(No) escribo cartas de amor en el autobús nº27

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AUTOBÚS Nº 27VIAJE DE IDA

Mi querida Carlota:

He salido de casa con el doble del tiempo necesario. En el ascensor, he estirado con las manos una arruga que he descubierto en la chaqueta. Me he repetido un par de veces las indicaciones que me diste anoche: “Mi niña, el que sale desde la farmacia. La farmacia que está subiendo tu calle, la avenida grande, ESA”. (Señalas la parada con el dedo en el mapa, me convences de que perderse, en este caso, es imposible).

Mirando la captura que me enviaste, he llegado a este autobús. Estoy necesariamente sola, pero una notificación que dejo en la pantalla me acompaña (“Suerte, mi niña”) durante todo el viaje a mi primera entrevista de trabajo. Sonrío.

La línea acaba en la Castellana, es allí donde debo bajarme. Tengo que estar atenta, es una avenida muy larga. Me pregunto si es más larga que todo mi pueblo. Me propongo conformar una postal imaginaria de una comparación de los dos lugares desde el aire. Fallo en mi intento, claro. También sonrío. Me siento aquel personaje de José Luis Cuerda que decía “¡Yo me libré del fin del mundo corriendo!”. Para mí el fin del mundo siempre ha sido, ya lo sabes, no poder escribir. Ser becaria en una redacción será, por lo menos, poder seguir corriendo.

Me fijo en los zapatos de las mujeres que están sentadas cerca. Me pregunto si ellas, tan serias, estiran las arrugas de sus chaquetas, con las manos, en sus ascensores. ¡Qué curiosidad, dios mío! ¡y qué miedo! Esta ciudad entera se resume para mí en la tensión continua entre esos dos sustantivos desde el primer día que puse los pies en este asfalto. Imagino una conversación contigo para quitarme los nervios. Te cuento todo esto y te digo que, entre las camisas y maletines de mis compañeras de trayecto, en mis cascos Manolo Escobar hace las veces de nana contra el pánico.

“Me voy pa’l pueblo, que la ciudad yo ya no la quiero
Que la ciudad yo ya no la quiero
Que no la puedo ni soportar…

Pinares verdes cerca del río
Cortijo blanco, cortijo blanco del olivar
¡Cómo me duele!, ¡cuánto he perdío!
Por el engaño, por el engaño de la ciudad

Me voy pa’l campo, que la ciudad yo ya no la aguanto
Que la ciudad yo ya no la aguanto
Que no se puede ni respirar…


Me voy pa’l pueblo, que la ciudad yo ya no la quiero
Que la ciudad yo ya no la quiero
Que no la puedo ni soportar

Cañaverales, flores de almendro
Palomas blancas, palomas blancas del palomar
¿De qué me vale lo que yo tengo?
Sin la esperanza, sin la esperanza de regresar
«

El pueblo a través de los ojos de Carlota en 2022.

Me bajo en la parada que indica la tercera captura que me mandaste. Me pregunto cuánto tiempo podré sobrevivir sin Google Maps. Mientras pienso en que debería pedir un teléfono nuevo por mi cumpleaños, me encuentro delante de mis narices un edificio enorme. Me digo “¡Cómo no va a ser grande, mujer, si es una agencia de noticias!”. También tengo una captura de pantalla del timbre exacto al que debo llamar.

Estoy delante de un molino de viento, ¡de un gigante, DE UN GIGANTE! Me encantaría tener diez minutos para leer ese pasaje a solas. No estás aquí y me gustaría reírme a carcajada limpia antes de entrar, decirte que a ver si me leo El Quijote entero este verano, jugar a argumentar cuál de las dos sería Sancho Panza.

(1ª parte. CAP VIII) En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: “La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla» […]

Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino.

Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla…”

Justo antes de entrar pienso en que tendré que presentarme: “¡Buenos días! Soy Encarna” “Sí, Encarna Belén, esa. Sí”. Me alivia pensar en que ya conozco de sobra la cara que pone la gente. Los que mejor me caen, desde hace unos años, son los que no consiguen del todo aguantarse la risa.

Se me pasa por la cabeza el día en que le dijiste a tu padre que tenías novia e imagino qué pensaría el hombre al conocer mis datos más básicos, que son los más definitorios a su vez , en mi caso. Encarna de Albacete cruza la puerta principal del gigante/molino de viento nada más desparramarse una botella de agua de medio litro – por los nervios – sobre la americana de lino que se ha puesto, seamos francos, para parecer un poco más “de ciudad”.

Digo: “¡Buenas! ¡Buenos días! Soy Encarna. Encarna Belén, esa, sí”. Señalo mis iniciales en una lista impresa.

Tú escribiste un día: “¿Sería una persona distinta si me hubieran dado otro nombre?”.

La nariz, el pelo, los lunares. El nombre, el mar.

Me contaste una tarde que en Imposturas, de Banville, un hombre no consigue recordar por qué vivió junto a una mujer a la que nunca confesó su nombre verdadero. Mientras espero en un sillón azul marino, me entretengo en la alegría de haberte escuchado decir tantas veces que no te llamas Carlota por moda, sino por sangre, por familia. Nos recuerdo en el cine viendo La Casa, de Álex Montoya, y me parece suficiente para respirar. Esta tarde llamaré a la abuela.

AUTOBÚS Nº 27 VIAJE DE VUELTA

Acabo de contarte cómo ha ido la entrevista. Un cuarto de hora entre techos altos y paredes blancas, cinco o seis preguntas. Mi currículum entre otras muchas fotografías de todos esos que también están buscando la manera de seguir corriendo. “¿Por qué elegiste la carrera de Periodismo en Madrid?”. “Porque quería ser escritora, y eso en el pueblo…”. Tengo por delante cuarenta minutos de vuelta a casa, ¿es ese el precio de tener un sueño infantil? Me siento relativamente orgullosa y más o menos ridícula.

En esta fotografía de aquel viaje, el mar no sale. Yo soy de secano, (de bancal).

“En los intercambios testimoniales cara a cara el oyente debe realizar alguna atribución de credibilidad al hablante”  Miranda Fricker y sus injusticias testimoniales pusieron hace poco en palabras más concretas eso que tantas veces escuché – y aprendí – en las series policíacas que mi abuelo veía los días festivos, cuando no ponían su telenovela: “Todo lo que usted diga puede ser utilizado en su contra”, todo lo que parezca, también.

Sin embargo, parece que me empeño en tontear con ser sincera cuando soy plenamente consciente de que los edificios altos no son buen sitio para ello. Como si me fueran a dar un premio por ser la más auténtica del lugar o alguna profesora de primaria le fuera a chivar a mi madre que en los exámenes no escribía «Encarna Belén» sino «Encarna B.».

«Tú ponlo entero, ¿eh, cariño? El nombre y los dos apellidos«, recuerdo su voz.

Me agarro fuerte a la barra amarilla, al parecer hay más gente que se va que la que llega a la Castellana. Me pregunto por qué narices he contestado que “quería ser escritora” en lugar de urdir una mentirijilla práctica. Me toco de nuevo, nerviosa, el flequillo y me regaño: “Nada más que sandeces y cursiladas, hija mía”.

Abro las notas del móvil – a falta de Google Maps es necesario entretenerse – y encuentro unas líneas que hace unos meses apunté para valorar escribir después algo más largo:

“Es todo lo que me propongo recordar voluntariamente de las mujeres que han moldeado mi vida. El bolso por lo que dice, las manos por lo que no se cuenta a nadie. Es todo lo que necesito retener. Lo demás se cuela sigilosamente por las grietas. Lo decisivo está hecho de corcho y flota irremediablemente en el mar de la memoria para llegar cuando es preciso hasta mí”.

Las manos, eso, las manos.

Efectivamente vine a Madrid a estudiar Periodismo porque quería ser escritora. Efectivamente pasé las noches más felices de mi infancia llenando libretas tumbada en la hamaca de la casa del campo. “Efectivamente – me digo – en el nombre no se puede mentir”. Soy las historias de aquellas vecinas septuagenarias (de las cuales aún recuerdo las manos y el bolso) y cada página escrita de noche en la infancia. Cada vez que tomé prestada la biografía de la Reina Sofía (qué risa) de la estantería del salón de la abuela y cada recuerdo de mi madre que he tratado alguna vez de poner en forma de poema o de cuento.

Querida Carlota, cuando me recuerdas que si el periodismo “serio” va mal puedo triunfar cuando quiera en la prensa rosa, mi enfado esconde la tremenda alegría de que conozcas mi nombre. Te escribo un mensaje: “Ya estoy llegando a mi casa, no me he perdido”. Y busco en Notas un poema que escribí un verano echándote de menos.

Otro verano que te eché de menos. Una foto en el mar.

Sonrío al repasar esta noche el Padrenuestro,

siento aquel susurro de la abuela al acostarme,

trato de esbozar la imagen tierna de mi madre

y así miro descansar a la niña que hoy recuerdo.

[…]

Mi miedo, ya muerto, deja que el mirlo vuele y cante

pues ya sé que perderé todos los dioses y recuerdos

mas será la inocencia, La Inocencia,

quien me salve.

Bajo del autobús enfrente del Reina Sofía, actualizo el mail por si hay novedades de “una entrevista que acabo de hacer”, me recuerdo. Trato de apaciguar la prisa, la impaciencia y todos los males de la vida adulta, sin éxito, con un cigarro. “Espera, espera” y un (casi) tropiezo con un aspirante a mediocentro de unos diez años.

Falta poco para el verano y cada vez hay más grupos de niños por la calle, más maestras valientes que se ponen al timón del esperado viaje de fin de curso. Calculo la distancia entre los veintiún años y los sueños y le deseo sin decir nada que no deje nunca muy lejos el balón. Por la cuenta que le trae.

Carlota cocinando (no sé si ese día me había traído morcillas del pueblo).

Mi querida Carlota, no sé si te veré esta tarde. Me apetece dar un paseo por una calle pequeña que compense el trayecto recto y eterno por la Castellana. Te contaré la aventura mañanera, que me ha atacado otra vez la paranoia de la injusticia epistémica, que echo de menos los viajes de fin de curso, que tengo ganas de que vengas a desayunar al pueblo. Pero, sin duda, no me atreveré a decirte algo. Por eso, aquí, lo escribo. Por eso mismo empecé a escribir:

Cuando me miro en tus ojos encuentro a aquella (esta) que, en el parque, tras repensar el orden de las palabras – ya sabes de mis nervios –, se atrevía a colocarse bien el lazo, acercarse a alguna niña nueva y sacar las manos de los bolsillos: “Hola, me llamo Encarna, ¿puedo jugar?”. Querida Carlota, en las líneas que te escribo estarán siempre a salvo dos nombres.

Te quiere siempre,

Recomendaciones de hoy:

  • Banville, J. (2002). Imposturas. Anagrama.
  • Cervantes, M. de. (1605). Don Quijote de la Mancha (Cap. 8). Madrid, España: Francisco de Robles.
  • Cuerda, J. L. (Director). (1983). Total [Película]. España: Televisión Española (TVE).
  • Escobar, M. (1969). Me voy pa’l campo. En Y viva España [Álbum]. Belter.
  • Fricker, M. (2007). Injusticia epistémica: El poder y la ética del conocimiento. Oxford University Press.
  • Montoya, A. (2024). La casa [Película]. España: Raw Pictures; Nakamura Films.

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