El séptimo arte, al igual que otros, libra en su seno una eterna lucha entre la fetichización y la creación
Empiezas a ver La llegada, piensas en lo flojos que son los diálogos, pero la belleza de las escenas y el potencial de la trama te impiden pulsar off; mientras, la sinofobia y la rusofobia te respiran en el totizo. No importa, ignoras ese vaho infantil porque la disertación sobre el lenguaje y la cultura (con pulpos de 7 patas que se comunican con tinta escrita en círculos) te maravilla. Pero, mala suerte, el vaho se va haciendo insoportable (los chinos juegan al mahjong con sus pulpos y los rusos se asesinan entre ellos), los diálogos ya son ridículamente impotentes y un superpoder de serie B rompe desde las entrañas la disertación; termina. Empiezas a reír, miras la crítica, paras de reír.
Te sacudes la incredulidad y pones otra película, la última “joya” del espionaje: Misión imposible: Sentencia mortal – Parte 1. Tras un inicio explosivo y verdaderamente intrigante, empiezan de nuevo los sudores fríos: la aclamada y sobrecogedora escena (Tom Cruise tirándose en moto por un acantilado) es efímera e insignificante, la infalible Entidad no parece predecir cómo se desinfla el guion. Así, con el segundo susto todavía en el cuerpo, la memoria empieza a evocar experiencias similares. Un asombroso coliseo espacial en blanco y negro tapa el atropello narrativo de Dune: Parte 2, una espectacular prueba nuclear barre bajo la alfombra el Ciudadano Kane venido a menos de Oppenheimer, una acuática fantasía eclipsa las incoherencias de los personajes de Avatar: El sentido del agua. Entonces, se hace el silencio, reflexionas, y finalmente te preguntas: ¿Cuándo perdió el fin frente a la forma?
El 17 de abril se cumplían 100 años de la fundación de Metro-Goldwyn-Mayer, la productora que creó el star-system: contratos de actores en exclusividad y a largo plazo para asegurar el éxito de sus películas. De tal forma que, elevando a los intérpretes a la categoría de dioses, se conseguía que el público fuera en masa a las salas de cine sin importar qué era lo que se estaba proyectando en ellas. De eso hace ya un siglo, pero la industria cinematográfica ya era un peso pesado en la economía estadounidense, por tanto, ya hace más de 100 años que se practica el fordismo en el séptimo arte. La respuesta es siempre. Sí, siempre. A lo largo de la historia del cine, la guerra entre la rentabilidad de las producciones y la cosmovisión del autor siempre ha tenido como vencedora a la forma; aunque la ferocidad con la que ésta arrase a su contrincante dependa de quién dirija la claqueta o quién pague el atrezo.
Las diferencias entre el cine pionero y el cine contemporáneo radican en la creación de nuevas fórmulas de éxito, en mejorar las ya existentes y en reducir costes y tiempo para crear monstruosos y extravagantes mamotretos audiovisuales. A todo esto se suma la creciente negativa por parte de las grandes plataformas y productoras de asumir los costes económicos de películas que no pueden asegurar su éxito. Doctrinas que se afinan quirúrgicamente para maximizar beneficios, dejando escenas verdaderamente surrealistas: autores que ruegan por redes sociales que se haga maratón de su serie recién estrenada por miedo a su cancelación, películas que pueden optar a importantes premios de cine experimentando una odisea para su distribución, obras mutiladas o directamente ahorcadas en la cuna… Excepto para unos pocos elegidos y rebeldes, el Capital obliga al cine a vestirse de Dante y explorar los 9 círculos del infierno.
Las entrañas podridas del cine
Primer círculo: Limbo. El más inofensivo. Obras cuyo único y honesto objetivo es el entretenimiento burdo y cuyas tramas no conocen el arte ni lo conocerán jamás. A este paraje pertenecen obras como Rápido y furioso, muchas comedias (románticas) o cualquier película que protagonice Dwayne Johnson (The Rock). Lo importante en estas películas es sin duda la forma: coches estrellándose, bromas estúpidas, amor pasado por grima y músculos, muchos músculos. Su existencia no supone ningún problema, pero su proliferación conforme ha ido avanzando el cine puede llegar a ser amenazante.
Segundo círculo: Lujuria. Personas, relaciones o directamente sexo en historias destinadas a los más voyeur. Una práctica archiconocida ya en los albores de Hollywood, y que se sigue practicando, era usar la belleza del actor y sus capacidades físicas para dar más billetes de los que daría la propia trama. Pero, en la constante búsqueda de más dinero, se inventó el shippeo, practicado con ferocidad en series juveniles y series como Anatomía de Grey o Castle, donde las azarosas relaciones románticas condenan al ostracismo a la medicina y a la literatura policíaca para ver si la pareja favorita acaba comiendo perdices. La cosa no queda ahí, pues el inofensivo shippeo dio a luz al monstruo de nuestra era: el porno emocional. Series y películas en las que no sólo se apaliza el guion con fiereza, sino que las relaciones románticas quedan idiotizadas e infantilizadas para reproducir escenas de sexo como si fueran cucarachas. Siendo la campeona de este género Élite, pero a la que acompaña literatura llevada a la gran pantalla como 50 sombras de Grey o After. Sus pecados serían expiados si todo lo anterior se usara con el fin que se usa en Shameless, pero esa es la última de sus intenciones.
Tercer círculo: Gula. Millares de gargantas clamando por una película más, una serie más que satisfaga su vacío de entretenimiento que por más que traguen y traguen no se llena. Este círculo, que tan bien retrató Hayao Miyazaki en su última película, es el alimento del noveno, pero también es mucho más que abono para otro. Películas que se alimentan del éxito de otras, intentando carroñear dinero y fama de la expectación generada: desde que salió Bohemian Rhapsody, ya existen o existirán 5 películas de los Beatles, una de Elton John y otra de Bob Dylan (por mencionar solo algunas de este género). La nostalgia es otro nutritivo pecado para llenar alforjas y egos, sin importar si por el camino se mancilla la memoria de símbolos como Cazafantasmas, Jurassic Park o Indiana Jones, y sin que haya cargo de conciencia si se sacan insultos cinematográficos como Spiderman: Sin camino a casa. Los famosos remakes y los temas de moda han existido siempre, pero las glotonas intenciones han devorado estos métodos que nacieron para dar otros puntos de vista o realzar ideas sobre una misma película o un mismo tópico, dejándolos vacíos.
Cuarto círculo: Avaricia y prodigalidad. La dialéctica que más peso ha ido ganando con los años en la industria por estar intrínsecamente relacionada con los beneficios. En este círculo se encuentran esas series y películas que, aunque tengan un gran potencial, se mutilan y asesinan por tener un presupuesto elevado o no estar clara la rentabilidad de su producción. Algo ya completamente normalizado con las series y que pudo pasarle al Señor de los anillos, que fue persistentemente rechazada por ambos motivos. La otra parte del círculo la forman películas que sí han salido a la luz como Rebel Moon – Parte 1: La niña de fuego, que no es más que un sucedáneo de otras obras espaciales, pero a la que le destinaron cantidades ingentes sólo porque la dirigía Zack Snyder. Éste es el panorama que espolea la industria: grandes obras muertas por ser demasiado caras mientras se despilfarra en la cáscara del director de turno para ver si arroja un puñado de billetes.
Quinto círculo: Ira y pereza. Hordas de fanáticos ejercían despreocupadamente su machismo en las críticas sobre la última temporada de True detective, asegurando que la obra retrataba a los hombres como seres frágiles y situaba a la mujer por encima. Pero Issa López no descargaba su enfado en redes por esto, sino porque “los fanáticos incondicionales [de la 1ª temporada] se han propuesto reducir la calificación”, incapaz de asumir las críticas sobre su maltrato a la intriga o sobre los agujeros de su guion. En la otra parte del círculo está Memorias de Idhún o la ausencia de trabajo animada: pobreza visual, dobladores no profesionales y ningún esfuerzo por hacer algo que no sea lo esencial de los libros. El anuncio de la serie generó gran expectación entre los lectores, pero la magnitud de la chapuza hizo que se ganara la ira de todos ellos. No importa que la ideología o el orgullo depauperen la calidad de las obras, ya que el fanatismo y la polémica ofrecen una gran rentabilidad. Tampoco importa no trabajar las historias puesto que, siempre que haya demanda, se puede arruinar otras nuevas para llenar el bolsillo a ritmo de vértigo.
Sexto círculo: Herejía. Pasada la mitad del infierno, echas la vista hacia atrás y, mientras contemplas horrorizado el camino, sollozas: ¡No puede ser!, todavía tiene que haber esperanza. Es ahí cuando te das la vuelta y, encarando el nuevo círculo, ves como una masa monstruosa hecha de críticos y cineastas se retuerce jubilosa, celebrando el éxito del cine de autor de este último año. Pero no, no babea eufórica por el gran año del cine europeo, sino por el ‘gran año’ del cine estadounidense. No tendría ninguna relevancia, si no fuera por el hecho de que las 15 productoras con más beneficios en taquilla son de origen estadounidense; es decir, la acumulación de capital es mayor donde más se ha ido devaluando el poder creativo del cine. Con este escenario, resulta bastante peligroso que dicha masa festeje como arte (Dune: Parte 2, Oppenheimer, Avatar: El sentido del agua) obras con grandes incoherencias y vacíos narrativos.
El descenso hacia el horror
Séptimo círculo: Violencia. La destrucción y el secuestro del cine se perpetra desde los sectores económicos y académicos de manera brutal e indolente. Ni siquiera grandes nombres del cine como Francis Ford Coppola están a salvo. Megalópolis, su nueva película, es incapaz de encontrar distribuidora porque “es muy experimental” y “no hay manera de posicionar a la película”. Estos ataques suceden con la mano cómplice de premios sin sentido, que aúpan la mediocridad por razones económicas y políticas. Babylon fue condenada por retratar el Hollywood de los años 20, mientras que Robert Downey Jr. ganó su primera estatuilla por actuar en el ojo derecho de la industria. El ultraje contra el poder creativo no puede ser mayor porque la calidad ya no es motivo de premio y el arte se ha convertido en un estorbo para el beneficio. Se condena al público a asistir a la mediocridad y se destruye el propio fin con el que nació el cine: crear nuevas realidades e interpretar la propia.
Octavo círculo: Fraude. El favorito de los gobiernos. Obras que, incluso siendo fantásticas, usan la gran pantalla como escaparate para la propaganda de guerra. Gran ejemplo de ello es la temporada 3 de Stranger Things, donde la Guerra Fría ya es incapaz de absorber la gran cantidad de anticomunismo, rusofobia y nacionalismo estadounidense que se explota sin control. El cine estadounidense no es único en esto, claro está, pero es el máximo exponente. Tanto es así, que el Pentágono financia producciones y les cede recursos militares a cambio de que le permitan sugerir cambios en los guiones. Philip Strub, su encargado del departamento de relaciones con la industria del entretenimiento, es la persona que más aparece en los agradecimientos del top 200 películas comerciales realizadas entre 1997 y 2016. Utilizando la historia y corrompiendo la interpretación del autor para relucir unas ideas maniqueas en los que, obviamente, el país de la producción es el paladín de la justicia.
Noveno círculo: Traición. Las obras que escupen sobre el arte, aquellos moldes que se han vaciado de toda idea e imaginación para su reproducción en masa o para poder alcanzar el aplauso mediante ‘la gran escena’, pero que se venden como grandes ejemplos de cine. Series y películas aduladas por toda la crítica son su estandarte, con la diferencia de que la violencia de su vacío se ha hecho mayor en las últimas décadas: Star Wars: El despertar de la fuerza es un calco grotesco de lo que alguna vez fue una gran alegoría espacial sobre la guerra de Vietnam. Además, tampoco su capacidad para el entretenimiento burdo ha ido a mejor, conocedores de que el marketing o el nombre ya venden la película por sí mismos. Alimentado por todos los anteriores, este círculo intenta pasar por obras de arte todos los envoltorios que crea, insultando el poder imaginativo del cine y condenándolo a una muerte lenta y agónica hasta que el resto de películas reproduzcan su imagen y semejanza.
Así, llegas al centro del infierno, donde te espera el rey de todo este imperio aberrante de cáscara y estética vacía. El Capital. Un sistema que somete al séptimo arte (y a todas las artes) a una devaluación constante, prostituyendo su naturaleza para una mejor venta. El asedio no llega sólo por este frente: unas condiciones de vida cada vez más depauperadas dejan como resultado una caída del interés por el cine, tanto por falta de poder adquisitivo como por falta de energía y tiempo. Además, la necesidad acumulativa del Capital conlleva la desaparición de títulos (con la consecuente pérdida de arte), la subida de precios, el empeoramiento de los servicios de streaming y, en los meses que no hay galas de premios, auténticos desiertos artísticos; todo ello para mantener la tasa de ganancia a flote. Frente a personajes huecos e historias vacías, no quedará otra que seguir el ejemplo de Dante: escalar por encima de Lucifer para salir del infierno.

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