Borges, en su delicioso ensayo Kafka y sus precursores, estableció una relación entre la obra kafkiana y la obra de Browning
Robert Browning es uno de los autores más injustamente maltratados por el tiempo. Fue el mayor poeta inglés del siglo XIX, junto a Tennyson, y uno de los poetas de mayor fuerza dramática que ha existido jamás. En palabras de Wilde es, después de Shakespeare, el ser más shakesperiano que existe. Pero es un poeta que presenta una considerable dificultad. Una oscuridad envuelve sus mejores poemas. Una oscuridad que, como observó Borges, no reside en el lenguaje ni la sintaxis, sino que se trata de una oscuridad psicológica.
Una vez le preguntaron a Browning por el significado de uno de sus poemas y respondió: “Cuando lo escribí, Dios y yo sabíamos lo que significaba, ahora sólo Dios lo sabe”. Resulta curioso observar cómo un mismo rasgo en la obra de un autor puede ser en distintas épocas motivo de su olvido o de su popularidad. La oscuridad de los poemas de Browning fue indudablemente una de las razones de su éxito. Llegó hasta el punto de crearse una Browning Society que se dedicaba a buscar interpretaciones y significados de sus poemas. Wilde comentó la perjudicial labor que ejercieron estas prácticas sobre su obra, pues el misterio es una cualidad esencial en la poesía de Browning, precisamente lo que anima al lector común a adentrarse en su profundidad. Constituye el aliciente necesario para que el público no se eche atrás por la dificultad y recoja las perlas exquisitas que Browning, entre las grietas, gusta de ocultar. Mientras hubo misterio, este impulsaba al lector a sumergirse en sus poemas. Pero sus más devotos admiradores se empeñaron en demostrar que no había ningún misterio en su obra, sino que Browning simplemente era impreciso. Por fortuna, no lo consiguieron. Y, sin embargo, su propia noción de poesía le condena en nuestros días a un anonimato elitista. Para Browning, la finalidad del Arte es enseñar, y “el público odia ser enseñado”. Claro que con este “enseñar” del Arte no se refería al didactismo moralizante ni positivo de ciertas escuelas, sino a la forma peculiar que tiene el Arte de enseñar la Verdad a través de lo Bello, la Realidad a través del Símbolo.
El legendario crítico y prosista inglés, John Ruskin, en una carta dirigida al propio Browning, resumió las dificultades y la fuerza dramática del autor. Incluso el propio Ruskin confiesa haber tenido no pocos quebraderos de cabeza con alguno de sus poemas:
“Hay una sustancia e imaginación en tu obra que, seguramente, no se halla en ningún otro escritor vivo, y hasta qué punto esa púrpura suya debe estar escondida dentro de esa concha terrible, y solo para ser pescada entre trillas de espuma y rocas resbaladizas, no estoy seguro. Hay verdades y profundidades en ella mucho más allá de cualquier cosa que haya leído, salvo Shakespeare y, verdaderamente, si hubieras escrito Hamlet, creo que debería haberte escrito, precisamente, el mismo tipo de carta, meramente citando a tu propio Rosencrantz en tu contra — Mi señor, no te entiendo—” .
Browning escribió en verso porque era la forma eminente de su época. Borges creía que, de haber escrito en prosa, sería recordado como el mejor cuentista inglés de todos los tiempos. Tal era su capacidad de crear personajes, de dar voz y profundidad a multitud de seres. Fue un poeta singular. Hizo del lenguaje un lodazal, pero esto se debió, como observó Chesterton, a que era la única forma de expresar lo que quería expresar. La música que toca es con frecuencia herrumbrosa, abrupta y cortante, pero de algún modo supo hallar en lo grotesco lo bello y se sirvió de ello para tratar de lograr su finalidad. Como poeta le interesaban los procesos del pensamiento. El mecanismo a través del que se forma una idea era lo que verdaderamente perseguía. Por eso sus poemas adoptan la forma de monólogos dramáticos donde sus personajes nos hablan. En este sentido, la influencia de Browning en la poesía posterior resulta indudable. T. S. Eliot perfeccionó el monólogo dramático que Browning previamente había ejercido.
Childe Roland a la Torre Oscura llegó.
Quiero centrarme ahora en uno de sus poemas. Probablemente uno de los más extraños de todos los tiempos, Childe Roland a la Torre Oscura llegó. El título está extraído de un verso de El rey Lear, concretamente de uno que recita Edgar en su papel de pobre loco. La procedencia del verso es incierta. Hay quienes consideran que pertenece a una balada de la época, pero Bloom sospecha que la terrible rima la escribió Shakespeare:
Childe Roland a la Torre Oscura llegó,
Y sus palabras eran todavía: fim, fam, fem,
huelo la sangre de un hombre inglés.
Childe es una palabra que designa un título nobiliario. En este contexto, significa el hijo mayor de un noble que no ha alcanzado aún el título de caballero. De este fragmento se desprende que el noble Roland llega a una torre, quizás a luchar con un ogro que se halla dentro y que es el culpable del hedor a sangre que impregna el aire. Pero Browning imagina algo mucho mayor.
El poema comienza con Roland frente a un anciano decrépito y malicioso que le señala un camino. Roland desconfía de este anciano, nota que le quiere engañar y que, antes que a él, ha engañado a otros muchos. Pero aun así acepta la senda que le marca “no por vanidad, ni por la esperanza en el final señalado, sino por la alegría de que existiese algún final”. Esto nos dice Roland, pero el lector perspicaz puede desconfiar muy bien de esta explicación:
He sufrido tanto en esta lúgubre búsqueda,
He oído el fracaso tan a menudo anunciado,
he sido incluido tantas veces en “El Grupo” —a saber,
los caballeros que al sendero de la Torre Oscura encaminaron sus pasos—
que el sólo fallar como ellos parecía un triunfo,
Y toda la duda era ahora: ¿sería digno?
Pero ¿quiénes son estos caballeros, este selecto grupo del que nos habla Roland? Se deja ya entrever en estas líneas que se trata de una imagen sobre los artistas y los caminos por los que transitan, del poeta y de su misión como poeta, así como de la influencia que sufre un escritor respecto de aquellos que le antecedieron.
De este modo, nuestro noble Roland se encamina por la senda señalada por el anciano y llega a una llanura gris donde pronto desaparece el sendero de vuelta. La visión que nos ofrece Roland del paisaje es desoladora: «pensarías que un cardo habría sido una joya invaluable». Y dice de las briznas de hierba que encuentra a su paso que «ha de existir alguna bestia que debe andar destrozando sus vidas con bestiales intentos». En mitad de esta raquítica explanada, se topa con el cuerpo moribundo de un infernal caballo, una monstruosidad cuyas heridas son tales que para Roland el animal debe estar muerto y haber sido «expulsado de su anterior servicio en las cuadras del diablo»; «Nunca vi a una bestia a la que odiara tanto, debía ser perverso para merecer tanto dolor».
Deja atrás al animal y, tras caminar un rato, halla un arroyo que arrastra multitud de cadáveres, tantos que al vadearlo teme clavar su lanza en alguna mejilla o que quede enredada en alguna barba. Ya en la otra orilla, llega a un claro destrozado como si hubiese acontecido en él una terrible batalla. Desesperanzado, ve un gran pájaro que cruza el cielo y lo toma como a un posible guía en lugar de como a un más que probable aviso de la fatalidad. Prosigue avanzando y, de pronto, se ve atrapado por un círculo de montañas sin saber cómo salir del cerco; hasta que un rayo ilumina su mente y se da cuenta de que ha cometido un horrible error. No se trata de montañas, sino que es la Torre misma la que se yergue imponente frente a sus ojos. Tal es el viaje de Roland hacia la Torre y allí su verdadero Destino le sale al paso:
¿No escuchar, cuando había ruido por doquier?
Sonaban los nombres en mis oídos
De todos los aventureros desaparecidos,
Mis pares, cómo tal era fuerte, y tal valeroso,
Y el otro afortunado, sin embargo, todos los de tiempos pasados
¡Perdidos, perdidos! En un momento clamó el dolor de años.
Ahí se encontraban, a lo largo de las faldas de las colinas,
Reunidos para verme por última vez, un marco viviente
¡Para un cuadro más! En un lienzo en llamas
Les vi y les reconocí a todos. Y, sin embargo,
Impávido llevé a mis labios el cuerno, y sonó.
Childe Roland a la Torre Oscura llegó.
Todo el viaje que recorre Roland hacia la Torre Oscura es una lucha, no contra la Torre, sino contra sus antepasados. El poema es una representación de la aciaga labor del artista, de las sendas oscuras y áridas por las que tiene que transitar. ¿Y si la Torre estuviera vacía? ¿Y si dentro no hubiese nada más que Vanidad? ¿No son acaso los fantasmas de sus antecesores lo más terrible? ¿No toca para ellos el cuerno Roland? El ogro o el monstruo que pudiese haber dentro, los tesoros ocultos y las grandes recompensas por matarlo, se olvidan, se dejan en un segundo plano, porque lo verdaderamente importante es la lucha canónica contra los fantasmas. Uno no lucha porque en la Torre se esconda algo, sino por el dudoso triunfo de haber llegado hasta ella y poder medirse con aquellos que previamente buscaron la misma grandeza. Por eso Roland es un Childe cuando llega a la Torre, porque es alguien que todavía no ha logrado su título, no se ha enfrentado a la Torre y a sus guardianes espectrales, y sólo el tiempo dirá si ha logrado o no lo que buscaba. Me gusta pensar que la Torre representa de algún modo el canon, aquellos autores que han logrado escapar del olvido. Los fantasmas serían otros autores, contendientes que también desean entrar en la Torre. Y quizás los cadáveres que arrastra el arroyo sean los ya olvidados, los que han perdido su lucha. Quiero aclarar algo, el término «lucha» parece que designa únicamente un carácter adverso, sin embargo, como en un campo de batalla, en las puertas de la Torre también resulta posible hallar amigos.
De cualquier modo, el poema es lo suficientemente abstracto y simbólico para dar pie a múltiples interpretaciones. Un buen símbolo en Arte es aquel que permite numerosas realidades. Es, en el fondo, un conector de esencias. En su ser late un ansia de unidad. El Arte consiste en el descubrimiento y evocación de esencias a través de la estética y, en ese sentido, todo Arte es simbólico.
Browning, Borges y Kafka.
Borges, en su delicioso ensayo Kafka y sus precursores, estableció una relación entre la obra kafkiana y la obra de Browning. Para Borges, el poema Temores y escrúpulos (Fears and scruples) profetiza la obra de Kafka, pero «nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema». Temores y escrúpulos no se encuentra entre los poemas más conocidos de Browning, pero, como todos sus poemas, tiene la virtud de no parecerse a ninguno. En este poema breve (breve para ser de Browning), nos habla una persona que dice tener un amigo famoso con el que desde hace años mantiene una amistad por correspondencia. El narrador nunca ha visto a dicho amigo. Había soñado numerosas veces con que no había nadie como él, nadie por encima. Había amado sus palabras llenas de belleza y sus gloriosas acciones, famosas en todo el mundo. Pero nunca conseguía verle y de él solo tenía las cartas.
El narrador se dice a sí mismo que su amigo está muy ocupado, que pronto ha de llegar su turno. Pero el tiempo pasa y pasa, y su turno parece pasar con él. El narrador se resigna a que nunca lo verá, y desea tan solo callar las voces de otras personas que le causan dolor. Esos otros le dicen que las cartas son falsas, que no hay pruebas de que realizase dichas hazañas salvo las propias cartas. Él desea refutarlos, pero no es capaz, y su amigo se mantiene ausente. Entonces se da cuenta de que no importa, de que esa amistad con su amigo ha enriquecido su vida, así que decide creer en las cartas y los hechos que cuentan. Los otros niegan, tratan de quitarle la fe. “¿Y si tu amigo en casa juega malas pasadas? ¿Se esconde detrás de las persianas? ¿Pretende que tus ojos atraviesen ladrillos macizos? ¿Y si te despierta, soñador? ¿Te culpará de que los ladrillos ocultan? ¡Eso convierte a tu amigo en un monstruo! ¿No tenía su casa ventanas?”
Y al final del poema llega la revelación: ¿Y si ese amigo fuera Dios? De este modo, dice Borges, el poema se convierte en una parábola del hombre que reza y no sabe si su plegaria cae en el vacío o es recogida por alguien.
Cualquiera que lea este poema y haya leído a Kafka pensará de inmediato en él. Del mismo modo, Childe Roland a la Torre Oscura llegó es un artificio kafkiano. Una construcción sin ventanas, ciega como el corazón de un tonto y rodeada de fantasmas, que evoca la misma sensación que la pesadilla burocrática de El castillo. La premisa kafkiana es clara: la desesperación proviene de la imposibilidad de poder acceder a un lugar. En El castillo, el protagonista ve denegado su acceso a los altos funcionarios del mismo, una especie de seres lejanos y terribles como dioses que viven tras las paredes del edificio sin salir nunca de allí. El protagonista tiene únicamente acceso a algunos funcionarios que entran y salen, subalternos que se hallan a una distancia indeterminada de los verdaderos señores. El sistema de poder se basa únicamente en el simple hecho de tener algo que ver con el castillo, aunque no se sepa muy bien exactamente qué. Lo terrorífico en Kafka es que se insinúa la posibilidad de que la cadena jerárquica sea infinita o que cuelgue en el vacío porque los superiores realmente no existan. De este modo, todo el sistema perdería su sentido, lo que introduce la desesperación del absurdo.
En el poema de Browning no se perfecciona ni se desarrolla tanto el símbolo, pero se intuye la misma desesperación, el temor de haber llegado ante la Torre y que no se pueda entrar, o no haya nada; entonces toda la existencia de Roland carecería de sentido. Sospecho que el sentimiento kafkiano de Childe Roland proviene precisamente de su final apresurado y abierto. El hecho de no saber cuál es el destino de Roland tras acompañarle en su terrible travesía abre los interrogantes que remiten a Kafka. Pero, si Kafka no hubiese existido, no sería posible, o al menos no sería tan manifiesta, esta lectura del poema. Lo que Borges apuntó en Temores y Escrúpulos es, asimismo, válido para Childe Roland. Nuestra lectura de Kafka también afina y desvía nuestra lectura de este poema.
Considero un buen juicio crítico aquel que, una vez formulado, se hace evidente, al igual que lo polémico en crítica no es más que la causa que inicia el movimiento de pensar. Borges realizó un ejemplo de magnífica crítica al relacionar a estos dos autores e introducir la hermosa idea de que “cada escritor crea a sus precursores”. Esta es la esencia del canon. No hay únicamente que leer el presente en base al pasado, sino también el pasado en clave de presente. La lucha es eterna y la única muerte, el olvido. Cuando un autor se yergue sobre sus pares y llega hasta la Torre tras un penoso viaje a través de sus caminos, los fantasmas salen a su encuentro. Algunos le amenazan con su espada. Otros le tienden la mano. Y el autor lleva a sus labios el cuerno, como Roland, y a través de él resuenan en el tiempo sus palabras. Tal vez decir lo que uno tenga que decir sea ya una victoria.

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