Elogio del amor pequeñoburgués

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Si bien en un artículo anterior explicábamos y coincidíamos parcialmente con los planteamientos de José Ortega y Gasset en sus Estudios sobre el amor, resulta preciso – al menos para el que escribe – llevarle la contraria. Del filósofo español habíamos aprendido que el amor y el deseo tienen amplias y generosas diferencias, que la presencia física del objeto amoroso no nos es necesaria puesto que podemos vivir en «convivencia simbólica» y que el amor es un torrente sentimental, de tal manera que pasamos de decir «te amo» a pronunciar «te estoy amando». Todos estos planteamientos nos han resultado muy útiles, pero encontramos en el texto de Ortega una ligera contradicción. En su ensayo, Para una psicología del hombre interesante, nos dice lo siguiente:

«el amor es un hecho poco frecuente y un sentimiento que sólo ciertas almas pueden llegar a sentir; en rigor, un talento especifico que algunos seres poseen.»

Ortega, tras páginas y páginas describiendo las bondades del amor, afirma que sólo los seres extraordinarios son capaces de tenerlo. En cierta parte habríamos de darle la razón, puesto que a amar se aprende y existe mucha gente que no sabe hacerlo, pero, lo que también es cierto, es que no hace falta ser académico de la Real Academia Española para saber hacer el amor. Entenderlo como un talento innato y específico nos llevaría a un nivel de elitismo intelectual propio de quien no ha visto jamás a dos personas caminando por la calle con las manos entrelazadas. Aun así, el filósofo se defiende de los posibles fariseos como este que le escribe, proclamando:

«No se crea por esto que pretendo intelectualizar el sentimiento de amor. Esta perspicacia no tiene nada que ver con la inteligencia, y aunque es más probable su presencia en criaturas de mente clara, puede existir señera, como el don poético que tantas veces viene a alojarse en hombres casi imbéciles.»

Pese a que, cual Poncio Pilatos, Ortega decida limpiarse las manos y decir que hasta los más tontos son capaces de amar, lo señala como se haría con una excepción. Incluso, apenas unas líneas más abajo, hablando sobre esa perspicacia necesaria para hallar el amor afirma que «no es fácil que la hallemos sino en personas provistas de alguna agudeza intelectual». Este planteamiento que establece ciertas bondades intelectuales como condición sine qua non para el amor es lo que lleva al filósofo español a hacer una enardecida crítica al amor pequeñoburgués. También en Para una psicología del hombre interesante concluye:

«Por eso es tan difícil que el petit bourgeois y la petite bourgeoise se enamoren de manera auténtica; para ellos es la vida precisamente un insistir sobre lo conocido y habitual, una inconmovible satisfacción dentro del repertorio consuetudinario.»

El amor sin disparates

Con esa afirmación, Ortega, pretende desautorizar y ennegrecer el amor pequeñoburgués – que traduciremos como el amor de la gente común – so pretexto de que es una simple reiteración carente de sentimientos elevados en un vínculo conveniente a causa del temor a lo desconocido. Entendemos por esto que, aquello que para nuestro filosofo podría ser considerado amor, precisa de una gran intensidad emocional, una búsqueda heroica y un carácter excepcional. Pues bien, es el propio Ortega el que nos dice lo siguiente:

«Hay quien piensa que se ama más y mejor en la medida que se esté cerca del suicidio o del asesinato, de Werther o de Otelo, y se insinúa que toda otra forma de amor es ficticia y «cerebral». Yo creo, inversamente, que urge devolver al vocablo «pasión» su antiguo sentido peyorativo. Pegarse un tiro o matar no garantizan lo más nimio la calidad, ni siquiera la cantidad de un sentimiento. La «pasión» es estado patológico que implica la defectuosidad de un alma».

Pues, ¿no es acaso ese amor pequeñoburgués, el que se contenta con lo cotidiano y se aleja de los disparates poéticos? Precisamente ese amor cursi, simplón y «benedettiano» es el que se reconforta en la calma, en la comunión y en la complicidad. Tanto la pulsión suicida alumbrada por la pasión de Werther como el instinto homicida nacido de los celos de Otelo son consecuencias directas de esa concepción del amor como algo inalcanzable para el común de los mortales. Al contrario de lo que nos dicen las literaturas, parece haber algo más romántico que el «moriría por ti», y es el «viviría contigo». Dice Joan Margarit en su poemario Misteriosamente feliz:

«Lejos de los amores feroces del origen,
y lejos del amor que, a modo de refugio,
la mente siempre inventa, el amor
que ahora me consuela es sin urgencias.
Cálido, respetuoso: amor de sol de invierno.
Amar es descubrir
una promesa de repetición que tranquiliza.»

Parece que, ese amor que el mismo Ortega propone, lejos del «estado patológico que implica la defectuosidad de un alma» con el que él relaciona la pasión, se encuentra precisamente en el vinculo sentimental reiterativo que critica en la pequeña burguesía: ese amor pequeñoburgués que no está dispuesto a cometer locuras. Él mismo sostiene: «Dejemos de creer que el hombre está enamorado en la proporción que se haya vuelto estúpido o pronto a hacer disparates.» Ahora vamos a invitar al cuadrilátero a Erich Fromm, ya subirá más tarde Benedetti. El psicoanalista coincide con Ortega en la cualidad del amor como actividad, lo que hace más llamativa esta deriva del español. Dice en El arte de amar:

«Amar a alguien no es meramente un sentimiento poderoso —es una decisión, es un juicio, es una promesa—. Si el amor no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa de amarse eternamente.»

Es decir, acierta el filosofo español cuando dice que no debemos de medir el amor bajo las reglas de la pasión, pero tampoco puede concebirse desde el punto de vista intelectual, sino más bien – pecando de metafórico – desde el manufacturero. Los amantes, más que parecerse a un grupo de altivos pensadores, deberían asemejarse a un gremio de esforzados artesanos. El amor nace del majestuoso encandilamiento, del desbordamiento emocional y del estrechamiento de la atención, como dice Ortega, pero sólo puede pervivir a base de persistencia, reiteración y trabajo. El amor es un suceso afectivo, pero debe ser efectivo a su vez, continuamente prendado de la voluntad. Es imposible entender un amor cuyo único sostén sea el sentimiento porque, como también nos revela Fromm:

«Si una mujer nos dijera que ama las flores, y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su «amor» a las flores. El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor.»

El amor imperfecto

Otro de los aspectos sobre los que Ortega y Gasset incide especialmente es la relación del amor con la belleza desbordante. Reconoce la existencia de algunas «bellezas oficiales», esas personas que fijan los estándares estéticos de una sociedad o grupo. Podemos encontrarlas en fiestas, teatros o sobre las aceras y son, explicándolo de una forma más entendible, personas objetiva e indiscutiblemente hermosas. Pues bien, tal y como dice el español y olvidando que sólo se está refiriendo a las mujeres:

«Esa belleza es tan resueltamente estética, que convierte a la mujer en objeto artístico y con ello la distancia y aleja. Se la admira -sentimiento que implica lejanía-, pero no se la ama. El deseo de proximidad, que es la avanzada del amor, se hace, desde luego, imposible.»

Tal y como podemos comprobar por nosotros mismos, todas esas personas cuya belleza nos impacta poderosamente, no suelen ser las depositarias de los desvelos amorosos de la gente corriente. Quizás sí de las fantasías sexuales, pero desde luego no del amor. Porque esa desbordante belleza las distancia y el amor precisa de cercanía. No de conformismo, pero sí de cercanía. Creo no equivocarme si afirmo que, para el común de los mortales, esos detalles que exceden las convenciones estéticas, mezclados con el amor, se hacen mucho más deseables.

Unas felinas estrías en los muslos, el asimétrico abultado de unos labios o un excesivo pronunciamiento de orejas son, para el amante, perfecciones subjetivas que dotan de sal y gracia la figura del amado. Dicho de otro modo – olvidando que usted sería incapaz de amar a Brad Pitt, aunque este le erotice -, usted ama a su marido no pese, sino gracias a su cicatriz en la espalda, sus pectorales demasiado largos o su risa tonta. Son esas pequeñas imperfecciones las que nos hacen amables, es decir, cercanos y dignos de amor.

El amor que tranquiliza y estimula

Tal y como hemos visto antes, existe una clara diferencia entre aquello que nos excita y aquello que estamos dispuestos a amar. Esas «bellezas oficiales» son la razón de ser de la mayor parte de las fantasías sexuales del resto de ciudadanos. Actores y actrices, deportistas, influencers y demás personajes públicos se dedican a sus labores profesionales a la vez que a engordar la dimensión erótico-imaginativa de una sociedad. Pero las fantasías, no sirven para nada más que para serlo, puesto que normalmente devienen en desencantos.

Esto es debido a un factor muy importante: «la sexualidad biográfica». Son aquellas relaciones sexuales – ahora sí, sobre todo al alcance del pequeño artesano del amor -, en las que no sólo el factor físico cobra especial importancia, sino que la historia del uno se mezcla con la del otro; las vidas de ambos se detienen y ensamblan en la unión carnal. En estas uniones se desarrolla un lenguaje privado basado en la complicidad, existe una magia erótica subliminal sólo alcanzable por dos seres que se aman y conocen, jamás podrían llegar a ella dos simples cuerpos. Esto lo sabía muy bien el poeta Jaime Gil de Biedma, pese a que sobre todo se le recuerde por su faceta cínico-erótica:

«Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.»

¿Con qué amor nos quedamos?

El propósito de este artículo, aunque quizás hayamos sido excesivamente bruscos con Ortega, no era atacar la concepción orteguiana del amor. El objetivo no era el ataque, sino la defensa. No podemos dejar de reconocer en eso que el filosofo llama amor pequeñoburgués y que tanto critica, un tipo de afecto que es común a la mayor parte de la sociedad. Un estilo de vínculo basado en la sencillez que es la razón vital de muchas personas.

Aquello que Ortega ve como una mera ilusión propia de gentes incultas que desconocen el verdadero amor, ha sido el factor esencial por el que mucha gente ha vivido. Ese amor pequeñoburgués ha servido de refugio, de consuelo contra la mala jornada y de soporte en los tiempos de agonía. Habría que tener más respeto por el amor de la gente corriente, porque podría ser que aquellos que no conocen el amor sean precisamente – a riesgo de salir yo mismo malparado – los que se dedican a teorizarlo todo.

Como hemos visto, el amor no tiene tanto que ver con la pasión, la belleza objetiva o el estímulo sexual. El amor tiene más que ver con la compañía, es decir, la complicidad; con la atracción, es decir, la cercanía; y con la admiración, es decir, el orgullo común. Tal vez, tras tantas inspiradas páginas de cartografía amorosa, al final, la literatura esté más cerca del amor que la filosofía porque, como escribió Mario Benedetti:

«Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.»

Referencias:

  • Estudios sobre el amor – José Ortega y Gasset
  • Misteriosamente feliz – Joan Margarit
  • El arte de amar – Erich Fromm
  • La tregua – Mario Benedetti
  • Antología poética – Jaime Gil de Biedma

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