decir, construyendo su identidad.
Le Breton dice que en nuestras sociedades el cuerpo tiende a ser «una materia prima que debemos modelar según el ambiente del momento». Para muchos contemporáneos se trata de un accesorio de la presencia, un lugar de la puesta en escena de uno mismo. La voluntad de transformar un cuerpo se ha convertido en un espacio común.
En este sentido, el cuerpo es:
Un soporte ideal para las inscripciones; ofrece la superficie de su piel a todas las marcas permitiéndole distinguirse del reino animal. Presta espontáneamente el soporte a los tatuajes y a las escarificaciones con la finalidad de transformarse visiblemente en cuerpo social
Borel, 1992:17
Ese cuerpo que es nuestro, el cuerpo individual y la búqueda de su perfección paradójicamente pasa por la persecución de lo que todos quieren. Joseb Toro vuelve a poner en el foco a la sociedad de consumo. El dice que: «en las sociedades donde se tiene la capacidad de expresarse con más o menos libertad, somos bombardeados con millones de imágenes en las que el cuerpo ideal aparece totalmente moldeado, fabricado, antinatural, y se nos presenta como la única posibilidad de belleza,inmutable y universal«.
Con todo ello, no es de sorprender que en los últimos 5 años, los periódicos se llenen de noticias con titulares tan dolorosos como: Los trastornos de la conducta alimentaria aumentan entre los menores: «Vemos pacientes incluso de nueve años»
Más que nunca, la juventud y la belleza externa, se sobrevaloran, se llevan al extremo. Parece que no se puede tener éxito —lo que sea que eso implique— si no se es joven y delgado, ideal. Se interviene el cuerpo hasta la monstruosidad. El paso del tiempo, la no-consecución de la “silueta perfecta”, irremediables ambos, se convierten en verdaderas tragedias.
No hay salida y la comida es la culpable de este infierno. Mortal, porque una vez dentro de la anorexia “admitir que está delgada es lo mismo que admitir que se ha fracasado en la estrategia contra la angustia».
(García Rodríguez, 1993).
HAMBRE Y ENFERMEDAD: EMPEQUEÑECER LOS CUERPOS
El hambre es deseo. No es voluntad, que es una forma de fuerza. Tampoco debilidad , ya que el hambre no conoce la pasividad. El hambriento es un ser que busca.
Amélie Nothomb
Dejo por aquí el resultado de las últimas estadísticas : Las niñas y mujeres representan 9 de cada 10 casos de trastornos de la conducta alimentaria en España. Si bien los trastornos de la conducta alimentaria afectan a ambos sexos, son dos veces y media más frecuentes en mujeres, siendo su prevalencia en nuestro país del 4,1 % al 6,4 % en entre la población femenina de 12 y 21 años, y del 0,3 % para los hombres en ese mismo intervalo de edad.
Imagino que nadie se sorprendería, entre las mútliples formas de violencia que se ejercen sobre los cuerpos de las mujeres, la violencia estética, una de las más frecuentes y dañiñas, perpetua este tipo de conductas, donde la relación con la comida empieza a ser compleja y angustiante y el deseo de la delgadez una forma de estar en el mundo. El cuerpo de la mujer se convierte en cáscara, vacío, sólo apariencia. Sólo mostrarse. El cuerpo esclavizado sólo responde a la tiranía de la apariencia, el cuerpo fetichizado. Idolatrado, pero muerto.
Naomi Wolf en su libro El mito de la belleza (1991) hace una lectura del ideal de delgadez en relación con las estructuras de poder patriarcales. Para ella, los conflictos con la comida han de salir del hogar, donde el alimento es “amor, recuerdo y lenguaje” (244), y situarse en el ámbito de lo público o de lo político. El análisis debe de trasladarse de la mujer a la sociedad.
Cierto feminismo defiende que el canon de belleza impuesto por la sociedad patriarcal es aceptado sin crítica alguna y este modelo corporal cultural confrontado con el propio cuerpo estalla y se convierte en un generador de ansiedad. Esta crítica piensa que la carga simbólica que ha adquirido la delgadez y el desarrollo del culto al cuerpo hablan de las limitaciones con las que se encuentra la mujer con respecto al acceso al poder: una no puede ir más allá del control de su cuerpo.
Sin embargo, limitar los trastornos de la conducta alimentaria a la presión estética y a la imposición de los canones de belleza, seria tener una visión muy reduccionista de ellos. Tendría más que ver con algo inherente al ser humano; según Graciela Strada estas enfermedades “tienen que ver con lo que siempre estuvo en la base de todas nuestras dolencias: los desencuentros, los desórdenes amorosos, la insatisfacción, lo que no funciona, lo que no se deja entramar ni encuentra palabras para terminar de decirlo” (Strada, 2002: 17).
«Más adelante comprenderá que eso era lo que buscaba entre otras cosas, destruir su cuerpo para no percibir nada del exterior, no sentir otra cosa en su carne y en su vientre que el hambre».
Delphine de Vigan
Existen numeroso porqués, causas, motivos, por los que poco a poco, sin preverlo, una va arropándose con la seguridad y control que proporcionan al principio estos trastornos. Los conflictos no resueltos entrañan graves peligros, algunos derivan del lugar que la sociedad asigna al cuerpo femenino: víctima de una educación represiva o de abusos sexuales, la adolescente intenta salvaguardar su “integridad” despojando su cuerpo de todo lo que la ha hecho vulnerable. Distanciándose de lo que considera vulgar, pecaminoso o femenino y adoptando una actitud tradicionalmente considerada como propia del hombre: control y primacía o desarrollo de lo intelectual con respecto a lo físico. Adivinamos la necesidad de autodeterminación, la decisión de tomar el control. Buscar la perfección, que implica en sí misma la imposibilidad de ser.
Comer y hacer el amor: formas, en mi caso, del máximo desorden. Comer y hacer el amor: siento que me arrancan a la fuerza de la infancia. Todo lo que puede hacer adulto mi cuerpo me horroriza.
Alejandra Pizarnik
A su vez, el cuerpo se transforma en el medio donde representar el dolor. Se controla lo que se ingiere, las calorías consumidas y quemadas, los pasos diarios, el hambre, los amigos que ya no llaman, los besos que han dejado de darse. Se controla todo lo que se puede, asentándonos en la ficción de que todo está bajo nuestras manos. Con nuestro cuerpo moldearemos el mundo a nuestro antojo. Supongo que creímos que teníamos que adelgazarlo porque nos sobraban las ausencias, ¿para qué mantener tanta carne, tanto estómago, si no había amor con el que alimentarlo?
La ruta va a través del hambre; lo más elevado se conquista sólo por el más elevado sacrificio, y el más alto sacrificio es entre nosotros el hambre voluntaria. A punto de fallecer consumido, el perro acierta a comprender que se está apagando “como si en realidad no muriese de hambre, sino de abandono».
Kafka
RELACIONARSE CON LA COMIDA
Una de las maneras más sencillas o directas de moldear un cuerpo es a través de la comida. De estas ideas que forman parte del imaginario colectivo se ha sabido aprovechar la denominada cultura de la dieta. Esta hace referencia a todo un sistema de creencias, de actitudes y de hábitos que intentan decirnos cómo deberíamos vernos, cómo debe ser nuestro cuerpo, cómo deberíamos comer, mientras se equipara la delgadez a la salud y a la virtud moral.
Sus mensajes han calado profundamente en todo nuestro entramado social. Todos hemos oído hablar de las dietas detox, la dieta de la alcachofa, soportado al cuñado de turno decir que el 7 de enero hay que ponerse a dieta para eliminar los ‘excesos’ de Navidad, a la madre de tu amiga que no come carbohidratos, los inumerables discursos de los gymbros frustrados que apuntan que las personas con obesidad lo son por falta de voluntad, porque no se esfuerzan lo suficiente… Todo ello es cultura de la dieta, y sí, también lo es Kim Kardashian adelgazando para meterse en un vestido en la Gala MET o tu prima adelgazando para su vestido de boda.
Sin embargo, los alimentos también han servido también para fortalecer lazos, crear alianzas, firmar la paz en épocas de guerra, conmemorar acontecimientos, celebraciones, despedidas…etc. Relacionarse con la comida es relacionarse con el mundo que nos rodea y a la vez que con nosotras mismas.
Aun así, a pesar de ser esta necesaria para cumplir las funciones vitales y ser fuente de placer, se puede llegar a convertir fácilmente, por todo lo expuesto anteriormente, en la enemiga principal. En la primera parte de las memorias de Simone de Beauvoir observamos una relación con la comida que puede ayudarnos a entender mejor la complejidad de estos trastornos :
“La tarea principal de Louise y de mamá era alimentarme; su tarea no era siempre fácil. Por mi boca el mundo entraba en mí más íntimamente que por mis ojos y mis manos. Yo no lo aceptaba entero”
Simone De Beauvoir, 1983: 8
Qué más íntimo que comer, que es incorporar a lo que se es. Poseer el mundo a través de la boca. Controlar a través de lo que se ingiere; esto ya lo ve claro Simone-niña que, aunque teme crecer, adivina y acepta el poder de la comida para cambiar de estado, convertirse en otro YO: “Aferrándome al suelo, pataleando, oponía mi peso de carne al etéreo poder que me tiranizaba; lo obligaba a materializarse”.
Y el alimento también como castigo y como deber:
Comer no era solamente una exploración y una conquista sino el más serio de mis deberes (…)tenía dos o tres centímetros más, me felicitaban, yo me enorgullecía; a veces, sin embargo, me asustaba. (…)De pronto el porvenir existía y él me transformaría en otra que podría decir YO, pero yo no sería ya la misma. Presentí todos los rompimientos, los renunciamientos, los abandonos, y la sucesión de mis muertos. “Una cucharada por el abuelito…”
Simone de Beauvoir
Comer para muchas personas significa vivir diariamente bajo el peso de la culpa. Es humillarse, mancharse las manos de vergüenza, no querer reconocerse, cerrar los ojos ante un espejo, vomitar a escondidas en los baños públicos. Es odiar cada una de las partes que conforman un cuerpo sin saber exactamente que formas adoptan. Es sentir que este se expande y se agiganta con cada mordisco. Es olvidar la ternura, olvidar el deseo, olvidar el amor. Pero la comida y los cuerpos, los cuerpos y la comida, no deberían ser otra cosa que medios para querer, y donde querer. Ojalá consigamos de vez en cuando desprendernos de nuestros cuerpos, o habitar en ellos con la tranquilidad de saber que lo importante es estar, no bajo qué forma.
Quiero que el hambre acentúe mi indiferencia, que me envuelva en una nebulosa de olvido. Porque comer normalmente, en mí, es una humillación, es aferrarme a la fuerza a una vida que me rechaza.
Alejandra Pizarnik
Un abrazo de corazón a todas mis amigas y amigos atravesados por alguno de los aspectos que he intentado tratar con todo el respeto y la conciencia que me ha sido dada. Merecemos ser queridas. Yo estoy dispuesta a quereros.
La anorexía me había servido de lección de antomía. Conocía ese cuerpo que había descompuesto. Ahora se trataba de reconstuirlo. Por extraño que parezca, la escritura contribuyó a que así fuera. En primer lugar era un acto físico: había que superar obstáculos para sacar algo de mí. Aquel esfuerzo constituyó una especie de tejido que luego se convirtió en mi cuerpo.
Amélie Nothomb

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